martes, 20 de diciembre de 2011

COMO EVITAR QUE NOS ROBEN EN EL CAJERO AUTOMÁTICO

La gran mayoría de los miles de visitantes que tengo en éste, mi absurdo blog, se quejan de mi ordinariez en la publicación, de lo proclive que soy a la inactividad. Yo, desde mi poltrona, asiento y procedo a ignorar tales comentarios. No obstante, hoy os presento una nueva entrega dogmática y visionaria, un axioma indeleble que, con el paso del tiempo, me reportará beneficios y reconocimientos que aún son incalculables.

Hace algunos meses en un programa de radio se discutía con banqueros sobre la crisis que azota cruelmente nuestro país, (en España no sólo hay crisis de empleo, sino también de sentido común ), al incrementarse fuertemente el número de personas que no podrían hacer frente a sus adeudos de tarjetas de crédito. El cleptómano y cabrón del banquero entrevistado, aseguró que se contaban con suficientes reservas para hacer frente a un gran incremento en morosidad.
La crisis es responsable directa del aumento en la morosidad, las personas al perder sus empleos pierden sus fuente de ingresos, y sin éstos es imposible pagar deudas. Por otro lado ha habido aumentos importantes en las tasas de interés que cobran en tarjetas de crédito los jodidos y cuatreros bancos. De por si antes ya eran muy onerosas dichas tasas, los incrementos sólo causan que más de sus clientes, caigan en quiebra y la bancarrota.
Por último hay muchas personas que por falta de cultura financiera pierden el control de lo que van gastando (invertir el dinero que no  se tiene en fiestas o gastarse el dinero del taxi en más cubatas y llegar a casa en ambulancia), hasta que llegan a niveles de endeudamiento dónde las altísimas tasas de interés cobradas, hacen imposible reducir los adeudos y eventualmente hacerles frente.
Recientemente, se ha presentado un interesante estudio que demuestra la vulnerabilidad de los sistemas de seguridad utilizados por los cajeros automáticos para la validación de los PIN asociados a las tarjetas de crédito. 
Las tarjetas de crédito son un clásico ejemplo de un sistema de autenticación de doble factor, ya que se combina un elemento físico que es necesario poseer (la tarjeta de plástico con su banda magnética) con un elemento que teóricamente sólo conoce el titular de la tarjeta de crédito (el PIN, un código numérico habitualmente de cuatro caracteres), que físicamente no reside en ningún sitio. Para poder utilizar la tarjeta de crédito en un cajero automático es necesario disponer de estos dos elementos al mismo tiempo. Con la ausencia de uno de estos componentes, evidentemente es imposible retirar efectivo.
Obtener el plástico tarjeta de crédito es una tarea relativamente simple. Son un elemento de libre distribución y comercialización. Falsificar la banda magnética también es una operación no demasiado complicada, como hemos leído infinidad de veces en las noticias sobre estafas que, periódicamente, publican los medios de comunicación. 
Lo que, en teoría, ya no es tan fácil obtener o identificar es el PIN que el usuario ha seleccionado para la tarjeta de crédito. En teoría, la única forma de identificar este PIN es o bien obligando con una brutal y despiadada paliza al titular de la tarjeta a que lo revele, o probando infinitas combinaciones para su identificación. 
En el caso de aleaciones aleatorias, la teoría conocida hasta la fecha es que para identificar el PIN asociado a la tarjeta son necesarios, de promedio, unos 5.000 intentos. Y existe gente suficientemente gilipollas para lograr tal quimérica proeza.
A pesar de que seas precavido en cajero automático que utilizas todavía podemos ser víctima del robo de identidad por personas que ponen aparatos en las máquinas para robar la información de la banda magnética en la tarjeta en una estafa conocida como Skimming. El fraude más común es conseguir el PIN de la tarjeta para después obtener dinero en efectivo.
Para hacerse con el PIN se utilizan muchos métodos, desde a la superposición de teclados falsos o incluso cajeros falsos, la utilización de la tecnología BlueTooth para transmitir información tanto de la tarjeta como de su PIN a un portátil cercano y el más frecuente, el uso de pequeñas cámaras espías.
Actualmente están proliferando los ladrones que alteran los cajeros automáticos de diferente manera para tratar de clonar la banda magnética de tarjetas y las contraseñas (PIN). Solamente se toma unos segundos para instalar cámaras sobre el teclado numérico. Cajeros automáticos no solamente son los lugares preferidos, estos aparatos también pueden conectados en las máquinas para pagar gasolina y tiendas comerciantes. Aun así, para muchas entidades financieras, cuando se realiza una operación fraudulenta utilizando el PIN, se entiende que la operación ha sido realizada por el titular, y así incluyen en sus contratos cláusulas por las que hacen responsable al titular de la tarjeta en todos los casos en los que se utilice el número personal. Qué cabrones. Enojado, colérico e iracundo ante esta situación, decidí crear un ingenioso y práctico ocultador del número secreto ( PIN ). Este fantástico artilugio diseñado de material opaco de primera calidad y con fácil sujetador en el antebrazo mediante elegante muñequera de velcro, impedirá que cualquier persona pueda ser testimonio del número tecleado.




viernes, 16 de diciembre de 2011

LA AGENTE INMOBILIARIA

Amanecí como hombre solitario con mi almohada aún caliente de babas. Nadie sabe a ciencia cierta qué fue primero, si causa o consecuencia, si la soledad o la maldad. La cuestión es que cosechaba enemistades minuto a minuto. Y lo hacía porqué me apetecía. Buscaba la animadversión ajena sólo por autocomplacencia y eso me sumía en un aislamiento social perenne.
Entré en el baño. A  mis  pies descansaba la  escobilla del wáter. El  artefacto, repugnantemente untado con el producto que había barrido, tenía una dudosa tonalidad cobriza. Contemplé el utensilio  durante  unos  instantes. Mi mirada, bizca y estrábica, era impúdica,  obscena,  depravada. Dudé. Finalmente  me  agaché, extendí mi dedo índice y…
El aseo  tenía una ducha con cortinas sucias y  viejas, pero cumplían su misión. Entré en la bañera y empecé a enjabonarme concienzudamente.  Frotaba  con  intensidad y atroz  violencia  mi indecente y seboso cuerpo. Con  la ayuda de un estropajo de cocina conseguí extirpar las costras que se me habían formado en la piel y que se deprendían a modo de caspa. Descubrí, desconcertado y perplejo, que  el verdadero color de mi pelo era rubio. En un acto reflejo e impulsivo, empecé  a  estimularme  la  hedionda bestia que  tenía en el pubis. Primero tímidamente. Posteriormente con ensañamiento y rudeza. Cerré los ojos. No por la excitación sino  por la cantidad de lagañas que poblaban mis nublados ojos. El  agua de  la  ducha acariciaba mi pecho, el vientre, mi espalda velluda, mi devastadora calvicie. Tomé un consolador de goma que había adquirido en  un  bazar chino y lo introduje en mi cavidad rectal, con movimientos circulares, perpendiculares, horizontales,  verticales,  elípticos, parabólicos, curvilíneos, cinemáticos. Jadeaba como un jabalí excitado. Gemía como una perra en parto.
Me sobraba demasiado mes al final del sueldo, así que había decidido buscar un piso de alquiler más económico. Tenía una cita con una agente inmobiliaria que disponía de un pequeño apartamento que reunía las características de lo que estaba buscando. Me vestí apresuradamente. Bajé  en  el Distrito  Oeste. Había empezado a llover. Los cubos de basura y los periódicos mojados en el suelo poblaban aquel suburbio pedigüeño y marginal. El olor a orines y aguas  putrefactas  eran tan concentrado que a punto estuve de arrojar por  vía  aérea lo que con tanto gusto me había metido en la panza. Las meretrices de baja estofa se asomaban al zaguán  de las ventanas sin disimulo y algún trasnochador embozado hasta las orejas se deslizaba con sigilo  por  las esquinas. Borrachos y mendigos  aflojaban  sin pudor sus vejigas  ante  la displicente mirada de los toxicómanos que buscaban mierda para inyectarse. De pronto se oyó un grito. No parecía venir de lejos. Corrí. Galopé lo más rápido que  pude hacia el callejón de donde procedían los chillidos,  tropezándome  con un pedrusco oculto a mis ojos, cayéndome y manchándome la cara  de barro. Me erguí, no muy ágilmente, y volví a escuchar otro grito:- “ 
Socorro!!!,Ayúdenme!!! “-. 
Un mendigo de aspecto siniestro y desaliñado, con los pantalones  bajados a la altura de las rodillas lloraba desconsoladamente. Aún sin aliento por la carrera, me acerqué al vagabundo.
-“¿Qué te  ha pasado?”- pregunté con voz entrecortada. 
-“ Estaba meando y una abeja me ha picado en el pene! Joder como duele! “ - respondió aquel bohemio  ambulante. 
Tenía la cara tiznada de aceite y grasa oscura, y la ropa sucia y transpirada. Su  aliento apestaba a dientes podridos macerados en ginebra barata.
- “ Llamaré a una ambulancia”- repliqué nerviosamente  mientras sacaba el  teléfono  móvil  del bolsillo de mis sucios pantalones.
-“ No!! No  hay tiempo para llamar a la ambulancia. Soy alérgico a las picaduras de las abejas.“ - contestó despavorecido el vagabundo. -“ Voy a sufrir un choque anafiláctico!! . Joder me voy a morir!!.” -. 
-“ ¿Y qué quieres que haga?”- consulté aterrado. 
-“ Tendrás que succionarme el veneno para  que  no  me infecte la sangre. Rápido!!. No hay tiempo que perder!!La voy a palmar!!.”- sentenció el mísero holgazán . 
Sin dudar un instante, altruistamente, me rebajé arrodillándome a la altura de  sus  caderas dispuesto a salvar la  vida de aquel miserable mendigo. Toda su  bragueta despedía un intenso hedor a  esmegma, orín y amoníaco. Bajé la cremallera y abrí la  boca  dudando, titubeando, vacilando. Un sexto sentido me decía que  algo no andaba bien. 
-“A qué esperas!!Me muero!!”- chilló aquel pordiosero maloliente. 
Tomé su falo y me  lo metí en la boca. Si el olor era repugnante el sabor era  todavía  peor. Aquel  trozo  de carne en barra,  circuncidado, hediondo y roñoso, sabía a puerto, a metales pesados, a  anciano, a hepatitis. El mendigo me puso las manos en su  cabeza  para  facilitar el movimiento mientras soltaba algún que otro suspiro.
- “ Así, así, succiona el veneno!!” - susurraba agitado el mendigo.  Mientras respiraba el aire  viciado  del sexo de aquel desgraciado, sentí ganas de regurgitar. Divagaba sin que ello estorbara la cadencia de mis babas y lametazos.  Había  sido  engañado enésima vez.
Humillado por el engaño, llegué al piso que quería escrutar. Tras llamar al timbre, apareció una joven preciosa de altura mediana pelo rubio, húmedo, liso. Vestía minifalda tejana ajustada y camisa transparente que dejaba al descubierto sus hermosísimos pechos. Sus ojos eran negros azabache y desprendía un olor embriagador de perfume francés chanel. Me sonrió dejando ver sus dientes blancos como perlas. Me enseño el apartamento. 20 m2, sin ventanas y el aseo era comunitario. Justo lo que precisaba. Noté cómo ella reflexionaba mientras me miraba de arriba abajo, como si pensara  quizá “este me pueda hacer un buen apaño”. Tengo que reconocer que en ese momento sentí pánico: mi relación con Jacinta iba mejor que nunca, y aquello quizá pudiera derivar en algo más. Era muy obvio que había mucha química y atracción entre nosotros dos. Efectivamente, al momento, nos estábamos besando apasionadamente. Nuestras lenguas se entrelazaban y mis manos empezaron a acariciar sus senos perfectos, rígidos, magreando sus muslos, sus nalgas, sus infinitas piernas. De pronto noté un porrazo en mi zona genital. Me quedé sin respirar, consternado, abrumado, desconcertado. Me aparté bruscamente y descubrí que la bella agente inmobiliaria era portadora de un poderoso pene. Sin mediar palabra, huí del apartamento como si no hubiera mañana. Había sido humillado de nuevo.




miércoles, 7 de diciembre de 2011

MI PRIMERA NOVIA

Siempre he intentado ser fiel. Cuando era niño me imaginaba con una única mujer a la cual amaba hasta que el óbito nos separara. En la adolescencia, tal idea me parecía propia de mi edad pueril, y lo que anhelaba era tener la mayor cantidad de chicas al mismo tiempo para poder pavonear a mis amigos “mis conquistas”; pero en el fondo mis latidos y erecciones espontáneas eran por la enamoradita de turno. Ahora, de adulto perverso, siento que una sola no es suficiente, dos son compañía, tres son multitud y cinco el Equipo A. Como resultado: siempre he decepcionado a todas las féminas que me quisieron y, también, a las que no. Y a Jacinta  la he decepcionado.
Una de las primeras que defraudé fue a Herófila. Me encantaba su nombre por si alguna vez tenía un perro. Teníamos dieciocho años y, según ella, pese a ser feo, se enamoró de mí porque la hacía reír. Y lo que me enamoró de ella fue una colosal parte de su cuerpo:  sus tetas morbosas. Me embelesó sus pechos de ballena. Me fascinó sus pezones gigantescos como el timbre de un castillo. Su rostro, no obstante, era un espanto: ojo a la virulé a lo Letícia Sabater, entrecejo con la capacidad de amortiguar el impacto de una bala,  gigantescas orejas rebosantes de un rico ecosistema de  cerumen, boca rodeada de denso vello, nariz especiada con granos y pus emergente, piel granulada, seca, rasposa, grasa, sudorosa, tal pared estucada, y cara poblada de moratones anónimos producto de sus asiduas borracheras. Era la típica fea que fornicaba como los ángeles. La clásica muchachita que en facebook no sabrías si agregarla o agredirla. Y sí que me enamoré de Herófila. Petaca en el liguero, pronunciaba con altas dosis de guturalidad. Siempre se encontraba en un estado de melopea que por la mañana se exteriorizaba con salmodias y estribillos de corte republicano, y al atardecer en tonadillas regionales cantadas frente al ventilador.
Éramos un binomio indisoluble, perenne, imperecedero. Íbamos juntos al cementerio por la noche para escuchar psicofonías. Recitaba soliloquios en ucraniano mientras yo le acompañaba con el arpa. Practicábamos deporte delante de la tele. Quedábamos después de comer un par de montaditos de chorizo picante para ir a andar en chándal pareciendo una banda de delincuentes. Nos insultábamos mutuamente de forma desmesurada durante el coito. Emitíamos sonidos como de anciano al sentarse e incorporarse. Nos divertíamos haciendo macramé y travestiendo a políticos en los periódicos a base de bigotes y pestañas postizas. Asustábamos a los niños del metro cuando sus madres no miraban. Lo hacíamos todo juntos, lo compartíamos todo, no salíamos el uno sin el otro y decíamos: nosotros, nosotros, nosotros. Incluso defecábamos juntos.
No recuerdo las circunstancias con las que terminé en posesión de su grotesco bolso. Sólo recuerdo que ella llamó a mi casa preocupada pensando que lo había extraviado y me rogaba no revisarlo, pues en él, se encontraba mi regalo de aniversario por nuestro primer aniversario, que sería dentro de dos semanas. Juré no hacerlo. Mentí como un bellaco.
Estaba preocupado, porque en quince días tendría que juntar el suficiente dinero para superar aquel regalo: era un reloj “Lotus”, deportivo con correa de cuero naranja que estaba enfundada en una hermosa caja metálica con el sello de la marca. Me lo probé y me quedaba perfecto. Luego, seguí revisando y encontré los clásicos utensilios que lleva una mujer en un bolso; compresas, condones, bolas chinas, un par de vibradores, cuerda para saltar la conga y una petaca de ginebra. También encontré una billetera con dinero que hábilmente hurté junto a unas calcomanías, documentos y fotos que me llamaron la atención: fotos tamaño carnet de papá y mamá; media docena de supositorios, algunas fotos recientes de ella que una robé para mí. Pero dentro de todo ese revoltijo encontré un antiguo pase de biblioteca escolar; en él, sonreía una quinceañera regordeta con enormes cachetes que achinaban sus ojos. Era Herófila, mi tesoro, mi amor, que estaba irreconocible. -¡Que gorda, la muy desgraciada!!- dije decepcionado. Aquella imagen arrancó de un tirón la idealización ciega que tenía de ella. Ya no era más la flaquita angelical con enormes tetas. Era la gorda del pase de biblioteca. La rolliza con más carmín en los dientes que en los labios. La mantecosa modelo para una pintura de Pieter Paul Rubens. Esa noche del descubrimiento, no pude dormir. Tuve espantosas pesadillas. Sólo pensaba en lo gorda que había sido -y podía volver a ser- Herófila. Esa noche, inconscientemente, le dije adiós a mi primer amor.
Durante los días siguientes las cosas cambiaron con Herófila: inventaba excusas para irme con los amigos abandonados, y el dinero que debía juntar para el regalo de aniversario me lo gasté en cervezas y en dos noches de hotel con distintas chicas fáciles que no recuerdo ni sus rostros.
Aún recuerdo excusándome ante la baratija que le regalé el día de nuestro aniversario, y ella recibiéndolo feliz. Cinco días después ella terminaba conmigo ante la confesión de mi infidelidad con aquellas chicas que no recuerdo su rostro. Cada lágrima que derramó aquel día todavía me cuesta secar en las noches que la recuerdo, o cuando me topo entre mis cosas con el reloj que aún conservo junto a la fotografía que robé aquel día. Los tiempos cambian y te cambian; y el amor más barato es el que se paga.




viernes, 25 de noviembre de 2011

JORNADA DE SENDERISMO

Saturnino  fue el primero en llegar al aeropuerto. Apareció con su cara de palurdo deficiente, tocando cuatro notas tistes con su armónica infestada de purulenta saliva. Le acompañaba su perro sarnoso que ladraba mientras daba vueltas persiguiendo su cola. Vestía camisa de boda, salpicada con restos de aceite apestoso y líquido seminal, sombrero a lo John Wayne, bermudas al más puro estilo guiri, chirucas, calcetines de lana por las rodillas y sostenía en el cuello un pañuelo tricolor.  Con la vista al frente, piernas separadas y brazos cruzados en la espalda, aguardó pacientemente la llegada del resto de excursionistas. Se creía un auténtico monitor de Boy Scouts. Sus ojos, ictericiosos, de acusado color rojizo por haberse masturbado todo el día, con los párpados repletos de pus, expresaban emoción incontenible y orgullo por la estúpida iniciativa que acababa de poner en marcha. Nos había invitado a una jornada de senderismo por los Alpes Suizos para conocer el Tausendjährige Tanne, el abeto milenario de las tierras helvéticas. La segundo en llegar fue mi hermana Hurraca. Equipada con un impecable traje beige, cazamariposas para atrapar insectos, y binoculares de ornitólogo para estudiar las aves silvestres, bebía pequeños sorbos de agua de su cantimplora. Estaba visiblemente nerviosa. Sería el primer fin de semana que dormiría fuera de casa y eso la incomodaba. Mi suegra, Anacleta, llegó justo tras mi hermana. La muy idiota calzaba botas militares y pantalón bélico verde. Pese a las adversas condiciones climatológicas, lucía el torso desnudo y una cinta negra se amarraba a su sucio cráneo para evitar que su diminuto cerebro se moviera por el movimiento. La pobre desgraciada, se creía el mismísimo Rambo, e incluso imitaba torcimiento de su labio inferior provocado por el grito salvaje ante la descarga brutal de munición. 
La sala de embarque no tenía nada de tétrico. Una moqueta, color gris perla, cubría enteramente el suelo. De las paredes, de un blanco indescriptible, colgaban grabados más o menos abstractos. En el techo, una gama de colores bastante acertada conformaba un conjunto atractivo a los ojos. Había alrededor de cien tumbonas dispuestas en perfectas filas de a diez. Tras una breve demora por tareas de mantenimiento, en la que los mecánicos arreglaron la hidráulica del avión con cinta aislante, subimos la aeronave que nos transportaría a los Alpes suizos.
Volábamos con Ryanair y aquello parecía un mercadillo. El viaje en avión fue bastante rápido, con las azafatas vendiendo romero y cebollas, pero el vuelo se me hizo un poco pesado por el resto pasajeros. Los típicos chavales, muchos de ellos con una dosis de alcohol de más, con ganas de fiesta. Llegamos a nuestro destino, adelantándome a todos, y dando el primer aplauso en la típica y absurda ovación que se rinde al comandante del avión tras el aterrizaje.
Un helicóptero a pie de pista nos aguardaba para trasladarnos al monte de la Jungfraujoch. Cuando llegamos, las carpas que instalamos en el campo base fueron azotadas por un feroz viento que duró toda la noche. La temperatura había bajado hasta -30º. Hacía un frío de tres pares de cojones. Encendimos una hoguera y cocinamos los víveres. Charlamos animosamente, cantando y bailando ridículas melodías. Comíamos cochinillo asado para la ocasión, y bebíamos grandes sorbos de vodka y tequila para combatir el frío. Brindábamos con nuestras  petacas a la luz de unos candiles de queroseno mientras oteábamos la oscuridad que nos rodeaba preguntándonos si desde la espesura nos contemplaban otros ojos. Anacleta  presentaba claros signos de hipotermia, con el pulso bajo y los labios morados. Ahora ya no se creía Rambo. Saturnino, mientras practicaba felaciones a su botellín de cerveza, explicaba con suma implicación sus experiencias militares como soldado de la Legión, en misiones secretas en la selva panameña, técnicas de supervivencia y un sinfín de historias fantasiosas. Para dar credibilidad a sus narraciones, empezó a vocear gorgoteos y extraños sonidos guturales:- “ Uhuuuuaa graag”, “Uhuuuuaa graag”, “Uhuuuuaa graag”-. Pobre retrasado. Creía comunicarse con las ardillas. Tras engullir el manjar, nos acostamos.
La tropa se despertó cuando el sol ya estaba decididamente posicionado en el cielo, acariciando los blancos y las rocas. Fui el último en salir de la carpa. Aunque pasé la noche con los pies helados por que se habían humedecido mis medias, dormí como un bebé.
El día se presentaba espectacular para tener un muy buen descenso. Desarmar  las carpas resultó ser nada fácil; el frío y el viento complicaban el despojo de nuestras tiendas y afectaron el humor de mis suegros. El guía que se había contratado, decidió llamar por radio a un porteador para que bajara nuestro equipo más pesado. Para cuando éste llegó a nuestro encuentro ya teníamos nuestras mochilas listas. Eran las 12:00 hs cuando emprendimos el descenso para descubrir el jodido abeto milenario. El panorama era complicado; un descenso difícil con el suelo húmedo, y casi imposible, caminando sobre la gruesa capa de nieve que cubría la piel de la montaña. Los pies nos resbalaban en todo momento y era muy arduo descender. Cada paso hacia adelante exigía un esfuerzo heroico. Saturnino guiaba lentamente a Anacleta, evitando que cayese en el abismo de su vértigo. 
Mi rostro pálido empezó a sudar como un cerdo apestoso. Tenía hinchado el colon que me pedía a gritos evacuar misiles por el esfínter. Me encendí un cigarrillo, me bajé los pantalones y me  puso en cuclillas entre los matorrales. Me balanceaba de un lado a otro, apretando con fuerza el punto caliente del vientre. Tenía los ojos rasgados y vidriosos de tanto constreñir los intestinos. Chillaba como un perro al que están apaleando brutalmente, gritando como si tuviera que cagar por el culo afilados cristales. Después de un esfuerzo enorme logré expulsar un excremento  sanbernardiano. Había cagado en un arbusto de hiedra venenosa. El contacto de mi culo y genitales con el arbusto tóxico me ocasionó salpullidos, erupciones cutáneas y una extraña reacción alérgica que erectó mi pene de forma perpetua. Parecía que tenía el falo de yeso. Los cóndores  pararon en mi pene a descansar. 
Seguimos descendiendo entre aquellas dunas de nieve. Cada paso era un calvario, un suplicio. Los ojos se me llenaron de lágrimas por el martirio que estaba padeciendo. Pero, sabiendo que no había alternativa, me mordí el dolor en silencio y seguí andando. El frío, el cansancio, el hambre, el dolor, el miedo, la angustia... Toda el descenso era un infierno. 
De pronto un aullido frío, duro, salvaje, surcó el viento, como un cuchillo, cortando nuestra sangre helada. Era un oso. Una enorme figura oscura apareció entre los arbustos. Se trataba de un gigantesco oso de color marrón de 400 kg. Su aspecto era feroz y amenazante. El plantígrado berreaba unos rugidos atronadores. Parecía herido. Levantado sobre sus patas traseras, ladeaba la cabeza. Los berridos hicieron vibrar todos nuestros  huesos. Se acercó a Anacleta. El oso, babeando, abrió sus fauces y rugió con tal fuerza que mi suegra pudo ver el fino velo de su paladar. No estaba herido. Estaba en celo. El salvaje mamífero la embistió por detrás, perforándole brutalmente el culo. El mimoso osito rosnaba, mostrando sus afilados dientes y espuma salival en su hocico. La nieve se esparcía bajo las arremetidas del libidinoso y excitado plantígrado. Anacleta chillaba aterrada por el dolor que le afligían 90 centímetros de falo  animal. Recibía despiadados zarpazos en la cabeza. Fueron diez minutos de dolorosa pesadilla. Los gritos del claro enmudecieron. Con paso torpe y cansino, el oso se retiró adentrándose en la tupida masa arbórea.
Volvimos de nuevo a progresar sobre nieve, muy húmeda, tanto que me hundía hasta la cintura con demasiada frecuencia. Íbamos buscando rocas, saltando de isla en isla siempre que podíamos. De repente, se levantó viento y se desató una nevasca tal que no pudimos ver nada. En un minuto, el camino quedó cubierto de nieve, el paisaje desapareció en una oscuridad turbia y amarillenta a través de la que volaban los blancos copos de nieve; el cielo se fundió con la tierra. Pasaron diez minutos y el bosque seguía sin aparecer. Marchábamos, exhaustos  y a pesar de que a cada momento nos  hundíamos en la nieve, estábamos bañados en sudor.  Inesperadamente el temporal se calmó y las nubes se alejaron. Ante nosotros se extendía una llanura cubierta de una alfombra blanca y ondulada. Y a lo lejos, lo divisamos. Lo habíamos conseguido. El imponente Tausendjährige Tanne ante nuestros ojos.




martes, 22 de noviembre de 2011

LA FRUTERA DEL BARRIO

Había soñado con sustituir mi fláccido y diminuto  pene por un majestuoso falo hidráulico de oro macizo, incrustado de pedrería barroca. Me desperté compungido, consciente que sólo había sido un dulce y utópico sueño. El pabilo encendido bailoteaba en los restos de sebo líquido. La vela se había agotado en el candelero. Su llama agonizante, apenas proyectaba un fantasmal hilillo de luz que caía sobre mí. Me dolía el cuello otra vez. Mierda de cuerpo, todo el rato igual, cuando no era el cuello era la muñeca, el escroto, o la espalda entera. Miserable organismo defectuoso. Me sentía un cautivo, al cabo del día, cada vez que iba al baño, cada vez que debía comer o irme a dormir. Quería aliviar mi soledad con un melón calentado al microondas, pero al abrir la nevera sólo encontré ese medio limón reseco que la custodiaba.
Una frutera repugnante de generosas carnes, vive en mi barrio, propietaria de una pequeña botica de fruta en que ofrece a la clientela una jugosa y vitamínica oferta. Pese a que se llama Mercedes, la apodan foca por dos razones, por gorda sebosa y por el bigote; barba de tres días, un bozo a lo Pantoja y michelines de dos décadas. Es una fanática del chocolate y del pan con cualquier cosa. El hedor que emanaba la verdulera era insoportable, como un sabor que recuerda el vinagre. De su boca asomaban repugnantes gusanos retorciéndose entres fluidos viscosos. Bebía gaseosas azucaradas si no encontraba Coca-Cola; -“el agua no me gusta" - decía convencida. Pese a regentar un comercio de verduras, odiaba las frutas y vegetales y mataba por el pollo del McDonald's. Buscaba pretextos absurdos para no alimentarse bien. Su decrépito rostro colonizado de lunares  como las pipas de la sandía, era aterrador y espeluznante. Pero tenía su punto: era todo un carácter. Me recordaba mucho a un sargento que tuve cuando hice la mili en Melilla. Cada vez que nos cruzabamos, ella me  sonreía. Una sonrisa que aceleraba mis ansias de vómito y me ponía del todo nervioso. No podía soportar aquella mirada, ojos verdes e ictericiosos que me escrutaban a través de los cristales de sus grotescas gafas de concha. Ella me deseaba ardientemente. Una vez intenté aguantarle la mirada, me presté al juego, quise vencer en aquel torneo vidrioso. Sacó su sucia lengua, tal bistec a medio rebozar, y chupeteó un helado imaginario. Me fulminó. Me quemó. Perdí y me derrumbé derrotado. Desde entonces intenté esquivarla. Solo la miraba un instante, corto, fugaz, pero suficiente para preguntarme como la caprichosa naturaleza podía haber concebido una alimaña como aquella. Ella, sudorosa, con gran dificultad de movimiento, con el colesterol a punto de dejarla fulminada, sacaba sus bolsas cada noche llenas de fruta manoseada y la lanzaba atrozmente al contenedor descargando toda su ira.   
Decidí salir de mi guarida, debía abastecer de frutas mi lúgubre despensa. Me puse el abrigo encima del pijama para salir a la calle. Hacía un día espléndido. Un sábado maravilloso. La radiante luz de un sol de otoño ambientaba la ciudad; las dos laderas del rió estaban rebosantes de bares y terrazas, todo el mundo estaba en la calle disfrutando de la jornada; Señoras que habían sacado una silla a la calle y habían montado su propio Sálvame Deluxe; un cabrón iba regalando pelucas a los calvos, mientras un decrépito demente  señalaba  a alguien aleatorio y gritaba:-¡ES EL ELEGIDO.!!-.
Llegué a la frutería que estaba  en pleno jolgorio. Me extrañó la abundancia de personajes grotescos en aquel comercio. Un jubilado pidiendo dos sandías y tres avances. Señoras que toqueteban la fruta y no se ponían guantes. Pijas idiotas que se divertían poniéndose  las pegatinas de las verduras en la frente.
Y allí estaba la frutera. Peinaba media melena con tonos canosos, labios agrietados y gastados rematando una boca rodeada de vello y ojos saltones robados a un olivo andaluz. Que fea era la cabrona. Custodiaba el género exclusivo, champiñones, setas, condimentos y las peras. Comía perejil como si no hubiera mañana.
Pasé por las secciones de tubérculos, legumbres y hortalizas hasta que llegue al escaparate de los melones. Tomé uno , elegí media docena de plátanos y me acerqué a la caja. Miré las piernas peludas, robustas y enraizadas en zuecos de aquella criatura, ascendí hasta contemplar aquella cara de sapo, redonda, con bigote negro y ojos saltones. Medio hablé medio tartamudeé a la vez que escapaba de la mirada imprudente de frutera. Ella me miró. Me había reconocido. Parecía que se guiaba más por el tacto que por la vista. Cada fruta era acariciada con el exterior de los dedos, igual que se comprueba la temperatura en una persona. Sacudió la bolsa de papel y metió el melón en la bolsa. Después cogió uno de los plátanos y empezó a lamerlo con devoción, con fervor, sin piedad. Me escrutaba con una mirada cómplice. 
-"A mí me gustan los hombres" -le dije, mientras ella abría los ojos asombrada y esperaba con más miedo que impaciencia a que acabase mi desatinada frase. Y yo, encaminado en la vorágine de la estupidez extendía los brazos e inflaba los cachetes y concluía- “... no me gustan las mujeres"-. No recuerdo el contexto en que se lo dije. Lo que sí recuerdo es que huí a todo velocidad de la jodida frutería.




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