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miércoles, 8 de enero de 2014

LA GITANA PITONISA

Suena el apodíctico anuncio de Microlax. El taxímetro impetra con su bermejo contador doce euros y medio. El taxista, sentado sobre una zafia poltrona de bolitas de madera, sube el volumen de la radio cuando percibe que me agrada la cuña publicitaria.
Acojonado, detiene su vehículo en la entrada del poblado, un nidal sórdido e  insalubre de un centenar de barracas por las que se escurre un arroyo encenagado.
Abono la carrera y me dirijo con paso firme hacia el domicilio de la reputada quiromante, perita lectora de manos, afanoso por despejar las incógnitas que deparan mi futuro.
Tomo un callejón de taciturnos chamizos que exhiben sin pudor por las aberturas agujereadas su corroído costillaje de madera y cartón.
Héticos colchones, lavabos descascarillados y muebles mohosos languidecen contra las sucias paredes de adobe.
De las techumbres de paja parten bandadas de gorriones cual caterva de tunantes perseguidos bajo la presta mirada de los híbridos caninos.
Las chabolas rezuman el hálito enquistado de la crápula barata: hedor a orines, cerveza rancia, carne putrefacta, fracaso y sífilis. De sus asolados portillos parece evadirse la vacilante respiración del sueño constrictor tras una noche de caricias felinas y antojos amorosos de borracho.
Limpiacristales,  cíngaras en bata y pijama, travestis, traficantes y despojos humanos de una enjutez estupefaciente desfilan como comparsa carnavalesca.
Observo, con fálica tiesura, el fulgor  movedizo de unas blancas  nalgas desgarrando la penumbra de los rincones. Un huesudo y longevo rocín es brutalmente violado por un toxicómano mientras un grupo de ambulantes fuman y palmean con destreza una rumba. Vendiendo aceite, romero y ropaje, una grotesca gitana  despedaza nueces con el culo beneficiándose de su reseca expectoración.
Una prostituta, loba avispada minada por la anemia, de decadentes senos cual lonchas de lomo, increpa al heroinómano que rechaza su ofrecimiento.
El poblado es la saturnal del vicio, el aquelarre de la libídine. Lo único virgen que existe es el aceite de oliva.
Llego a la consulta de la vidente, un barracón de dos plantas de fachada amarillenta.
Sorprendo a un esmirriado roedor libando de la aguja de una jeringuilla abandonada, sorbiendo con vehemencia la pequeña gota de sangre. Asciendo por una escalera colonizada por hercúleos escarabajos de metálicos caparazones, esquivando un mendigo que, con resaca etílica, implora a gritos la extrema unción.
La puerta, entreabierta, carcomida y roída por las ratas, es cortada de un extremo a otro por la grietas.
Dos ventanillas fustigadas por la tramontana penden de una bisagra, dispuestas a precipitarse apenas soplase brusco vendaval, decoran unas quebradizas paredes arañadas por el moho.
Sentada tras una silla sorprendo a una mujer de incipiente bozo envuelta en un chal rojo escarlata hecho jirón y unos zarcillos de latón en unas hercúleas orejas.
Con frenesí, se masturba con violácea berenjena.
Carraspeo para hacer notar mi presencia y la gitana, circunspecta, me dedica una sonrisa falsa, invitándome a tomar asiento.
Dejo, refunfuñando, 50 € encima la vieja mesita mesita de madera.
Con los ojos sellados, pitillo en la boca, toma mi diestra mano, y tras segundos de cavilación, procede espasmódicamente a tocarse la frente, el pecho y los hombros, santiguándose cual novel exorcista.
- No diviso futuro. No lo veo. Su pasado es muy confuso, ambiguo…. Veo…Veo a una chimpancé amamantándole…¿ Es usted tal vez hijo de un simio ?.- pregunta abriendo los ojos con fingido asombro.
Hija de puta.
-Prosiga- susurro apartando de mi cara el humo procedente de la bocanada de resina de hachís que la gitana acaba de lanzarme.
-Ohhh- susurra siguiendo las líneas de mi palma con su uña teñida de mugre. - Usted sí va a tener suerte, ya lo creo. Pasión, idilio desenfrenado, lujuria licenciosa. Conocerá un hombre ninfómano, orondo y velludo y dormirá con él entre sábanas de seda-.
La fulmino con mi mirada, teñida de cólera, reprimiendo un instintivo deseo por fracturarle el cráneo.
La gitana continúa hurgando mi palma derecha, sondeando las vultuosas callosidades onanistas.
-Interesante- murmura escrutando la línea de la salud. 
–Percibo desgarros anales y fisuras rectales. Mucha carne penetrando por su culo…¿ Es usted maricón ?.
Niego con la cabeza en silencio. La decrépita cíngara empieza a exasperarme. Intuyo escarnio en sus supuestas predicciones.
-¡Bendito sea Dios!-  vocifera con esotérica dicción al examinar la línea de la vida. 
- Sí. Sí. ¡Por mis antepasados faraones!- grita ungiéndome la alopecia con aceite. -¡Usted es el elegido¡.¡ El hijo omnímodo de Jehová!. ¡ Hágame digna de su edén!. ¡Tómeme!. ¡ Mancílleme!.
Cabreado ante tanta infamia, tomo un bolígrafo y esbozo un dibujo en la palma de mi mano izquierda.
-¡A ver qué adivinas en mi mano izquierda, hija de puta!-.

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miércoles, 20 de noviembre de 2013

SKATING CHAMPIONSHIP

El zumbido del disparo de salida que precede al griterío de aliento de los espectadores, hace encamarar, con el grotesco zurriar de sus alas, a una bandada de mórbidas y medrosas palomas.
Sobre el rumor de cientos de banderas que ondean al viento, el sol brilla en su cenit, destellando su hercúleo poder sobre la brea indefinible de la avenida, convertida en vasto e improvisado velódromo.
Los aficionados que anegan la acera rugen asidos por el delirio de este absurdo deporte, y en sus semblantes se puede avizorar la aseveración de la teoría de Charles Darwin sobre la teoría de las especies.
Uno de ellos, en un estrato anterior de evolución, de rostro cuasi-macaco, aplaude demente el comienzo de la final, esputando burdas dicciones que pretenden ser alentadoras. Como si los cornetines hubiese tocado a degüello, la muchedumbre le sigue de inmediato.
Los reclamos por megafonía, las azafatas, los periodistas y los comisarios pulcramente uniformados en la mesa del jurado, otorgan al certamen la solemnidad de una gran competición.
Miller Brown, el otro finalista, neoyorquino criado en el Bronx de 32 años, inicia su exhibición.
Tez morena, porte orgulloso, agilidad africana. Blusón ancho, hiperlaxos bombachos, macromedallón de oro; uniforme impecable incluso en los detalles más nimios y rígida disciplina.
Verlo de espaldas, semeja a refinado flamenco en posición de remontar el vuelo, petimetre, elegante, primoroso.
Toma el monopatín, trepa sobre él con agilidad felina e inicia rauda cabalgada a través de la calle, hechizando a los concurrentes con el surco desprendido por las cuatro ruedas de su skateboard.
Con exquisita posición e inclinación del cuerpo, desplaza su peso atrás para levantar la parte delantera del monopatín, girándolo 180 grados bajo sus pies, ejecutando con precisión milimétrica un klicflip sublime.
El público ovaciona el excelso ejercicio con una retumbante ovación.
En posición defecatoria, con el pie delantero en la mitad de la tabla y el pie trasero sobre el borde del tail, toma velocidad y se dirige al obstáculo. Rota las manos y sus hombros hacia el frente con lozanía, pisa la tabla para deslizarse en posición de railslide y efectúa un hellflip vertiginoso, arrancando de los espectadores vibrantes jadeos de admiración.
Prosigue tomando carrerilla, colocando los dos pies en el nose y levantando las dos ruedas de atrás mientras se mantiene patinando con las dos de adelante, consiguiendo un Hang Ten Wheelies deífico.
Hijo de puta.
Aquel ñapango es un hércules del surf callejero.
Con actitud desafiante y pendenciera baja de su tabla y saluda con rebeldía al público.
El jurado es unánime. Muestran sus cartulinas con la máxima puntuación.
Con paso farruco se dirige hacia mí, entre los vítores de una idólatra multitud.
Cruzamos nuestros recios cuellos como feudales floretes, debajo el del neoyorquino, encima el mío. Busto contra busto, pujamos durante unos instantes que parecen eternos.
Farfulla una frase en inglés. No la entiendo pero, por la entonación, intuyo que se trata de algún pedestre improperio.
Ha llegado mi hora.
Enciendo un cigarrillo en un estéril intento por tranquilizarme. Los nervios hacen transpirar mi adiposa piel cual trinchador de kebabs.
Percibo el enardecimiento de miles de ojos aguardando con zozobra mi actuación, los visillos tensos tras las ventanas. Voces guturales, frases de denuedo, rauco murmullo inflamado.
Oigo estimulantes gritos escupidos por cientos, quizá miles de bocas tiznadas de cerveza. Corean mi nombre, aplaudiendo como si no hubiera mañana.
Entre la multitud, un orondo chiquillo con parche en el ojo y facciones sureñas, que custodia con brío un ambarino globo, me pide un autógrafo.
Los devotos exigen a sus ídolos una imagen dechada dónde depositar sus ilusiones y su fe. No puedo defraudarle.
Me acerco al impúber rollizo, tomo su libreta y rubrico en ella mi nombre en cirílico. Percibo en su diestro ojo la felicidad, el inocente júbilo, su candorosa gratitud.
Aprovechando la ajumada distracción de su madre, agarro mi cigarrillo y reviento con alevosía el globo. No puedo evitar una pérfida carcajada.
Una mano palmea mi espalda. Después otra, otra y otra más.  Los servicios de seguridad apenas logran gobernar la multitud entregada.
Un flash cegador, que parte de la primera fila de espectadores, precede a una saturnal de destellos. Cogotazos de ardimiento, alaridos de empuje, bufidos de acometividad.
Devuelvo tanta muestra de cariño enseñándoles mi pene.
Una voz metálica por megafonía balbucea mi nombre. La afición replica con un rugido fragoroso, estentóreo, ensordecedor.
Me dirijo al centro de la calle. Procedo a unos segundos de meditación, hilando mentalmente la técnica a emplear para superar la majestuosa exhibición de Miller Brown. Mi actuación debe ser soberbia si quiero vencer. 
Puedo ganar. Debo vencer.



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miércoles, 25 de septiembre de 2013

EL DEBUT DE HURRACA

A través de la orbicular claraboya el mar se agitaba; se apreciaba escarpado, casi montañoso.
Estaba cansado, deshidratado, exánime.
Abrí la ventana y descubrí  el abrupto fondeadero de Puerto Paphos, una de las principales arterias del mercadeo marítimo del mediterráneo.
Los pájaros esbozaban diagonales imposibles sumergidos en un alba plomiza, casi sucia, que se abría paso a regañadientes entre la bruma que rociaba aquella remota aldea chipriota.
Había conseguido infiltrarme en los muelles de Cádiz para amagarme en un buque carguero destino Chipre
Escondido durante 10 días en la bodega de aquel ciclópeo navío, debajo de los motores, en un pequeño zulo en el que apenas podía extender mi metro cincuenta, llegué como polizón a tierras pseudo-otomanas.
Mi  hermana Hurraca debutaba como volatinera en un espectáculo circense local, y no quería perderme  su función. 
Su  sueño siempre fue ser artista. Ser parte de un circo, formar parte del pueril y mágico mundo de la farándula. Dotada de congénitas aptitudes para ello, superó con éxito las arduas pruebas de selección y fue contratada como diva en el Gran Circo de Chipre.
El pálido sol de octubre iluminaba ya sin calentar cuando la fragata amarró en la dársena. Sin ser visto, salí  del mercante y llegué a tierra firme.
La ciudad, anaranjada, color de barro, destilaba hedor a cloaca, a especias y a pescado pútrido.
Tipos con clámide y grotescas sandalias, señoras hirsutas, bicicletas y algún carro remolcado por un parasitado jumento. 
Frente al muelle, desdentados  comerciantes pugnaban por hacerse con la atención de los pocos extranjeros que pululaban por el lugar, en su mayoría intrépidos mochileros.
De una inmunda taberna, irradiada por ambarina luz, salían torpes sonidos de una pianola, porrazos de palmadas contra la mesa y gritos ebrios y metálicos. 
En un aguaducho, entre centollos violáceos y odoríferos crustáceos, relucía el oro áspero de unos limones. Su tendera, sentada en una vieja silla de mimbre, había bajado sus calzas hasta la altura de los tobillos para atraer a las moscas y, evitar así, que éstas revolotearan sobre el marisco.
Una voz de cobre, helénica, me habló desde una ventana. Era un decrépito lugareño que, en un inglés monosílabo, se ofreció como taxista.
Hora y media después, llegamos a un vertedero, dónde el circo había levantado su carpa.
El viento otoñal mecía ligeramente la lona que cubría el ruedo.
Me acomodé en primera fila. 
Bacanal de cornetas, hercúleos trombones, un bombo y un piano que sonaba dulce. Colores, muchos colores, y las luces majestuosas, centelleantes fulgores que quebraban la oscuridad bajo la carpa del circo.
En una esquina del entoldado, algo comenzó a tomar forma. Un decadente individuo, apareció en el escenario. Vestido con  pantalones de fieltro atezados, bordados en ámbar y adornos afrancesados, se plantó en el centro de la arena.
El brillo bermejo nos cegó por un instante. Y el hocico rojo habló: – Bienvenidos al Gran Circo de Chipre-.
De la escasa veintena de personas dispersadas por las gradas desmontables, apenas la mitad aplaudieron con entusiasmo.
Agarré una moneda de 2 € y la despedí brutalmente contra el rostro del caduco payaso, ocasionándole una aparatosa brecha en la frente.
Los colores parecían vibrar con la música y  la delicada melodía del organillo era acompañada por  bombos y platillos.
Se escuchó un descosido ululato; era la resquebrajada e inconfundible voz del payaso herido, que se despedía tras su burda actuación.
Apareció en escena el trapecista. 
Iluminado por dos potentes focos, aquel hombre de brazos musculosos y lívida y reluciente tez, desafiando las leyes de la gravedad, haciendo gala de su innata habilidad psicomotriz, se balanceó saltando de trapecio en trapecio con precisión milimétrica.  Tras el eterno redoble de tambores, aquel extraordinario atleta, con la agilidad del viento, nos deleitó con un irrepetible cuádruple salto, por supuesto, mortal.
Tras retirar el cadáver, brotó entre una densa capa de humo, el contorsionista, que entre la espectacularidad de dos hermosos tigres de bengala enjaulados, que rugían con una fastuosidad imborrable, nos embelesó con su show en el que consiguió practicarse una autofelación. 
Después de las humildes actuaciones del faquir y del domador de leones, redoblaron tambores, se encendió un reflector que alumbró la pista y apareció un grotesco y seboso individuo vestido de gala: galera, botas, traje y guantes. Tenía unos bigotes como el manubrio de una bicicleta, usaba un birrete de copa y destilaba un nauseabundo hedor a esperma de paquidermo. Saludó haciendo una irrisoria reverencia y presentó el show final.
Los espectadores rugieron entusiasmados.
Había llegado la hora de mi hermana.
Un foco autoritario se abrió paso en la oscuridad, emergiendo de entre los telones una grotesca alimaña cruce de primate caucásico y hembra de la tribu burundunga; un ser impío, desedeñado, una falacia de la realidad. Era mi estimada Hurraca.  
Apareció corriendo por el escenario, con la exquisitez de un corcel, brioso e indómito, la sutileza de una bailarina tribal y la elegancia de un cisne.
Vestía un corpiño ceñido, vaporosa y ligera falda y borceguí de media caña. Espantosamente maquillada, procedió a un momento de meditación. 
Con un profundo suspiro y  pausa medida que sirvió para alimentar la expectación del público y calmar sus propios nervios, Hurraca ejecutó su acrobacia:

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jueves, 25 de julio de 2013

FORNICIO EN EL CENTRO COMERCIAL


Aquel faraónico centro había sido concebido por crédulos atletas para dar respuesta a las necesidades de  los deportistas, a la gula de grotescos idólatras del cansancio, a la gazuza de decrépitos prosélitos de actividades excretoras de sudación.
Grandes estantes colmados de prendas de lycra, pelotas de pilates, stepeers y bancos de musculación. Ingentes alacenas henchidas de balones de fútbol sala,  bidones de bebidas isotónicas y sondas de pesca.
Museo del fitness, running y natación; templo consagrado a la grandeza disciplinar del submarinismo, tiro con arco o ping-pong. Santuario de los incondicionales de la catequesis física,  dónde uno podía hallar auténticas obras de arte ante las cuales rendir pleitesía a tan estúpida afición.
Los pasillos del vasto bazar deportivo, cuya mera pronunciación suscita obturación coronaria, estaban atestados de cicateros personajes poseídos por el furor adquisitivo.
Hordas de individuos ataviados en chándal, buscando apaciguar el gen coleccionista de zapatillas deportivas, subían y bajaban embutidos con bolsas por las escaleras automáticas.
Ilusos. Imbéciles.
La aglomeración, con estúpida expresión de adoración teatral, emanaba un aroma intenso, entre orines y secreciones antiguas.  
Había decidido acudir al centro comercial para adquirir un set de juego de petanca, y deparé unos instantes en analizar aquella compulsión consumista de cientos de personas que pugnaban puerilmente por el saldo, los leggings o las gafas de buzo.
Una sensual y sincopada voz interrumpió el bullicio de la gente para lanzar una oferta en la sección de equitación. Los clientes, en el saturado pasillo principal, se enzarzaron en intrépida refriega para llegar primero a la sección de hípica.
Mientras observaba jocoso la dantesca escena, la descubrí.
Su belleza candorosa pero procaz, su piel canela y sus atezados ojos me cautivaron inmediatamente. 
Desprendía lujuria y concupiscencia,  y no existía nada artificial, premeditado en ella. Su pelo negro azabache ondeaba ligeramente invitándome a abordarla.
Comencé a tejer mentalmente lo que debía decirle para presentarme, cuando giró la cabeza y nuestros ojos colisionaron en una mirada fugaz, sucia, inesperada, libertina, lasciva.
Aquellas retinas exhalaban libídine y erotismo feroz, y parecían destilar música en cada pestañeo.
Percibí como mi achacoso corazón agitaba la sangre con ímpetu, rociando mi alienado cerebro con un adictivo cóctel de hormonas, dilatando mi apéndice fálico. 
Empecé a hiperventilar. El sudor empapó mis axilas y percibí como el flujo varonil anegaba mis conductos seminales. Instintivamente, imaginé cómo mis glándulas testiculares golpeaban su perineo.
Ella me estaba sonriendo, entre tímida y socarrona, invitándome a poseerla, como anticipando lo que estaba a punto de acontecer.
Sin mediar palabra, la cogí con mi mano y entramos en uno de los probadores para satisfacer nuestros instintos más primarios.
La penetré...Una y otra vez...


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Volvemos en Septiembre...

miércoles, 10 de julio de 2013

INMOLACIÓN FALLIDA

Apuro un café en estado de ebullición. Estoy nervioso, turbado, bullicioso. Las cáscaras de gamba colonizan el sucio empedrado de aquel tugurio de precios prohibitivos.  Me fumo el cigarrillo electrónico en silencio, rápidamente, con avidez, dando pedestres e intensas caladas mientras repaso mentalmente, por enésima vez, los detalles del atentado.
Transpiran mis manos, los pies, el ojo bruno. Mi agrietada frente empieza también a ser pasto de la sudación.
Un individuo mórbido y de aspecto siniestro, engulle hamburguesas como si no hubiera mañana. Tras él, dos decrépitas octogenarias, acicaladas con maquillaje propio de una academia de payasos,  juegan vehementemente al parchís. Una taheña azafata de vuelo, de escasos cuarenta años amarrados en una grotesca coleta, hurta los azucarillos del café mientras un degenerado de ojos estrábicos cierra una revista de zoofilia, doblando con su diestra mano la punta de la página 15 para posteriormente acomodarse el fardo testicular con la zurda.
Aquellos decadentes e inocentes seres, en cuestión de minutos se convertirán en víctimas de mi cruzada, damnificados colaterales.
Recuerdo ahora las lecturas clandestinas, aquellos textos que estimulaban mi adrenalina pubescente, palabras que inyectaban la dosis de tósigo para ser un insurrecto de esta sociedad, un sedicioso en rebeldía contra quienes usurpan nuestras libertades.  
Rememoro cómo escribía literatura contestataria,  cómo secundaba huelgas y motines callejeros, cómo redactaba fanzines de compromiso social.
Contumacia y obcecación, intolerancia y agresividad, son las actitudes exacerbadas que he adoptado, ávido de rebeldía, para arremeter pasionalmente contra la opresión, contra este pérfido e injusto genocidio premeditadamente ignoto por nuestra sociedad.
La cafeína realiza su efecto y aclara mis ideas.
Me estoy cagando.
Rotunda convicción. Ferviente y chauvinista paladín de los derechos de los más desamparados. Lo tengo decidido. No hay marcha atrás. Me convertiré en mártir de noble causa. Me voy a inmolar.
750 gramos de explosivo plástico CN-42-3√12 adherido a mi cuerpo, suficiente munición para reventar en mil pedazos el avión.
Una voz nasal, particularmente desagradable, alerta por megafonía que ha llegado  la hora de embarcar.
Vuelo 812 con destino a Islas Feroe. Puerta 62.
Abandono a toda prisa la cantina aeroportuaria mientras el noticiero ofrece su ración diaria de adulterio entre celebridades: hablan de un descasamiento, letanía populachera.
No la escucho.
Me dirijo apresurado por los pasillos del aeropuerto a la boca de embarque. Silbo una balada de Manolo Escobar en una habilidosa maniobra de distracción hacia los agentes de aduanas.
Simulando tartamudez con relativa facilidad, paso el arco detector sin problemas pero inspeccionan minuciosamente mi maleta de mano.
Hijos de puta.
Me confiscan la petaca de orujo y mi colección de calcomanías.
Subo al aeroplano, busco mi asiento y levanto mi pequeño maletín hasta el compartimiento que tengo sobre la cabeza. Me  siento en la butaca del pasillo esperando nerviosamente a que el Boeing 757 despegue.
Un afrancesado azafato, de hediondas axilas, recorre los asientos del avión mientras hace recuento de los pasajeros.
La áspera voz del piloto retumba en los altavoces para comunicar a la torre de control que se dispone a despegar.
Un océano de castañuelas metálicas emerge durante unos instantes por encima del fragor de los motores.
El avión abandona tierra firme, elevándose por los aires tal pajarraco de metal, dejando atrás, allí abajo, los pinos y las palmeras, el paisaje tono ocre marchitado por el justiciero sol de Julio.
-Dong-. Se encienden las luces de los cinturones. - Recuerden que no está permitido fumar- susurra una libidinosa voz por megafonía.
Levanto la cabeza y escruto por última vez el avión. 
El sudor empapa ahora mi cuerpo. Lo nervios me hacen hiperventilar.
Pienso en todos aquellos pasajeros, en sus allegados,  en los posibles sobrevivientes y en sus historias, en las entrevistas que concederán a la prensa, en alguna escuela que bautizarán con mi nombre.
Medito en mi adorada Villanueva del Trabuco, en Eurodisney, en las escasas personas relevantes en mi vida, en lo que bisbisearán en mi velatorio, y en quién cojones heredará mis deudas, mis consoladores rectales y mi colección de Falete.
No puedo evitar que una lágrima se derrame de mi legañoso ojo.
Ha llegado la hora.
Repito mentalmente aquella frase reivindicativa que tanto había vociferado en las manifestaciones. 
Me levanto de mi asiento...
-¡ No a la extinción de los gitanos pelirrojos!-:





miércoles, 22 de mayo de 2013

EL GAMUSINO DE AVILÉS


La colina se había transformado en un invaluable mosaico de maravillas naturales, conquistada por un ampuloso manto blanco, hercúleos abetos, ámalos desnudos y colosales costras de hielo. Tras ella, se alzaba majestuosamente el vasto Pico de Cienglandes, dónde  según cuentan fábulas norteñas, vive cobardemente escondido el último ejemplar hembra del gamusino de Avilés.
El paisaje, de un albugíneo inmaculado, parecía exánime, yermo, exento de vida.
El frío, cabrón dónde los haya, calaba mis huesos, achatando molestamente mi escroto, menguando mi exiguo falo, colándose por las empuñaduras de mi empapado chándal azafranado. Había porteado consigo a su más fiel camarada, la lluvia. Era atronadora y agresiva. Cada gota era como un navajazo que atravesaba mi lampiña y sonrojada cabeza.
Desde mi menesterosa infancia, tenía celosamente custodiado un deseo: constatar en primera persona la existencia del mitológico gamusino; aquel candoroso animal, supuestamente imaginario, causante, todavía hoy, de mi incontinencia urinaria vespertina y promotor de la equimosis que había mutilado mi orgullo.
Ese anhelo, allí, en tierras asturianas, estaba a punto de cobrar cuerpo y realidad.
Cucufate, un rudo campesino, con esa edad indefinida que caracteriza a los fornidos mamporreros, contratado para tareas de sherpa y rastreador,  mi hermana Hurraca, queriendo cumplir sueños postergados, y yo, inmerso en una vorágine de convicción pueril, formábamos  la correría que ambicionaba descubrir el último ejemplar de tan quimérica alimaña.
Sumando las personalidades y caracteres de cada uno, la intrépida expedición resultaba una avezada mezcla de experiencia, resistencia y gilipollez.
El rastreo olfativo de las heces y orines nos había conducido a una hermosa llanura cubierta por una alfombra blanca y ondulada, dónde instalamos el último campamento antes de caminar hacia la ilusión cumbrera.
-¡Yéeeeheéeee, hora de retomar la marcha!-anunció Cucufate hechizado por el mágico mimetismo existente entre los pueblerinos y la montañas.
Iniciamos nuestro cuarto día de marcha, siguiendo las huellas cinceladas en el manto blanco.
El horizonte era complicado; una ascensión intrincada con el suelo húmedo, casi imposible, caminando sobre la gruesa capa de nieve que cubría la piel de la montaña. 
Los pies nos resbalaban en todo momento y era muy arduo ascender. Cada paso hacia adelante exigía un esfuerzo heroico. Mis piernas, debilitadas por la gangrena e hipotermia, apenas respondían, doblándose, haciendo encorvar mi espalda.
Comprobamos que la raposa criatura caminaba al paso, como si estuviera gobernando cuanto ocurría  a su alrededor, avizor, buscando el ágape de esa noche. Deparamos, que en un momento de su marcha emprendió una veloz carrera, bien acojonado por el canino de un pastor o por el acecho de un depredador.
Estábamos cada vez más cerca.
Un brusco gesto con el puño de Cucufate, como el de un curtido marine, hizo detener en seco la marcha.
Había descubierto algo. El rudo labriego, flexionó su pierna derecha y con su dedo frotó restos de código genético esparcidos sobre la nieve. Meditativo, como escuchando al viento, se llevó el dedo a la boca.
- Diarrea- sentenció con insultante seguridad.
Era una buena señal. La indisposición del gamusino no permitiría recortarle distancia.
Apresuramos el paso. Embriagado por mi anhelo, la piernas ya no pesaban, respondían como las de un tórrido atleta.
Empezamos a correr como conejos por un camino cuesta arriba que serpenteaba entre extrañas rocas de punta orbicular, incendiando cuantos arbustos se entrometían en nuestro paso, lapidando sin piedad a la exótica fauna silvestre.
El cabrón de Cucufate lanzó una exclamación de alegría y señaló un estrecho cañón entre dos laderas verticales de la nevada montaña astur. Eran dos diques atezados de roca, pulidas por las inclemencias meteorológicas de millones de años.
El sueño estaba cerca, casi lo podía acariciar con mis tumefactas manos.
Tras más de una hora deslizándonos tal larvas helmintas por el delgado sendero tallado en el granito, llegamos a la cañada, dónde terminaban las evidencias de la huellas. 
Cucufate fue el primero en asomarse, seguido de cerca por mi hermana, impulsada estúpidamente por el deseo de flamear la bandera norcoreana.
Cuando divisé el paisaje que tenía delante, me pareció que era otro planeta. Estaba frente la campiña que me había usurpado tantas noches de sueño. Si no hubiese tenido tan revuelto el estómago por el hedor a excrementos y el agotamiento, hubiera pensado que había realizado un viaje cósmico.
–Ahí está, el Valle del gamusino de Avilés– anunció visiblemente emocionado el rastreador.
Ante nosotros se esparcía un bellísimo altiplano volcánico. Emplastos de áspera vegetación glauca, tupidos matojos y grandes níscalos multiformes crecían por todas partes. Había infinidad de arroyos de agua burbujeante, docenas de hadas ninfómanas desplegando sus alas en busca de bálanos, cientos de unicornios de enormes penes jugueteando, fálicas formaciones rocosas, y del empedrado surgían espigadas columnas de humo blanco.
Una plácida calima flotaba en el aire, decolorando los contornos en la lejanía y otorgando al valle un aspecto de fantasía.
Experimentamos una falaz sensación,  como si hubiéramos entrado en otra dimensión. Después de tolerar durante cuatro días el frío intenso de la travesía por las jodidas montañas, ese vapor tibio era un verdadero regalo para los sentidos, a pesar del olor fecal que aún persistía.
Tras un hercúleo pinabete, envuelto en una espesa bruma, divisé una cuadrúpeda  y grotesca figura.
Nervioso, respiré hondo y escupí diestramente la flema, dejando que el aire de la montaña llenara mis asmáticos pulmones. Incrédulo, froté mis ojos, golpeé brutalmente mi cabeza, intentando procesar lo que estaba visualizando.
El cuerpo, inerte, a cuatro patas, era de un albino cegador, bellísimo, de aspecto gélido, aterido, centelleante. Aquella alimaña no podía llamarse mujer, pese a que a juzgar por sus genitales, era de sexo femenino; tampoco era humana, aunque no era exactamente un animal.  No había duda alguna, era el legendario gamusino de Avilés.
Sentí como la emoción invadió mi cuerpo. No me pude reprimir:



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miércoles, 8 de mayo de 2013

LA CHICA DE LA PISCINA


Un sedoso viento, con sus suaves manos de espuma, tocaba una hermosa melodía al hacer gemir los árboles y mecer las hojas de aquel pequeño oasis ajardinado, con una piscina central rodeada de hamacas.
El rocío centelleaba sobre el cetrino césped, recio, talludo, poblado de níscalos alucinógenos, precisado de urgente poda.
Los pájaros canturreaban ruidosos sus raudos trinos, las ardillas copulaban con elegantes y espasmódicos movimientos pélvicos  y el sol brillaba majestuoso tiznando una sosegada mañana primaveral.
El agua hacía brillar mi piel surcada por venturosos pliegues fruto de la rica dieta en mantequilla de chorizo, bollería industrial y productos lácteos sin desnatar.
Tumbado en la yacija, abrí los ojos y en la ingravidez de la nada contemplé mis mórbidos y velludos pechos, apuntando al cielo. Los acaricié, deteniéndome con astucia en la erógena e hirsuta aréola rojiza, dejándome llevar hasta extraviarme en los laberintos sensoriales más lúbricos.
- ¡¿ Tshéeé?!, ¡ Qué no estás solo, pervertido ! - abroncó una decrépita octogenaria entrada en carnes.
Hija de puta. La grotesca bañista me despertó de mi letargo libidinoso.
Detrás de ella, sobre el césped, una rubeniana cuarentona intentaba depilar sus tupidas y agazapadas ingles con unas antorchas, mientras sus vástagos jugueteaban con heces caninas, construyendo dantescas pero creativas estatuas bélicas. A su derecha, cuatro adiposas y ávidas doncellas arrebañaban con tesón las fiambreras y se enzarzaban en un festín de rapiña caníbal mientras sus tullidos maridos se abstraían en una erudita partida de brisca colmada de  groserías y blasfemias.
El socorrista, invidente, miraba al infinito tras sus atezadas lentes, con la impavidez de una estatua de mármol.
Sentado al filo de la piscina, un orondo anciano intentaba con una caña de pescar apresar algún ejemplar de trucha de agua dulce.
Un macho, de trabajado abdomen y constitución espartana, hacía caso omiso al viejo cartel que rezaba “Prohibido orinar en la piscina”, ante la burlesca mirada de los mocosos en pleno pugilato para comprobar quién emulaba mejor a Falete  en " Famosos al agua".
Aquello era la bacanal del fárrago, el caos de la jarana: ropa por todos los lados, envases de cerveza, ungüentos bronceadores, bolsas de patatas, apósitos menstruales, ceniceros atestados de colillas y sillas tapizadas con pareos, emanando el hedor de la anarquía del ocio.
Ajena a toda aquella achacosa fauna piscinera, advertí a una preciosa muchacha, nadando tal sirena de pueriles leyendas.
Tenía la piel satinada e inmaculada, suave, joven, y detrás de unas largas y oscuras pestañas, sonreían unos ojos marrones fecales, de dulce expresión. El viento zarandeaba  su brillante y grasiento pelo, exhibiendo el caoba rubicundo de sus sebáceos cabellos.
Un cárdeno biquini encubría unos pequeños pero firmes pechos.
Su cuerpo, esbelto, garboso, se deslizaba danzando ligero por el azul como la llama del azufre de la piscina, veloz, ostentando un refinado estilo perruno, levantando una pequeña ola a su paso. 
Era como un arcángel bajado del edén que había venido a empuñar el cetro del más bello de los lienzos.
La estaba observando fascinado, extasiado, cuando nuestras miradas se cruzaron, haciéndome sentir una revolución de mariposas en el estómago.
La bella muchacha me miró con ojos entornados, bizcos, altiva, como si tuviera la costumbre de hacerse la dama, bella como flor purpúrea.
Con un cómplice gesto de succionar un helado imaginario, me sonrió mostrando unos curvados y escarpados dientes, brillantes tal la estrella vespertina.
Cupido había flechado de nuevo mi corazón.


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miércoles, 10 de abril de 2013

EL REALITY SHOW


"Modere la velocidad, gilipollas", rezaba el oxidado cartel que daba la bienvenida al edificio. Haciendo caso omiso a la advertencia, aparqué mi camión como si entrara en boxes. Llegaba tarde. Muy tarde. 
Salí con esmero del párking y me detuve un momento a contemplar la fachada exterior de aquellos conocidos estudios de televisión, aquellos inmuebles que me catapultarían al éxito.
Un edificio prefabricado, vestigio de la atroz crisis financiera, de escasa altura pero mucha anchura, de tonos grises y blancos rematado con un desmesurado cartel de colores soviéticos, marco rojo, fondo amarillo, mancha color escarlata, y dentro de ella unas letras blancas que te ubicaban de golpe en el punto del mapa donde te encontrabas.
Pese a mi exitoso debut en la 3ª Edición de Operación Triunfo, estaba más nervioso que el urólogo de Chuck Norris. 
Un súbito encogimiento de abdomen acompañado de gotas de sudor hicieron temblar mis piernas. El brusco movimiento estomacal me hizo extender los brazos contra las paredes para mantener el equilibrio. 
Palidecí. Esdrujulé palabras. Empecé a temer lo peor. Aterradores sonidos de tripas, dantescos chirridos de gases, exasperantes retortijones... Los intestinos enfurecidos alertaron de lo que a continuación iba a ocurrir. Percibí como algo caliente impregnaba mis calzoncillos.
¡ Jodidos nervios !
Encendí un cigarrillo, me bajé los pantalones y me puse en cuclillas al lado de la entrada del Plató nº 5. 
Relajé la postura, balanceándome de un lado a otro, apretando el punto caliente de mi vientre.  
-¡ Ya sale, ánimo !, ¡ Ya ve la luz !, ¡ Vamos campeón !- gritaban emocionados los empleados de mantenimiento  tratando de animarme.
Ploff. El fruto podrido de mis entrañas salpicó las baldosas del zaguán, en una bacanal de olor y color. 
Mis alaridos de éxtasis fueron ahogados por la sonora ovación de los que allí se congregaron.
Tras la evacuación, entré en el estudio con paso dispar, arrastrando mis gastados zapatos chinos a cada zancada, apuñalando mi triste cuerpo y mis articulaciones. 
Se hizo un silencio sepulcral al cruzar la puerta que precedió a un murmuro de perplejidad y desconcierto al ver mi rostro pútrido, adefésico. 
Una carcajada, rápidamente reprimida, se escapó de las fauces de una de las guionistas mientras dirigía una fugaz y divertida mirada de aprobación a un tertuliano, al tiempo que sentenciaba en voz baja: -” Es verdad, tiene cara de pez payaso”-.
En el fondo, borbotones de luz artificial y empleados comportándose como actores secundarios de un mugrienta telenovela de sobremesa. A la derecha el ayudante de realización utilizaba una bolsa de yeso en polvo a modo de masturbador antes de entrar en directo, mientras una grotesca camarógrafa ensayaba las ópticas del rodaje.
Primero me abordó una morena de belleza magrebí. Se detuvo a dos palmos de mi espantosa figura, me saludó con una mueca de pavor, abundante en dientes, y me acompañó apresuradamente a la sala de maquillaje.
Una decrépita cincuentona, entrada en carnes, que vestía con estampados idénticos a los de mis sucios calzoncillos y lucía con orgullo las bragas de enseñar, empezó a maquillarme. 
El rebozado que tuvo que trazar en mi aterrador rostro era digno del programa “ Mega-Estructuras”
Estaba angustiado. El programa ya estaba en marcha y tener que abrir la puerta del auditorio, de cara al público, me resultaba estremecedor. 
Mis hasta entonces adormecidas suprarrenales se pusieron en marcha y la adrenalina comenzó a fluir por mis entrañas.
Con risa sombría y brillante pavor reflejado en mi cara,  abrí la puerta del auditorio y sentí como la ducha de luces blancas, verdes y azules con la que me rociaron los focos me cegaba. Noté el sudor por mi nuca, por mis tupidas axilas, por mi deforme escroto. Me senté emitiendo un gutural sonido de anciano al lado del resto de invitados. 
Una música, una melodía incómoda, que casi incinera los altavoces, advertía que el reality show televisivo había comenzado. 
Aproveché el estruendo para echar la vista atrás, mirando lo que había a mi espalda y comprobé que había dejado entreabierta la puerta de la entrada, que bien podía ser de salida. Por un momento en que la cogorza y el pánico bailaban en mi cabeza, tuve la tentación de salir corriendo igual que una liebre. Pero ya era demasiado tarde. 
Había llegado la hora. Lo que toda la vida había estado esperando. Un programa para publicitar mi desbordante ingenio. Rumbo a la fama.
Una voz metálica a través del micrófono de la presentadora pronunció mi nombre.



miércoles, 16 de enero de 2013

MAÑANA DE CÓLERA


Miércoles, 6 de la mañana. Hace un frío de tres pares de cojones. Encogimiento escrotal. Incontinencia mucolítica. Pezones erectos, alegría desbordada. Retumba de nuevo el jodido despertador excesivamente pronto, recordándome que debo ir a trabajar. Gracias, cabrón, muchas gracias. Otro día  condenado a la esclavitud del cabrón de mi jefe. Después de emular el grito de tarzán con un bostezo monstruoso, zanganeo bajo las sábanas que algún día habían sido blancas, aprovechando hábilmente las últimas prorratas de sueño. Cuando llegue a 3 me levanto de la puta cama, lo juro: 1... 2.. 2⅞... 2⅝... 2⅔... 2¼... 2½... 2¾... 2÷√1245x⅜≤∆x∞/1²,,,.
Finalmente, no sin hercúleo esfuerzo, me levanto comprobando que colonizan mis ojos lagañas del tamaño de cortezas de cerdo. Deambulo medio dormido hasta el baño. Golpeo torpemente mi macrocéfalo contra las litografías que decoran siniestramente el pasadizo. Parezco un hediondo zombie de The Walking Dead. Meada interminable. Me ducho con el agua en estado de ebullición. Me aseo los pocos dientes que me quedan, a cámara lenta, preguntándome perplejo quién cojones se dedica a poner las rayas azules en la puta pasta dentífrica.  Me miro al espejo con cara de pocos amigos, asustándome por lo que veo. Posteriormente desayuno leyendo la etiqueta en portugués de la caja de cereales, me visto apresuradamente y salgo de casa a toda prisa.
Entro en el coche, dispuesto a penetrar en el bullicio de la jungla urbana. Puta madre, el atasco es monumental. Asfixiado por el sucio vaho de los tubos de escape, por el polvo de las obras colindantes y el enojoso ruido de las bocinas, enciendo la radio para sobrellevar el tedio y la desesperación de ese momento. Observo como el decrépito conductor de mi izquierda, seboso y alopécico, se hurga la nariz con regocijo. Su grotesco rostro se deforma de placer cuando consigue hallar alguna de las inmundicias afincadas en su mugrienta cavidad nasal. Tras examinarlas con deleite, las usa como tentempié. El parecido con mi jefe es asombroso. Me dan ganas de escupirle, de apedrear aquella cabeza despoblada, de meterle un huevo Kinder por el culo. 
El tráfico es denso y los vehículos, en fila, circulan lentamente. Cierro los ojos, y le veo, a mi jefe, riéndose de mi. Me fumo el octavo cigarrillo del día, tratando de sosegarme. Apenas hace una hora que me levanté. A este ritmo, por la noche enfermo de neumonía. Otro semáforo. Noveno cigarrillo. Durante unos interminables minutos soy espectador impaciente del cambio de secuencia lumínica del semáforo, sin avanzar un metro.
Ahora, los coches empiezan a circular con mayor fluidez. Miro el reloj. Llego cinco minutos tarde, justo el día en el que vienen los japoneses a firmar el proyecto en el que tanto había trabajado. Aparco delante del trabajo como quien entra en boxes. Entro en la oficina a toda prisa, asmático, haciéndome el distraído para no saludar al personal de recepción.
Ya en mi despacho, dejo mis cosas sobre la mesa y enciendo con desgana el ordenador. Con la intención de iniciar la jornada laboral echando un vistazo al  correo electrónico, recibo la llamada del  jefe, quien, atosigado y de mal humor, me comunica con cierta hostilidad que hay que repetir el jodido informe trimestral de ventas. Con aquella soberbia que le caracteriza,  demostrando una vez más quien tiene la autoridad, asegura que se trata de un asunto urgente, exigiéndome que posponga el resto de asuntos pendientes para tenerlo concluido cuanto antes. Una ruin forma de mantenerme ocupado mientras él firma el acuerdo mercantil con los nipones. ¡Bastardo hijo de puta!.

Nada más colgar el teléfono me invade una intensa sensación de ira. Y mientras percibo como ésta es cada vez mayor, pienso en pegarle hostias de dos en dos hasta que salga impar. Deseo apalearlo como a un perro rabioso. Quiero matarlo. Pero me falta testiculina. No puedo arriesgarme a una condena de cárcel. Mi culo, suave y terso, sería un blanco perfecto para holgazanes famélicos de sexo. Presentarle el puto informe de ventas en números romanos puede aliviarme sí, a corto plazo, pero después debería, por enésima vez, redactar el dossier de nuevo. Suscribir a mi jefe a alguna revista de paranoias psicóticas, puede cabrearlo, pero precisa de desembolso. 
No puedo más. Necesito putearle. De forma inmediata. Voy al aseo. Me estoy cagando. Me quedo abstraído mirando el rollo de papel higiénico. Mi ojos humedecen, noto como mi corazón galopa desbocado. Tengo la solución. ¡ Te vas a enterar cabrón!.






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