Suena el
apodíctico anuncio de Microlax. El taxímetro impetra con su bermejo contador doce
euros y medio. El taxista, sentado sobre una zafia poltrona de bolitas de
madera, sube el volumen de la radio cuando percibe que me agrada la cuña
publicitaria.
Acojonado, detiene su
vehículo en la entrada del poblado, un nidal sórdido e insalubre de un
centenar de barracas por las que se escurre un arroyo encenagado.
Abono la
carrera y me dirijo con paso firme hacia el domicilio de la reputada quiromante,
perita lectora de manos, afanoso por despejar las incógnitas que deparan mi
futuro.
Tomo un
callejón de taciturnos chamizos que exhiben sin pudor por las aberturas
agujereadas su corroído costillaje de madera y cartón.
Héticos
colchones, lavabos descascarillados y muebles mohosos languidecen contra las
sucias paredes de adobe.
De las
techumbres de paja parten bandadas de gorriones cual caterva de tunantes
perseguidos bajo la presta mirada de los híbridos caninos.
Las chabolas
rezuman el hálito enquistado de la crápula barata: hedor a orines, cerveza
rancia, carne putrefacta, fracaso y sífilis. De sus asolados portillos parece
evadirse la vacilante respiración del sueño constrictor tras una noche de
caricias felinas y antojos amorosos de borracho.
Limpiacristales,
cíngaras en bata y pijama, travestis, traficantes y despojos humanos de
una enjutez estupefaciente desfilan como comparsa carnavalesca.
Observo, con
fálica tiesura, el fulgor movedizo de unas blancas nalgas desgarrando la penumbra de los
rincones. Un huesudo y longevo rocín es brutalmente violado por un toxicómano mientras
un grupo de ambulantes fuman y palmean con destreza una rumba. Vendiendo aceite,
romero y ropaje, una grotesca gitana
despedaza nueces con el culo beneficiándose de su reseca expectoración.
Una
prostituta, loba avispada minada por la anemia, de decadentes senos cual
lonchas de lomo, increpa al heroinómano que rechaza su ofrecimiento.
El poblado
es la saturnal del vicio, el aquelarre de la libídine. Lo único virgen que
existe es el aceite de oliva.
Llego a la
consulta de la vidente, un barracón de dos plantas de fachada amarillenta.
Sorprendo a
un esmirriado roedor libando de la aguja de una jeringuilla abandonada,
sorbiendo con vehemencia la pequeña gota de sangre. Asciendo por una escalera
colonizada por hercúleos escarabajos de metálicos caparazones, esquivando un
mendigo que, con resaca etílica, implora a gritos la extrema unción.
La puerta, entreabierta,
carcomida y roída por las ratas, es cortada de un extremo a otro por la
grietas.
Dos
ventanillas fustigadas por la tramontana penden de una bisagra, dispuestas a
precipitarse apenas soplase brusco vendaval, decoran unas quebradizas paredes
arañadas por el moho.
Sentada tras
una silla sorprendo a una mujer de incipiente bozo envuelta en un chal rojo
escarlata hecho jirón y unos zarcillos de latón en unas hercúleas orejas.
Con frenesí,
se masturba con violácea berenjena.
Carraspeo
para hacer notar mi presencia y la gitana, circunspecta, me dedica una sonrisa
falsa, invitándome a tomar asiento.
Dejo,
refunfuñando, 50 € encima la vieja mesita mesita de madera.
Con los ojos
sellados, pitillo en la boca, toma mi diestra mano, y tras segundos de
cavilación, procede espasmódicamente a tocarse la frente, el pecho y los
hombros, santiguándose cual novel exorcista.
- No diviso futuro. No lo veo. Su pasado es muy
confuso, ambiguo…. Veo…Veo a una chimpancé amamantándole…¿ Es usted tal vez
hijo de un simio ?.- pregunta abriendo los ojos con fingido asombro.
Hija de
puta.
-Prosiga- susurro apartando de mi cara el
humo procedente de la bocanada de resina de hachís que la gitana acaba de
lanzarme.
-Ohhh- susurra siguiendo las líneas de mi
palma con su uña teñida de mugre. - Usted
sí va a tener suerte, ya lo creo. Pasión, idilio desenfrenado, lujuria
licenciosa. Conocerá un hombre ninfómano, orondo y velludo y dormirá con él
entre sábanas de seda-.
La fulmino
con mi mirada, teñida de cólera, reprimiendo un instintivo deseo por fracturarle
el cráneo.
La gitana
continúa hurgando mi palma derecha, sondeando las vultuosas callosidades
onanistas.
-Interesante- murmura escrutando la línea
de la salud.
–Percibo desgarros anales y
fisuras rectales. Mucha carne penetrando por su culo…¿ Es usted maricón ?.
Niego con la
cabeza en silencio. La decrépita cíngara empieza a exasperarme. Intuyo escarnio
en sus supuestas predicciones.
-¡Bendito sea Dios!- vocifera con esotérica dicción al examinar la
línea de la vida.
- Sí. Sí. ¡Por mis
antepasados faraones!- grita ungiéndome la alopecia con aceite. -¡Usted es el elegido¡.¡ El hijo omnímodo de Jehová!. ¡ Hágame digna de su edén!. ¡Tómeme!. ¡ Mancílleme!.
Cabreado ante tanta infamia, tomo un
bolígrafo y esbozo un dibujo en la palma de mi mano izquierda.
-¡A ver qué adivinas en mi mano izquierda, hija
de puta!-.










