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miércoles, 13 de marzo de 2013

EL PIE DE ATLETA

Una sed voraz me despierta a media noche. No me quiero levantar, pero mi boca está tan seca que la lengua parece haberse convertido en sucio esparto. El hercúleo esfuerzo invertido en rascar el herpes podal, ha consumido mis reservas de líquidos. Me pica mucho el dedo grueso del pie. Rasco, hurgo, escarbo de forma frenética, pero eso sólo agrava el picor,  un escozor tan rítmico como mi respiración. Con la impericia de movimientos del recién levantado, intento soplar estúpidamente sobre la ulceración carnosa de mi dedo. Mis amorcillados labios están secos y duros. Expectoro de nuevo, la picazón es vesicante, trato de deshacerme del  nudo que tengo en la garganta escupiendo y carraspeando. Mi escroto se ha encogido, más duro que el hormigón armado. ¡ Maldita infección micótica !
Con ojos vidriosos, inyectados en sangre, contemplo con desazón mi pie magullado, cómo supura la llaga del hallux. El nauseabundo hedor que destila la pústula se incrusta en mi nariz, y el inenarrable comezón que siento se manifiesta por la boca en forma de líquido abrasador.
Remojo mi pie en el agua del retrete, en una astuta operación para calmar el prurito, pero la materia fecal adosada a la sucia pared del urinario se incrusta en la llaga, infectándola, haciendo aumentar su temperatura.
Con lágrimas dentro de mis párpados, maldigo mi suerte. Blasfemo contra aquella decrépita masajista, que bajo el pretexto de que los pies son la proyección cartográfica de los órganos, alegando que una correcta estimulación del primer dedo del pie tendría un efecto benéfico sobre mi pene, masajeó sin piedad con ácido nítrico la base de mi mórbida pezuña. Hija de puta.
El ardor ahora es casi insoportable. Hablo en albanés, canto en arameo, insulto en hebreo, bautizo nuevos muebles del IKEA. Dialogo con suelo del aseo, colonizado por charcos de orina junto a pedazos aplastados de excrementos hacia los que las cucarachas se acercan para alimentarse. Pero las sucias y frías baldosas del excusado me ignoran, me desprecian, se burlan de mí. 
Una desagradable sensación de neblina inunda mis pupilas, haciendo entrecerrar levemente mis párpados. Levanto la vista,  junto al desodorante y el consolador rectal, diviso un frasco de analgésico tópico. Sin pensarlo, agarro el envase, lo agito como si de una grotesca maraca se tratara, y aplico el spray directamente  sobre el absceso.
Hago  una mueca de dolor y cierro los ojos, reprimiendo un grito ahogado por la angustia. Una sensación insufrible, como si me clavaran en el dedo  una aguja incandescente, recorre mi pie derecho. Parece que el tiempo se para. Casi arañándome me seco las lágrimas con las manos. Cada segundo se hace eterno. Puta madre. Soy un genio. El frasco es un jodido bote de Reflex.  
Congestionado por el dolor, con los ojos amenazando desprenderse de sus órbitas, y la lengua amoratada y pastosa colgando a modo de corbata, escruto mi pezuña, exploro detenidamente el pie de atleta. Observo aterrado como el herpes cobra vida propia, late, palpita. Advierto acojonado como mi pie no recibe irrigación, adoptando un sospechoso color negruzco. No hay duda. Tengo gangrena. 
Los calambres en mi brazo izquierdo aumentan exponencialmente, al tiempo que se me seca la boca y mi frente se  perla de sudor.
El picor me hace delirar. Desvarío, enloquezco. Comienzo a rapear a los geranios para que éstos crezcan más. Veo a un unicornio fornicando con un delfín. Frente a ellos, Nacho Vidal es operado de fimosis, mientras la Duquesa de Alba calcula logaritmos. Veo muertos rascándose los pies, cabras lamiéndose las pezuñas, velociraptors lengüeteando sus zarpas.
Grito como jamás he gritado nunca. Una idea da vueltas en mi enfermiza mente, circula fugaz e irreversible. Se llama suicidio. Siento que ya no quiero seguir, que quiero terminar con este infierno en el que vivo. Los dientes comienzan a castañetear, empiezo a tener miedo.
Con mi mano derecha siento mi corazón, tengo la sensación de percibir pausas en su latido, un escalofrío me hace temblar y me paraliza. No puedo más con este escozor. Necesito acabar con este suplicio. Barajo la idea de lanzarme desde una decimonovena planta pero considero que no voy suficientemente bien vestido y, desde luego, en el trayecto corro el riesgo de que se me desabroche la parte superior del chándal. El matarratas con sabor a anís, está descartado, sólo conseguiría una porfiada diarrea. Recuerdo entonces la escopeta que heredé de mi abuelo. Es el momento oportuno de hacer uso de aquella arma. La cargo con dos cartuchos de bala. La escopeta recompone mi ego. Elevo los ojos, relajo mis brazos. Reúno testiculina. Respiro profundo.
¡PAM!.  Un certero  proyectil  rompe el aire haciendo blanco en su objetivo. 




miércoles, 17 de octubre de 2012

EL ANILLO DE COMPROMISO

Mis manos estaban sudando profusamente, tal hiena estresada, mi colesterólico corazón corría más rápido que el más veloz jinete de carreras y, sin embargo, la palidez de mi rostro contrastaba con mis enfermizas pecas hepáticas y el color rubicundo de mi parvo pelo.
Allí estaba yo, delante del mostrador de una joyería, dispuesto a adquirir una alianza de compromiso para Jacinta, atrozmente despavorido por la reacción de mis suegros.
El joyero entreabrió los ojos, y al verme sonrió, tal chimpancé en una montaña rusa, de esa forma tan dulcemente diabólica de los que saben detectar a los primerizos en esto de la alianza marital. 
Sus sucias orejas eran descomunales, sus ojos saltones, carentes de iris y pupila, y un severo acné le conferían un aspecto aterrador, horripilante, espeluznante. Tenía una fábrica de nieve artificial en la cabeza de la que caían abundantes copos de caspa.
-"Buenos días,,, ¿Puedo ayudarle?"- susurró con voz gutural .
Al abrir la boca, le quedaron varios hilillos de infecciosa saliva entre el labio superior y el inferior. 
Reteniendo la respiración, sin siquiera poder pestañear, con la fuerza justa para no caer desmayado,  contesté:
-“Busco un anillo de compromiso”-.
Su pequeña caja torácica estaba unida a la cabeza con ausencia de cuello. La única diferencia entre él y un sapo era el color de la piel.
-“ ¿Alguna idea?.¿ Anillo de oro blanco, plata de ley,,,?"-.
El aliento de ese desgraciado era como el que vomita una fábrica de comida para perros. Jamás nadie se había atrevido a besar aquella mugrienta boca.
-“ Lo más barato que tenga.”- afirmé con rotundidad pedante.
El mercader de alhajas me ofreció examinar un anillo a la luz del candil con su lupa, y titubeando agregó:
-“ Este anillo es de hojalata reciclada, pero su parecido con el oro blanco es asombroso,,,Cuesta 15 € y,,,”-.
-" Me lo quedo.-" afirmé con rudeza impidiendo que prosiguiera con su explicación.
Salí de la joyería. Fuera, en la calle, ya había anochecido hacía un buen rato. El viento soplaba con una fuerza inusitada, como antesala de una tormenta que estaba a punto de llegar. Me pasé la mano por mi exiguo pelo y la lengua por mis labios. Me encendí un cigarro y levanté la cabeza con aires de ganador. Exhalé el humo con gusto y dejé que el pitillo colgara lacio de mis labios. Sin duda, había realizado una gran adquisición.
Llegué a casa y me acosté, quedándome dormido en un profundo sueño.
Un aterrador destello, me despertó. Me quedé mirando esa luz, fijamente, con huroneo turbador. Vi como el esplendor centelleante crecía poco a poco. Acojonado advertí como la luz comenzó a tomar forma. Era una criatura espantosa, salida del inframundo. Su piel era arrugada, flácida y de un tono grisáceo. Una figura desnutrida con pocos pelos de un color entre blanco y gris en la parte trasera de su cabeza. Inicialmente creí que era la Duquesa de Alba.
Observé perplejo como al caminar se ayudaba de las manos y los pies como si fuera un grotesco primate.
- “ Mi tesoro”- susurró con voz afrancesada.
-“¡Me cago en la puta!”- exclamé contrariado. Era el jodido Gollum que había venido a robarme el anillo.
Avancé sigiloso, flanqueado por el bate de béisbol que hábilmente había usurpado de un Decathlon, aguzando los sentidos, escudriñando entre las sombras cualquier indicio de aquella presencia enemiga.
-“ Es mío”- chilló con denuedo aquella alimaña, lo que me alertó de inmediato. Me abalancé sobre ella, derribándola.
Enfurecido, empecé a apalearle con el bate. Su tibia sangre salpicó mi piel. Ni siquiera gimió de dolor. Cabrón.
Lancé el cuerpo por la ventana, esperando oír el impacto contra el alquitrán, y me acosté de nuevo. Imaginarme la cara de Jacinta al entregarle el anillo me tranquilizó. Me volví a quedar dormido.
-" Esh míoooooo, cabróoooon!"- exclamó una dantesca voz que me despertó por segunda vez.
-" ¡La madre que me parió!- grité mientras encendía la luz. 
Ahí estaba de nuevo aquel gusarapo, en postura defecadora, retándome. Cogí de la mesita de noche un abrecartas, y salté felinamente contra aquella criatura. Me enzarcé en una batalla cuerpo a cuerpo
Un golpe seco en su tórax, perforó su esternón y su ponzoñosa sangre inundó su boca. Magullado pero consciente, me incorporé, comprobando como Gollum exhalaba el último aliento
Lo enterré en cemento en el pequeño desván de mi apartamento. Escupí con rabia su tumba.
Extenuado, caí rendido a la cama, entrando en un sueño profundo.
-" Mi tesoro, hijo puta!"- vociferó una vez más la voz.  Unos ojos negros como el tizón, que contrastaban con una tez lechosa, casi traslucida en un rostro burlesco, me observaban subidos encima de una silla. 
-" No puede ser,,,"- susurré con desespero. Aquello era una pesadilla. 
Se desplegaron mis dientes, palpitando fuera de mis encías, clamando venganza.
Reuniendo las pocas fuerzas que aún albergaba, cogí el cuchillo que utilizaba para afeitarme y me abalancé contra él. 
Invadido por la furia, le apuñalé con violencia, hasta arrancarle la vida. Me arañaba la cara y los brazos en un baldío intento de desasirse de mi ejecución. Un par de lágrimas se escurrieron por sus dantescas mejillas mientras un farisaico ruego se escapó entrecortado entre gemidos. Sus latidos menguaron, y en un par de minutos yacía muerto entre mis brazos. Lo troceé en pequeñas porciones, para asegurarme de su deceso y lo lancé en el retrete.
Había terminado la pesadilla. El anillo sano y salvo. 
El corazón me palpitaba y la cabeza me daba vueltas. Me tumbé en la cama y me masturbé para tranquilizarme. 
-"No! Otra vez no!!!!,,,"-


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miércoles, 26 de septiembre de 2012

EL JARDÍN BOTÁNICO

La lluvia amaraba con parsimonia, entreteniéndose, jugueteando. El tremebundo estruendo de un relámpago atravesó la llovizna con suave temblor. Un nervudo e incómodo viento galopaba entre los intrépidos e idiotas individuos que habíamos osado pagar el dinero que costaba la jodida entrada del Jardín Botánico, que albergaba especies de plantas y flores traídas de todos los confines del mundo, en una jornada en la que los meteorólogos habían pronosticado cuantiosas lluvias torrenciales. -“Proteja las plantas y los animales"- rezaba un cartel en la entrada del fastuoso vergel. Era un privilegio para nosotros tener un jardín de aquellas características en nuestra ciudad, dónde encontrar especies tan diversas y que, además, ponía en nuestras manos la maravillosa experiencia de aprender a diferenciar las distintas especies vegetales.
Paseábamos embelesados, radiantes, despreocupados, cogidos de la mano, puerilmente enamorados. Mientras la voz de Jacinta me susurraba paso a paso, los peculiares graznidos de los flamencos parecían guiarnos bajo el sonido de nuestras palabras. Complacido,  expresé la inmensa alegría de estar junto a ella con un atronador eructo. Jacinta me sonrió con una maligna risa que terminó en tuberculósica y repugnante expectoración. Era feliz. Me sentía ufano, azaroso, tremendamente afortunado. Al respirar el aire apacible y húmedo, miré al infinito donde me sorprendió el cielo cubierto por grisáceos nubarrones que me sosegaban como somníferos.
El granizo empezó a descender con violencia, apedreándonos implacablemente la cabeza, entre los hermosos frutales como manzanas, ciruelas, guindos y grosellas, además de rosales, narcisos y junquillos.  El rumor del viento sobre las desnudas ramas de los árboles se mezclaba con los berridos de dolor de los animales salvajes. Las brechas en nuestras cabezas sangraban profusamente, tal gorrino en el degolladero. Pero no nos importaba. Éramos estúpidamente felices. No sentíamos dolor. Caminábamos encariñados, ajenos al escozor de aquellas heridas, bajo un atroz vendaval de gigantescos pedriscos. 
Debido a su belleza y exclusividad, las orquídeas se cultivaban en umbráculos, donde recibían toda la atención  necesaria para su conservación y reproducción. Entré en el vivero, y tras orinar encima de un matorral de Manzanillas Reales en peligro de extinción, arranqué astutamente la mitad de ellas para entregárselas a Jacinta.
Sus cristalinos pero estrábicos ojos azules estaban distraídos observando el curioso apareamiento de unas moscas, mientras que con sus enjutas manos devoraba una bolsa de pipas como si no hubiera mañana. Estaba atrozmente empolvada. Necesitaría una pala para desmaquillarse. La miré lascivamente, haciéndole entrega del ramo de flores, en un encomiable gesto para subirle la autoestima. Utilizando todos sus músculos faciales, ella me devolvió el guiño. 
Reiniciamos el paseo, cantando una canción de Camilo Sesto. El miserable cielo continuaba lapidándonos con granizo del tamaño de sandías. Nos detuvimos de nuevo. Esta vez para contemplar una zona que ofrecía plantas ornamentales, medicinales, endémicas, aromáticas y de huerta alrededor de unos nopales silvestres. Tras ellas, puede divisar la grotesca cópula entre dos primates. Llevé la cámara a mis ojos, acercando y alejando la visión, buscando el ángulo perfecto. Al ampliar la imagen logré un plano perfecto del macaco hembra. Aquella siniestra cuadrúpeda gemía como una posesa. Podía escuchar su trabajosa respiración. Sus pupilas gris pálido se movían temerosamente de un lado a otro. Me froté los ojos con violencia, por la mayúscula incredulidad, y volví a observar al simio. El parecido del orangután con Jacinta era terriblemente asombroso.  
Proseguimos con el itinerario. Lagos con plantas acuáticas, como camalotes gigantes, recovecos armados como pérgolas y  unas inmensas Palmeras Imperiales de Centro América, Venezuela y Colombia, de unos 50 metros de alto que bordean el camino principal del parque dándole un marco imperial a ese hermoso lugar. En ellas, un bello ejemplar de Garza de Sol, piulaba con un sonido particularmente molesto. Cogí un pedrusco y lo apedreé con certera puntería. Jacinta me miró orgullosa, asintiendo con la cabeza, aguantándose la risa, en una indudable señal de aprobación.
Una inmensa y bellísima explanada de Bromelias, nos advertía que el itinerario estaba a punto de concluir. Me detuve a leer un rótulo que avisaba que aquellas inflorescencias de gran atractivo se encontraban en estado vulnerable, destacando la destrucción del hábitat como la gran amenaza para su supervivencia. 
Al girar la cabeza, observé perplejo como Jacinta había saltado la valla, y auxiliada con una pala, estaba escavando en aquella hermosa llanura, en busca de algún tesoro perdido.
Hay tantas palabras para definir ese lugar... Pero creo que lo mejor sería resumirlo en que es el sitio dónde la naturaleza, la belleza, la aventura y las leyendas se unen en aquel majestuoso jardín.




miércoles, 19 de septiembre de 2012

CAMBIO DE RUMBO

Me sentía  infausto, desdichado, deprimido. Había perdido ganas de disfrutar de la vida. Había llegado a pesquisar mis  obstáculos psicológicos, mis barreras emocionales, y las consideraciones prácticas que  coartaban mis esfuerzos para cambiar. 
Lo tenía decidido. 
Quería vivir el día de hoy como si fuera el primero, como si fuese el último, como si fuese el único. Anhelaba vivir el momento de ahora como si aún fuese temprano, como si nunca fuera tarde. Deseaba mantener el optimismo, conservar el equilibrio, fortalecer mi esperanza, recomponer mis energías, para prosperar en mi misión y vivir jubiloso todos los días. 
Quería obviar mi obsesión por el subconsciente, por lo impreciso, por lo pueril, por lo candoroso. Se acabó la intrépida lectura de libros para colorear. Se acabó perder el tiempo despertando animales por aburrimiento. Se acabó salir a la calle disfrazado de ensalada. Quería dejar de masturbarme viendo girar un jodido microondas. Estaba dispuesto a finalizar con el estúpido ejercicio de abrillantar el coche con el sebo de mi cabello, convencido de no volver más al McDonald’s a chupar el dedo ajeno. Concluir con la unción por ir por calle y lanzarme gilipollescamente de cabeza al suelo para sorprender a la multitud. Abandonar esa grotesca afición de juguetear y construir bellas e imaginativas esculturas con mis heces, fenecer con el adictivo apego por cantar rancheras frente a un ventilador.
Sí. Había decidido quebrar con el pensamiento independiente e incomprendido.
La minoría de uno se me había hecho cada vez más claustrofóbica e intransigente.
El capullismo, la demencia gilipollesca, es todo un mundo fascinante por descubrir, un dantesco universo que se retroalimenta consigo mismo, pero debía, tenía que madurar, romper con los postulados que vertebraban mi vida y escoger el camino correcto.
Así lo hice. Y creo que lo he conseguido. He hallado cobijo en el macramé.
La semana pasada, me matriculé en un curso on-line del fascinante mundo del arte de hacer nudos decorativos.
El sábado pasado, tras desayunar consiguiendo no eructar, inicié mi primera lección.
“Los materiales necesarios para hacer una obra de macramé son el hilo a tejer  y una superficie en la que sujetar la labor que estamos realizando”-, rezaba un video introductorio. -“Hoy aprenderemos a diseñar una pulsera macramé con cierre ajustable”- añadía una voz femenina con marcado acento campesino.
Una pueril emoción se apoderó de mi cuerpo embelesado por aquella desconocida actividad. 
–“ Cortar 8 hilos y colocarlos de tal manera que queden reflejados. Tomar el hilo del extremo izquierdo (en este caso el color rojo) y anudarlo al hilo verde haciendo doble nudo.”- continuó la siniestra voz. –“Ya habiendo hecho el nudo de la izquierda, tomamos el hilo rojo del extremo derecho y anudamos hacia el otro hilo verde”-. 
Mis ojos estaban clavados a la pantalla del pc, hechizados, cautivados, hipnotizados
-“ Una vez hechos los 2 nudos, tomamos nuevamente el hilo rojo de la izquierda y esta vez lo anudamos al hilo azul. Luego tomamos el hilo rojo de la derecha y lo anudamos al otro hilo azul, como muestra la imagen. Repetimos el mismo procedimiento de un lado y del otro ahora sobre el hilo violeta.”- 
Mis ojos se empaparon. No pude reprimir una lágrima de emoción. Pese a mi acusado daltonismo, aquella manualidad me resultaba fascinante, maravillosa, de una abrumadora belleza. Tuve una espontánea y brusca erección.
–“ Al final van a quedar los 2 hilos rojos de los extremos en el centro. Lo que hacemos es anudar uno con otro con el mismo nudo doble que veníamos haciendo.”. 
-"Qué injusto y despiadado es el mito de que el macramé es una actividad propia de jubiladas."- pensé mientras me secaba unas lágrimas puras, sinceras e inmaculadas. 
-“Pero ATENCIÓN!, es muy importante que el nudo que se hace entre los 2 hilos iguales, en el centro, sea siempre para la misma dirección. Si el primer nudo lo hizo el hilo izquierdo al derecho, entonces todos los que se encuentren en el centro serán así, de lo contrario va a quedar dehilado”-. Pese al susto inicial, aquella matización, me tranquilizó. 
-“ Ahora comenzamos de nuevo a hacer lo mismo que hicimos con los hilos rojos, pero con los verdes. Tomamos el hilo izquierdo verde y lo anudamos al hilo azul.”- .
Me restregué los ojos con fruición utilizando ambos puños, intentando despejar lo que me parecía una densa niebla que cegaba la visualización del ordenador.
-"Luego tomamos el hilo derecho verde, y lo anudamos al otro hilo azul. Anudamos ahora ambos hilos verdes a los hilos violetas, siempre haciendo un nudo doble.". 
Estaba más nervioso que Montserrat Caballé haciendo puenting. Sufrí contracciones ventriculares incontroladas, esperando azorado cuál sería el resultado de aquella obra de arte.
 -"Finalmente anudamos los hilos verdes a los rojos y luego anudamos un hilo verde al otro, como está explicado anteriormente. Y ya tenemos la pulsera"-.
-"Ooooooooohhhh"- grité impulsivamente. Se me erizó el pelo, el vello púbico. Aquella pulsera de macramé era una auténtica obra de arte. No pude reprimirme,,,

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jueves, 23 de agosto de 2012

LA AGENTE DE SEGUROS

Llovía a cántaros y los truenos parecían que iban a provocar un estallido masivo de las ventanas de mi edificio en una tarde parda y fría de invierno. Un cóndor andino colisionó brutalmente contra el ventanal, partiéndose el cuello. No pude reprimir una sonrisa siniestra. Todavía me duraba la jumera de la noche anterior. Después de tomarme un ibuprofeno caducado y beber el agua del wáter al vomitar, saqué del bolsillo de mi pantalón el teléfono móvil para marcar el número de una hermosa mujer que había conocido la noche anterior en una discoteca latina. Morena, piel canela, curvas sugerentes y esos labios que prometían lamer los rincones más íntimos  con frenesí, con pasión... !Qué ojos¡ ¡Qué pechos !. Me había gastado más de 100 € en invitarla a copas y a bares. Mi indecoroso rostro se contrajo en una mueca indescriptible al colgar el celular. Era el teléfono de un jodido camionero de Huelva. Había sido engañado por enésima vez. Me sentí heraldo de los infortunios; portavoz de malas nuevas; decrépito adalid y abanderado de la desdicha.
La correspondencia se acumulaba en mi vieja mesa de roble; cartas, facturas sin pagar, publicidad y alguna suscripción caducada de revistas de zoofilia. Me llamó la atención una de las cartas que yacía inverosímil entre el caótico montón de papeles. Un cenicero lleno de colillas ambientaba la atmósfera. Destapé torpemente una lata de comida para gatos y la deglutí como si no hubiera mañana, mirando a un punto fijo del infinito. Abrí con mis temblorosas manos la carta: una multa por ir a velocidad anormalmente reducida por la acera. 150 € y tres puntos menos. Un sentimiento de cabreo se apoderó de mí. Caí de rodillas por la avalancha de sentimientos: ira, furia, rabia, confusión. Canté en hebreo, escupí hacia arriba, me abofeteé las mejillas con una espátula. Si hubiera tenido delante al agente que me sancionó,  lo hubiera lapidado.
Me administré media docena de enemas rectales tratando de tranquilizarme. Encendí mi viejo televisor para ver Bricomanía cuando el timbre de mi apartamento sonó.
Pensé que sería el correo comercial. Y desde el interfono escuché una voz sensual y desconocida que susurró -"Soy yo"-,  aquel método infalible para abrir toda puerta. No me sonaba la voz pero la abrí y esperé en mi portal quién fuera subiera por el ascensor. Atónito me fijé en la figura que había ascendido las escaleras. Allí andaba ella con su belleza y su esbeltez, elegante, refinada, impoluta, con ojos grandes y hermosos, tez morena, y pelo negro bellísimo.
-“Buenos días, Soy Lucinda Estéves, agente de Seguros “ La Morenita”.”-.
Me puse nervioso y me entraron mis estimados sudores. Antes de que la taquicardia que sufría, pasara a infarto, decidí invitarla a pasar a mi apartamento. Tomó asiento en el sofá salpicado de esperma, sofrito y aceite.
Tenía las piernas largas y muy bien formadas, y caminaba con gran soltura. De nalgas angelicales, Lucinda tenía una cintura muy pronunciada y aunque no fuera su mejor  atributo, sus pechos se notaban firmes y de buen tamaño. Era la mujer que cualquier varón quisiera poder coger tantas veces como fuera posible. El sólo verla despertó en mí los instintos más primarios. Tras una exquisita presentación de su compañía me preguntó si tenía contratado un seguro de vida. Sin duda era una mujer de éxito, con un profundo conocimiento de su producto y un afán incansable por aprender siempre más, lo que probablemente la había llevado a tomar varios cursos técnicos relacionados con su profesión y su rubro. Me sentía incapaz de dejar de contemplar aquella figura, como hipnotizado. Los ojos de Lucinda  me miraban fijamente, como queriéndome decir algo, casi suplicantes. Me levanté y fui  rodeando lentamente su inhiesta figura, escudriñándola en  todos sus detalles. Los ojos de  aquella agente de seguros me seguían, clavados como alfileres mientras me exponía una amplia gama de seguros de su compañía. La imagen parecía rodeada de un halo luminoso que se confundía tenuemente con el aparato eléctrico que caía en el exterior. Fue sólo un instante, pero un instante mágico que pareció durar minutos, en los que me sentí objeto de su atracción. Sin darme cuenta estaba firmando una póliza de seguro contra mordeduras de cocodrilos, compulsando un póliza que cubría  el vello de mi pecho, timbrando un seguro a todo riesgo para una moto que no tenía, una póliza que cubría mi escroto, un seguro profesional de ayudante de lanzador de cuchillos contra posibles daños, y una póliza que protegía mi sentido del gusto por cinco millones de €.




viernes, 16 de diciembre de 2011

LA AGENTE INMOBILIARIA

Amanecí como hombre solitario con mi almohada aún caliente de babas. Nadie sabe a ciencia cierta qué fue primero, si causa o consecuencia, si la soledad o la maldad. La cuestión es que cosechaba enemistades minuto a minuto. Y lo hacía porqué me apetecía. Buscaba la animadversión ajena sólo por autocomplacencia y eso me sumía en un aislamiento social perenne.
Entré en el baño. A  mis  pies descansaba la  escobilla del wáter. El  artefacto, repugnantemente untado con el producto que había barrido, tenía una dudosa tonalidad cobriza. Contemplé el utensilio  durante  unos  instantes. Mi mirada, bizca y estrábica, era impúdica,  obscena,  depravada. Dudé. Finalmente  me  agaché, extendí mi dedo índice y…
El aseo  tenía una ducha con cortinas sucias y  viejas, pero cumplían su misión. Entré en la bañera y empecé a enjabonarme concienzudamente.  Frotaba  con  intensidad y atroz  violencia  mi indecente y seboso cuerpo. Con  la ayuda de un estropajo de cocina conseguí extirpar las costras que se me habían formado en la piel y que se deprendían a modo de caspa. Descubrí, desconcertado y perplejo, que  el verdadero color de mi pelo era rubio. En un acto reflejo e impulsivo, empecé  a  estimularme  la  hedionda bestia que  tenía en el pubis. Primero tímidamente. Posteriormente con ensañamiento y rudeza. Cerré los ojos. No por la excitación sino  por la cantidad de lagañas que poblaban mis nublados ojos. El  agua de  la  ducha acariciaba mi pecho, el vientre, mi espalda velluda, mi devastadora calvicie. Tomé un consolador de goma que había adquirido en  un  bazar chino y lo introduje en mi cavidad rectal, con movimientos circulares, perpendiculares, horizontales,  verticales,  elípticos, parabólicos, curvilíneos, cinemáticos. Jadeaba como un jabalí excitado. Gemía como una perra en parto.
Me sobraba demasiado mes al final del sueldo, así que había decidido buscar un piso de alquiler más económico. Tenía una cita con una agente inmobiliaria que disponía de un pequeño apartamento que reunía las características de lo que estaba buscando. Me vestí apresuradamente. Bajé  en  el Distrito  Oeste. Había empezado a llover. Los cubos de basura y los periódicos mojados en el suelo poblaban aquel suburbio pedigüeño y marginal. El olor a orines y aguas  putrefactas  eran tan concentrado que a punto estuve de arrojar por  vía  aérea lo que con tanto gusto me había metido en la panza. Las meretrices de baja estofa se asomaban al zaguán  de las ventanas sin disimulo y algún trasnochador embozado hasta las orejas se deslizaba con sigilo  por  las esquinas. Borrachos y mendigos  aflojaban  sin pudor sus vejigas  ante  la displicente mirada de los toxicómanos que buscaban mierda para inyectarse. De pronto se oyó un grito. No parecía venir de lejos. Corrí. Galopé lo más rápido que  pude hacia el callejón de donde procedían los chillidos,  tropezándome  con un pedrusco oculto a mis ojos, cayéndome y manchándome la cara  de barro. Me erguí, no muy ágilmente, y volví a escuchar otro grito:- “ 
Socorro!!!,Ayúdenme!!! “-. 
Un mendigo de aspecto siniestro y desaliñado, con los pantalones  bajados a la altura de las rodillas lloraba desconsoladamente. Aún sin aliento por la carrera, me acerqué al vagabundo.
-“¿Qué te  ha pasado?”- pregunté con voz entrecortada. 
-“ Estaba meando y una abeja me ha picado en el pene! Joder como duele! “ - respondió aquel bohemio  ambulante. 
Tenía la cara tiznada de aceite y grasa oscura, y la ropa sucia y transpirada. Su  aliento apestaba a dientes podridos macerados en ginebra barata.
- “ Llamaré a una ambulancia”- repliqué nerviosamente  mientras sacaba el  teléfono  móvil  del bolsillo de mis sucios pantalones.
-“ No!! No  hay tiempo para llamar a la ambulancia. Soy alérgico a las picaduras de las abejas.“ - contestó despavorecido el vagabundo. -“ Voy a sufrir un choque anafiláctico!! . Joder me voy a morir!!.” -. 
-“ ¿Y qué quieres que haga?”- consulté aterrado. 
-“ Tendrás que succionarme el veneno para  que  no  me infecte la sangre. Rápido!!. No hay tiempo que perder!!La voy a palmar!!.”- sentenció el mísero holgazán . 
Sin dudar un instante, altruistamente, me rebajé arrodillándome a la altura de  sus  caderas dispuesto a salvar la  vida de aquel miserable mendigo. Toda su  bragueta despedía un intenso hedor a  esmegma, orín y amoníaco. Bajé la cremallera y abrí la  boca  dudando, titubeando, vacilando. Un sexto sentido me decía que  algo no andaba bien. 
-“A qué esperas!!Me muero!!”- chilló aquel pordiosero maloliente. 
Tomé su falo y me  lo metí en la boca. Si el olor era repugnante el sabor era  todavía  peor. Aquel  trozo  de carne en barra,  circuncidado, hediondo y roñoso, sabía a puerto, a metales pesados, a  anciano, a hepatitis. El mendigo me puso las manos en su  cabeza  para  facilitar el movimiento mientras soltaba algún que otro suspiro.
- “ Así, así, succiona el veneno!!” - susurraba agitado el mendigo.  Mientras respiraba el aire  viciado  del sexo de aquel desgraciado, sentí ganas de regurgitar. Divagaba sin que ello estorbara la cadencia de mis babas y lametazos.  Había  sido  engañado enésima vez.
Humillado por el engaño, llegué al piso que quería escrutar. Tras llamar al timbre, apareció una joven preciosa de altura mediana pelo rubio, húmedo, liso. Vestía minifalda tejana ajustada y camisa transparente que dejaba al descubierto sus hermosísimos pechos. Sus ojos eran negros azabache y desprendía un olor embriagador de perfume francés chanel. Me sonrió dejando ver sus dientes blancos como perlas. Me enseño el apartamento. 20 m2, sin ventanas y el aseo era comunitario. Justo lo que precisaba. Noté cómo ella reflexionaba mientras me miraba de arriba abajo, como si pensara  quizá “este me pueda hacer un buen apaño”. Tengo que reconocer que en ese momento sentí pánico: mi relación con Jacinta iba mejor que nunca, y aquello quizá pudiera derivar en algo más. Era muy obvio que había mucha química y atracción entre nosotros dos. Efectivamente, al momento, nos estábamos besando apasionadamente. Nuestras lenguas se entrelazaban y mis manos empezaron a acariciar sus senos perfectos, rígidos, magreando sus muslos, sus nalgas, sus infinitas piernas. De pronto noté un porrazo en mi zona genital. Me quedé sin respirar, consternado, abrumado, desconcertado. Me aparté bruscamente y descubrí que la bella agente inmobiliaria era portadora de un poderoso pene. Sin mediar palabra, huí del apartamento como si no hubiera mañana. Había sido humillado de nuevo.




martes, 22 de noviembre de 2011

LA FRUTERA DEL BARRIO

Había soñado con sustituir mi fláccido y diminuto  pene por un majestuoso falo hidráulico de oro macizo, incrustado de pedrería barroca. Me desperté compungido, consciente que sólo había sido un dulce y utópico sueño. El pabilo encendido bailoteaba en los restos de sebo líquido. La vela se había agotado en el candelero. Su llama agonizante, apenas proyectaba un fantasmal hilillo de luz que caía sobre mí. Me dolía el cuello otra vez. Mierda de cuerpo, todo el rato igual, cuando no era el cuello era la muñeca, el escroto, o la espalda entera. Miserable organismo defectuoso. Me sentía un cautivo, al cabo del día, cada vez que iba al baño, cada vez que debía comer o irme a dormir. Quería aliviar mi soledad con un melón calentado al microondas, pero al abrir la nevera sólo encontré ese medio limón reseco que la custodiaba.
Una frutera repugnante de generosas carnes, vive en mi barrio, propietaria de una pequeña botica de fruta en que ofrece a la clientela una jugosa y vitamínica oferta. Pese a que se llama Mercedes, la apodan foca por dos razones, por gorda sebosa y por el bigote; barba de tres días, un bozo a lo Pantoja y michelines de dos décadas. Es una fanática del chocolate y del pan con cualquier cosa. El hedor que emanaba la verdulera era insoportable, como un sabor que recuerda el vinagre. De su boca asomaban repugnantes gusanos retorciéndose entres fluidos viscosos. Bebía gaseosas azucaradas si no encontraba Coca-Cola; -“el agua no me gusta" - decía convencida. Pese a regentar un comercio de verduras, odiaba las frutas y vegetales y mataba por el pollo del McDonald's. Buscaba pretextos absurdos para no alimentarse bien. Su decrépito rostro colonizado de lunares  como las pipas de la sandía, era aterrador y espeluznante. Pero tenía su punto: era todo un carácter. Me recordaba mucho a un sargento que tuve cuando hice la mili en Melilla. Cada vez que nos cruzabamos, ella me  sonreía. Una sonrisa que aceleraba mis ansias de vómito y me ponía del todo nervioso. No podía soportar aquella mirada, ojos verdes e ictericiosos que me escrutaban a través de los cristales de sus grotescas gafas de concha. Ella me deseaba ardientemente. Una vez intenté aguantarle la mirada, me presté al juego, quise vencer en aquel torneo vidrioso. Sacó su sucia lengua, tal bistec a medio rebozar, y chupeteó un helado imaginario. Me fulminó. Me quemó. Perdí y me derrumbé derrotado. Desde entonces intenté esquivarla. Solo la miraba un instante, corto, fugaz, pero suficiente para preguntarme como la caprichosa naturaleza podía haber concebido una alimaña como aquella. Ella, sudorosa, con gran dificultad de movimiento, con el colesterol a punto de dejarla fulminada, sacaba sus bolsas cada noche llenas de fruta manoseada y la lanzaba atrozmente al contenedor descargando toda su ira.   
Decidí salir de mi guarida, debía abastecer de frutas mi lúgubre despensa. Me puse el abrigo encima del pijama para salir a la calle. Hacía un día espléndido. Un sábado maravilloso. La radiante luz de un sol de otoño ambientaba la ciudad; las dos laderas del rió estaban rebosantes de bares y terrazas, todo el mundo estaba en la calle disfrutando de la jornada; Señoras que habían sacado una silla a la calle y habían montado su propio Sálvame Deluxe; un cabrón iba regalando pelucas a los calvos, mientras un decrépito demente  señalaba  a alguien aleatorio y gritaba:-¡ES EL ELEGIDO.!!-.
Llegué a la frutería que estaba  en pleno jolgorio. Me extrañó la abundancia de personajes grotescos en aquel comercio. Un jubilado pidiendo dos sandías y tres avances. Señoras que toqueteban la fruta y no se ponían guantes. Pijas idiotas que se divertían poniéndose  las pegatinas de las verduras en la frente.
Y allí estaba la frutera. Peinaba media melena con tonos canosos, labios agrietados y gastados rematando una boca rodeada de vello y ojos saltones robados a un olivo andaluz. Que fea era la cabrona. Custodiaba el género exclusivo, champiñones, setas, condimentos y las peras. Comía perejil como si no hubiera mañana.
Pasé por las secciones de tubérculos, legumbres y hortalizas hasta que llegue al escaparate de los melones. Tomé uno , elegí media docena de plátanos y me acerqué a la caja. Miré las piernas peludas, robustas y enraizadas en zuecos de aquella criatura, ascendí hasta contemplar aquella cara de sapo, redonda, con bigote negro y ojos saltones. Medio hablé medio tartamudeé a la vez que escapaba de la mirada imprudente de frutera. Ella me miró. Me había reconocido. Parecía que se guiaba más por el tacto que por la vista. Cada fruta era acariciada con el exterior de los dedos, igual que se comprueba la temperatura en una persona. Sacudió la bolsa de papel y metió el melón en la bolsa. Después cogió uno de los plátanos y empezó a lamerlo con devoción, con fervor, sin piedad. Me escrutaba con una mirada cómplice. 
-"A mí me gustan los hombres" -le dije, mientras ella abría los ojos asombrada y esperaba con más miedo que impaciencia a que acabase mi desatinada frase. Y yo, encaminado en la vorágine de la estupidez extendía los brazos e inflaba los cachetes y concluía- “... no me gustan las mujeres"-. No recuerdo el contexto en que se lo dije. Lo que sí recuerdo es que huí a todo velocidad de la jodida frutería.




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