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miércoles, 22 de enero de 2014

LA REBELIÓN DE LOS CARNICEROS

Año 2.575.
Con  la mirada perdida hacia la ambarina laguna, que esta mañana centellea con una espectral luminiscencia expedida por un sol perversamente garfioso, reposo tras toda la noche de ímproba huída a través del desangelado páramo de nogales convertidos en leña.
Quietud. Calma. No percibo señal alguna de persecución, ningún zarandeo de pisadas, ninguna voz. Tras tres días desde el hurto de la tajada de carne, he logrado despistarlos.
Con trémulo pulso, vigilando el macuto dónde escondo la carnadura sustraída, empuño mi punzante daga y con precisión parkinsoniana la inyecto en mi velludo ano. Con radiales y desgarradores movimientos consigo extraer el chip de localización que aquellos cabrones me engarzaron por vía rectal.
El inhóspito paisaje,  henchido de solfataras y pozas de lodos hirvientes, cuyas protuberancias bulbosas, lóbregas al pie, se aureolan en cumbres nevadas con un vago fulgor de penumbra, alcanza un grado tan aterrador como bucólico.
Jodida máquina del tiempo.
La humanidad ha degenerado en el caos, a pesar del pétreo progreso tecnológico. La estructura de la sociedad es semejante al feudalismo. Excluyendo a patricios, milicianos y presbíteros, la penuria es extrema. Es el cesarismo de los carniceros, la dictadura de los charcuteros, la tropelía de los matarifes, desolladores que han tomado el control absoluto en una vesania de horror.
Una sañuda pandemia de gonorrea prácticamente ha aniquilado la humanidad. Los supervivientes somos perseguidos despiadadamente por los profesionales en la cisura de carne.
Sólo subsistimos unos pocos, los elegidos tal vez. Subsistimos usurpando de los desolladeros solomillos y filetes, los bienes más preciados, escasos y cotizados, empleados como unidades monetarias.
Las mujeres son velludas, vigorosas y tienen nuez. Los machos menstruamos. No existe contacto coital entre varones y hembras. Sólo feroz contienda por apoderarse de una triza de carne.
Estoy  exánime, pero debo proseguir.
Reemprendo la marcha con el birrete de esparto enfundado en la sien, el zurrón centinela del entrecot  y los tropiezos de la premura rasguñándome las rodillas.
El galope de unos unicornios indómitos colma de polvo el aire con estrépito semejante al que hace una botella cuando se descorcha.
Camino dirección a la colina que custodia el océano, mi única vía de escape, mi última opción para sobrevivir.
Impulsado por un miedo cegado, irracional, que me obliga a vigilar por encima del hombro cada pocos pasos, confío en llegar al mar antes del crepúsculo.
Las nubes que comenzaron a estilizarse ofreciendo perfiles fálicos, vuelven a aborregarse.
Nadie me sigue en apariencia, sin embargo, de una manera instintiva, más allá de cualquier raciocinio, percibo la presencia de mi perseguidor, husmeando mi rastro, acosándome sin tregua, codicioso por recuperar la carne usurpada, ávido por descuartizarme.
Piso por fin piso senda trazada por la mano del hombre. El hedor aquí es nauseabundo. Las moscas acuden en turba devorando los trozos de carne desgarrada de los cadáveres colgados en los árboles. Las macabras cabezas de los desahuciados que se arquean implorantes hacia el cielo, son engullidas por bermejos parásitos famélicos de carroña.
El suelo está teñido de rojo y las ciénagas de sangre se convierten en arroyos que, movidos por el declive de la pendiente, manan hacia la laguna.
Los carniceros lo arrasaron todo a su paso y ningún humano pudo escapar de sus diabólicas garras.
Me detengo a orinar, dejando mi diminuto pene al aire libre.
Craso error, descuido de principiante. El hedor a churrasco de mi falo alerta a los carniceros de mi presencia.
La tierra se resquebraja, detonando en medio de la combustión del purgatorio, liberando gases herrumbres. Los chuchillos chirrían como un fúnebre coro de voces guturales devorador de cuantos seres encuentra a su paso.
Cientos de grotescos charcuteros emergen del atezado y tenebroso lodo terrestre, y ascienden como leviatanes alados rodeados por una tétrica nube crepuscular. Los cuerpos talludos y desproporcionados de los matarifes, recortan el cielo con siniestra amenaza, arremolinándose en una horda sedienta de sangre, rodeándome como a una presa cercada.
Un fibroso carnicero avanza hacia mí, agitando su cuchillo en un siniestro frenesí.
Advierto en sus ojos el odio, la rabia, la venganza. Anhela rescatar la rebanada de ternera.
Empuña el machete con perversa sonrisa. Con paso firme se dirige hacia mí.
Es la lóbrega imagen del juicio final. Qué discutible honor el mío. Asistir al colofón de la humanidad.
Tomo el trozo de carne para morir como un héroe, adalid de la causa…
-¡ Libertad !-.




miércoles, 4 de diciembre de 2013

EL TÚNEL DEL TERROR


El irritante aleteo de unos hercúleos murciélagos me despierta en medio de la lobreguez.
El sudor gotea por mi exiguo entramado de cabellos que conforma ese creativo peinado que utilizamos quiénes adolecemos de cuero cabelludo.
Me incorporo sobre los codos, febril, azorado, escrutando mi alrededor sin llegar a reconocer el inhóspito lugar dónde acabo de recuperar el dominio de mi burda conciencia.
La oscuridad reinante, saturada de niebla, resulta casi palpable, como si tuviera un fino vendaje atezado sobre mis ojos.
Hiperventilo emitiendo psicofonías en suajili.
Disnea, náuseas, incontinencia fecal.
La humedad es sofocante. Un calor calígine desciende por la espalda, rocía mis muslos, empapando mis glándulas testiculares, el velludo surco de mis nalgas.
Ya erguido, oigo caer una gota en un efervescente charco invisible.
Mis sentidos se agudizan cual hurón acechado por su depredador.
Con presteza, me lanzo al suelo y serpenteo mi orondo cuerpo hacia la pared, hurtándolo a las miradas que puedan provenir de lo más recóndito de la oscuridad.
El paredón es áspero, mucilaginoso, cuajado de frondosas protuberancias abruptas.
¿ Dónde coño estoy ?- susurro acojonado.
El eco de mis palabras, distante y amortiguado, resuena en la oquedad insondable de lo que parece ser una inextricable espelunca en forma de lúgubre cueva.
La madriguera cavernosa destila una horrísona podredumbre de metales pesados, dársena y tuberculosis. El pútrido hedor penetra hasta el último rincón de mi cerebro.
Me acuerdo del mechero custodiado por el bolsillo de mis pantalones.
Atizo al encendedor y lo mantengo en alto arrojando una luz nerviosa que ilumina la vasta caverna.
De las paredes, revestidas por una bermeja túnica mucosa, afloran innumerables abscesos viscosos que parecen palpitar con vida propia. Expelen flujos epidémicos.
El suelo es como una mullida alfombra ambarina que exhala infectos vapores.
Permanezco impertérrito ante las inmundicias que se alzan ante mí.
El mortuorio mutismo de la de la cueva es solo roto por la sonora percusión de los aullidos de los murciélagos. Observo perplejo cómo los quirópteros, fruto de la evolución,  lucen pequeñas máscaras en sus hocicos para protegerse de los corrosivos gases.
Con andar errático, camino despacio, paso a paso, cabeza hacia atrás y los brazos gilipollescamente extendidos. Pasos giróvagos por espumosas marismas y arenales gelatinosos.
Mi instinto de supervivencia mitiga el dolor abrasador del dedo pulgar que mantiene encendido el mechero.
Dirija dónde dirija mi briosa vista, no logro encontrar ningún objeto que me sirva de referencia para alcanzar el camino de salida.
Emulando la perspicaz estrategia de aquella legendaria fábula, eyaculo cada veinte metros como sagaz huella para hallar el camino de vuelta.
Avanzo unos metros más.
Mi encendedor comienza a expirar.  Pronto estaré perdido, a merced de la negrura total de las entrañas de la tierra.
Bajo la luz evanescente, lanzo un exasperado grito de socorro.
Segundos después, el silencio ultraterrenal de la gruta es interrumpido por insidiosos y siniestros sonidos que erizan mi vello púbico.
Una musculosa y espigada alimaña de un único ojo, como surgida de otra dimensión, penetra la cueva abarcando la mayor parte del espacio. Acompañada por un fétido hedor salífero, acomete contra todo lo que encuentra a su paso, esputando un pestífero líquido glutinoso.
Se desvanecen en la oscuridad las últimas chispas espasmódicas de mi mechero.
El gigantesco helminto extiende y contrae su níscalo macrocéfalo derribándome contra la pared.
Aturdido, me aferro a la vida con determinación ciega, implorando al ser supremo.
La forma lustrosa acomete de nuevo. Esta vez, con un golpe seco, atiza mis piernas, dejándome moribundo.
Tumbado en el suelo, cuasi mortecino, diviso en el fondo de la sima un débil resplandor.
Debe ser la carrera más rápida de mi vida. Alcanzar la abertura. Huir de este infierno.
Sabiéndome atrapado, consigo ponerme en pie, y evitando el tercer impacto, arranco vertiginosamente a correr.
Corro, corro y corro.
Veo como en el horizonte se va dibujando la escabrosa orografía de un monte circundado por onduladas laderas de densa y sucia vegetación. 
Estoy cerca. Lo voy a conseguir…



miércoles, 30 de octubre de 2013

EL MILAGRO DE SAN SANDALIO

El altar mayor centellea tal alienígena nave en ascensión, y un ígneo y trémulo rocío parpadea en las ménsulas y las esculturas recubiertas de pan de oro. Las escenas del Vía Crucis, con sus pomposos epitafios en latín, poemas románticos de cristal, acojonan al más aguerrido.
Un monaguillo organista, de precoz alopecia, se acomoda frente al clavicímbalo y con maestría suma preludia una melodía gregoriana. Le acompaña un afrancesado orfeón. Los versículos de aquel espeluznante cántico, resuenan impotentes en las bóvedas de la ermita.
El decrépito misacantano atraviesa con paso cachazudo el tenebroso laberinto de sombrías crujías y se encamina a la sacristía. Los primeros devotos empiezan a llegar urgidos por el ahínco matutino de los discípulos de quién obra milagros.
He decidido acudir a tan bella basílica, adonde no arriba el ruido de los negocios humanos, ni el vocerío de la gente de la vecina ciudad,  dispuesto a desenmascarar a este farsante travestido de sacerdote.
Cuentan en la aldea, que por orden divina y en la misa de San Sandalio, el párroco sana a cuantos enfermos asisten a su eucaristía.
Sentado en una silla de ruedas, simulando con perita habilidad un trastorno mental, aplaudo sin motivo y con furor, desconcertando a congregantes y sacristanes.
El sacerdote se solaza todavía unos instantes en la vicaría; asoma su macrocefálica cabeza, tal hurón fisgón antes de abandonar su guarida.
Otea el calendario colgado en la mármorea pared, justo al lado de una imagen de una Virgen María risueña y carente de dos piezas dentales.
Se transfigura en célico querubín, acomodándose una albina sotana, afianza la estola sobre sus curvados hombros e ingresa con rostro ultraterrenal en la capilla.
Meditativo,  eructa  con gallardía mientras se dirige hacia el altar. Llega a su altura, y realiza una leve pero angustiosa genuflexión.
Se ubica frente a los feligreses, escrutando con fingido apego los parroquianos que aguardan con impaciencia el inicio de la eucaristía.
Procede a unos prolongados minutos de taciturna meditación.
- ¡ Viva el vino ¡ - grito en un avezado intento de llamar su atención.
Una de las octogenarias despierta de su modorra de forma repentina, mientras abre los ojos con turbación.
Decenas de vejestorios, prosélitos del licor e inmutables rencos, que parecen rumiar sus oraciones en silencio, componen la caudalosa parroquia.
El clérigo  carraspea, esputando las flemas asidas en la garganta, y sus gruñidos mutilan el silencio del templo a través de la megafonía.
- En el nombre del Padre, del Hijo y del Espíritu Santo; el Evangelio según San Mateo. Al bajar del monte, le siguió una gran muchedumbre, y, acercándosele un leproso, se postró ante Él, diciendo: Señor, si quieres, puedes limpiarme. Él, extendiendo la mano, le tocó y dijo: Quiero, sé limpio. Y al instante quedó limpio de su lepra. Jesús le advirtió: Mira, no lo digas a nadie, sino ve a mostrarte al sacerdote y ofrece la ofrenda que Moisés mandó, para que les sirva de testimonio - desgrana el sacerdote con avidez.
– Hermanos, hoy en réquiem de San Sandalio, vigésimo octavo apóstol del Pentecostés, voy a curar a un feligrés –.
Los ojos de los congregantes parecen tomar fogoso interés, mientras sus dedos emergen entre el gentío, esperando, exigiendo ser los elegidos.
Llega el momento de hacerme acreedor del empíreo milagro.
Agarro el balón de playa que descansa junto a las ruedas de mi silla y lo lanzo entre la multitud, fingiendo incontinencia salival, emitiendo guturales y mentecatos gruñidos.
El capellán calla y dirige su altanera mirada hacia mis ojos. Ve en ellos, las necesidades no satisfechas, la enfermedad, el miedo, el horror.
- Domine exercituum, dedisti mihi celestibus, adiuva me, ut curem hac infelici- musita con satánica voz.
Advierto como las llamas de los pajizos cirios avivan espoleadas por una brisa etérea, divina, sobrehumana.
Mi corazón late fuerte, impávido. Un silencio matizado por el aleteo de las moscas cándidas cubre la nave de la iglesia como celaje frío que en el amanecer desnuda pasiones furtivas.
Me estoy acojonando. Aquel miserable mosén parece tener ímprobos poderes. 
Percibo unos espasmódicos y convulsivos movimientos en mi entrepierna.
- Curem hac infelici! - repite con acerada y honda dicción.
Advierto como mi bragueta es resquebrajada por la vigorosa fuerza del ser alojado en mi pubis.
Es mi pene que, como rorro de alimaña indómita, cobra vida propia, dispuesto a, con paso pausado pero firme, emanciparse.
- Camina pequeño, camina…- musita el pastor entre los vítores de los devotos.






miércoles, 9 de octubre de 2013

CARICIAS ASIÁTICAS

Espumeantes y salobres cúmulos halados por el mar, hermoso como pétalo de centaura, humedecían nuestros encelados cuerpos. El azul, con unas persistentes oleadas rizosas, orlaba una granulada orilla en la que teníamos puerilmente los pies enterrados.
Las gaviotas, allí en lo alto, con sus lastimeros graznidos, avizoraban sus argentadas presas, mientras en el horizonte, un suntuoso navío se hacía escuchar con autoritaria música de trombón.
El aire cuajado, tórrido, perfumado de sal, contrastaba con un cielo plomizo, pesado, torvo de lluvia.
El mayestático sol se había dejado subyugar por la fuerza hercúlea de las nubes, macizas, vigorosas, henchidas de lluvia. 
Oteando la vastedad del agua salada, escuchando la barahúnda de la excitación marina, yacía tumbado en la arena acuosa junto a aquella mujer de belleza oriental.
La había conocido la noche anterior en un tablado flamenco de Huelva y pese a las limitaciones idiomáticas, nos enamoramos como cándidos quinceañeros.
Cuerpo altivo, talle menudo, liso cabello atezado, hocico romo, párpados caídos, rasgados ojos de perenne estreñimiento y piel de porcelana, nívea tal pollastre del Carrefour.
Taiwanesa. Quizás camboyana o vietnamita.  Coreana tal vez.
Esa mujer despertaba los vetustos secretos de nuestra existencia, los más brumosos legados de la simiente de los troglodíticos primates e incontroladas erecciones ecuestres.
Poseía la lujuria de una venus oriental, era cacique de la sensualidad, emperatriz del erotismo y  usufructuaria de toda belleza.
Sus pechos descollaban con un busto casi perfecto, heleno, ubérrimo. El escote que los adornaba abrazaba delicadamente unos pezones que se adivinaban pétreos, exuberantes y perfectamente cilíndricos bajo la pulcra tela de la camisola de colegiala.
Mientras su mirada escrutaba el piélago salado, su grácil melena era brizada por el viento, y su rozagante flequillo, leal confidente, abrazaba su albina frente, la contemplé con deseo, impudicia, liviandad.
Volteó su cabeza para acariciar mi hombro con ternura, sacudiendo cuántas cortezas de caspa encontró. Le contesté con la rugosa fricción de mis poceras manos en su cintura.
Nuestras fogosas miradas bailaron un chotis interminable, mientras nuestros cuerpos se aproximaron cada vez más y las cinturas, isócronas, esbozaron una soldadura carnal.
Nos fundimos en un beso impetuoso, sincero, eterno.
Acaricié sus pechos, recorriendo con mis amorcillados dedos aquellos dos volcanes en erupción, haciéndola escupir jadeos quejumbrosos de placer. Todo su cuerpo vibró, como gobernado por incorpóreas misivas de una viola celestial. Su pecho se irguió, enromando unas areolas cobrizas, anhelantes de caricias, de retozo, de bizarros magreos.  
Mis dedos se movían sorprendentemente ágiles, veloces, llenos de vital entusiasmo por el liso vientre que convergía en el oscuro monte de altos y negros ciprés.
Las posaderas firmes y epicúreas, embaladas por tersas medias sensuales y finas, se descubrieron y emergieron como lo hace día tras día el sol por el oriente.  Parecían ondear y levitar con bravura.
Sus caderas sinuosas, con un arte que envidiaría la más marrana de las danzarinas, esbozaban un velludo isósceles, empapado de secreciones libídines.
Hipnotizado por aquella apertura vaginal, acaricié su pubis, deslizando con maestría mi dedo índice hasta localizar el cítoris.
Nos licuamos en un deseo inquebrantable, rijoso y desenfrenado, pero con el comedimiento de dejarse llevar suavemente, con sedosidad, paladeando cada segundo, cada caricia, cada rozadura, cada sapidez, cada efluvio, cada movimiento.
Quise penetrarla.
Ella negó con la cabeza, con afásica sonrisa, el lenguaje internacional de las expresiones luminosas.
Sólo caricias. Quería sólo caricias.
Ahora lo sé. Ella era japonesa. De Fukushima...





miércoles, 17 de abril de 2013

LA MUJER DEL ESPEJO


Cuenta una vetusta leyenda, que en la remota y acogedora población de Rodrigatos de la Obispalía existe una morada maldita dónde, hace mucho tiempo, aconteció un macabro hecho.
Narra el apólogo que en ella vivía Demetria, una muchacha fea, extremadamente gibosa, carente de iris y pupilas, mejillas y frente estucadas por el acné y unas espantosas cejas que parecían una bufanda de lana.  
Aquejada desde nacimiento de hipertricosis lanuginosa, más comúnmente conocida como el síndrome del hombre lobo, tenía el cuerpo completamente cubierto de vello cuajado, y era vista por la arcaica sociedad de la época como un resto del linaje neandertal, como un ser tejido artificialmente.
Vivía aferrada a su madre, quien nunca le dedicó más tiempo del estrictamente necesario y más cariño del permitido, y que exhibía las anomalías de su vástago como si de un espectáculo circense se tratara.
Su padre, lampiño, borracho y politoxicómano, fruto de la envidia, azotaba constantemente a la pequeña. Los gritos eran constantes en ese hogar, bramidos de rabia, de dolor, de vejación. La madre, pesarosa de haber traído al mundo una niña grotesca y lanuda, a la que realmente nunca deseó, permitía que noche tras noche su hija fuera torturada por quien ella amaba ciegamente.
En su habitación, Demetria degollaba a sus gatitos utilizando los robustos pelos que asomaban por su espantosa oreja derecha, y los enterraba con cariño. Nunca le enseñaron a estimar, pero en su interior necesitaba velar por el descanso eterno de sus mascotas. 
Demetria falleció en su cama. Aquella noche, el cabrón de su padre extirpó uno a uno el pelo que colonizaba su pueril cuerpo, ensañándose de tal manera, que sus hirsutas manos apenas pudieron tapar su boca para dejar de suplicar y aguantar la tortura con resignación. 
Pelos, mucho vello y sábanas teñidas de sangre inocente dónde el calor humano nunca tuvo cabida.
Cuenta la historia que años más tarde los padres de Demetria aparecieron yugulados por mechones capilares en su habitación. Dicen que nadie escuchó nada aquella noche.
Relatan que Demetria, desde entonces, dentro de un espejo, vigila que nadie se atreva a perturbar ese siniestro habitáculo dónde ahora reina la sordez. Quienes osan entrar en la mansión son castigados por una maldición, por una mutación genética, en la que los folículos pilosos del maldecido, producen un descontrolado crecimiento del vello.

Ya había oscurecido. Los macilentos cuervos, famélicos de carroña, picoteaban la carne despedazada de mi herpes facial y las pústulas de mis encías ensangrentadas. Ni un alma por las callejuelas de Rodrigatos de la Obispalía. Con la boca abierta por el asombro, miré incrédulo lo que tenía a mi alrededor; el paisaje de aquella aldea era desolador, más triste que el escaparte de una ortopedia, con solo dos casas habitadas, varias en ruinas y algunas otras empleadas como corrales para custodiar ganado. 
Por fortuna, el remoto y metálico acento de las campanadas que venía del cansado reloj de la iglesia, asustó a las aves de negro plumaje.
Había decidido comprobar si la leyenda era cierta. Mi alopecia púbica, y especialmente mi galopante calvicie, bien merecía la pena tan arriesgada empresa.
La mansión era un mugriento hoyo negro, apenas iluminado por las delgadas líneas de luz que se filtraban entre los tablones clavados sobre los grandes ventanales.
Una enorme plancha de hierro cerraba el paso por la puerta. Afortunadamente, llevaba conmigo papel de lija. 
6 horas más tarde, tras farónico esfuerzo, conseguía erosionar el troquel de aluminio con la ayuda de la jodida cuartilla para limar.
Sudoroso y exhausto, entré en la mansión. 
Sentí como un escalofrío recorrió mi cuerpo de arriba a abajo, haciendo posada en mi pene, encogiendo, menguando su diminuto tamaño. 
Las paredes estaban teñidas por el polvo acumulado de tres lustros, y los vidrios quebrados dejaban pasar el aliento helado del pueblo y el jadeo molesto de un lugareño saciando sus necesidades carnales con una oveja. 
Me deslicé por el pasillo hasta llegar a la cocina, como si fuera un avezado ninja; abrí la puerta conteniendo la respiración, con los dientes castañeando, temeroso de lo que pudiera encontrar tras ella. Dubitativo, entré en la sala de fogones. Deslicé los dedos por la madera de la mesa, por el respaldo de las sillas, tratando de captar algún rescoldo de vida. Sólo hallé polvo en mis yemas, y pelo, mucho pelo. Frente a un viejo y espeluznante aparato de sodomización encontré un candelabro de metal y una caja de cerillas bajo él. Encendí el candelero y pude divisar un melón. El fruto, que había adquirido una tonalidad cobriza, estaba cubierto por una generosa capa pilosa. De forma astuta, mutilé en forma orbicular uno de sus extremos, para posteriormente abusar sexualmente de él, en una habilidosa simulación que el pepinoide era una velluda vagina femenina. 
En el otro extremo de la cocina, las ratas, convertidas en castores, roían una pared de la que nacía un pelo negruzco y rizado, tal pelusa testicular.
Todo parecía indicar que la fábula era cierta.
- ¡ Calvo de mierda !, ¡ Pervertido !-  abroncaron unas voces que provenían del salón.
Sentí el corazón acelerar sus latidos, el sudor empapar mi esfínter. Era Demetria
Anhelante por recibir la maldición,  grité puerilmente emocionado:
- ¡ Demetria, Demetria ! ¡ Estoy aquí en la cocina ¡ -.
Con zancada decidida, me dirigí al salón. Cada paso, cada centímetro que usurpaba a la estancia era un logro hacia mi propósito de peinar un generoso tupé, treinta años después.
La voz me contestó cantando horrendas baladas en un latín vulgar.
- Ahora baila para mí, cabrón - añadió Demetria de forma arrogante.
Quise desobedecerla, pero mi cuerpo caminó poseído en círculos fuera de mi control.
Imágenes de un viejo ballet que vi en mi infancia me cubrían, nublando mi vista. Mis manos imitaban una danza sin que yo lo pidiera. Parecía  un monitor de aerobic maricón. El movimiento se volvió frenético, grotesca mezcla de lambada, tangoreggeaton, prácticas exorcistas y técnicas milenarias de combate, en una danza de absurdos movimientos espasmódicos que parecían desafiar las leyes de la física.
Vino después un silencio ominoso que erizó mi piel. La mansión yacía entonces tenuemente iluminada. Al abrir los ojos, divisé docenas de mujeres, extremadamente peludas, que se reían a carcajadas y me lanzaban piedras antes de desaparecer. Tras ellas, un espejo ovalado, de bordes de madera tallada, del que emergía una silueta negra, dantesca, una mujer con sonrisa macabra.
- Ven a mí, hijo de puta!- irrumpió con voz celestial.
Cerré los ojos, agarré la cruz de mi cadena con ambas manos, comencé a rezar en voz alta y me dirigí, acojonado, hacia el espejo.
La mirada rígida y fría de Demetria, seguía clavada en la mía, hechizándome. Me acerqué, temblando como un epliéptico.
Demetria comenzó a levantar sus manos pálidas y duras, con unas uñas plateadas que parecían hojas de cuchillas.
Empecé a sentir punzadas en mi cuero cabelludo, en mi bajo vientre, en la nuca, percibiendo como un grueso vello florecía en mis zonas despobladas. 
Un hedor nauseabundo, inundó la estancia. El olor a sudor, alcohol, sexo y gato muerto se filtró por mis fosas nasales, haciéndome perder el conocimiento.
Me desvanecí. Desperté junto a frasco de gomina y una herida de bala de plata en el pecho.
La leyenda era cierta.



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miércoles, 3 de abril de 2013

EL PLÁTANO ASESINO


Mi boca, arriba, exacerbaba ronquidos que parecían los gruñidos de mamut malherido. Los jodidos geranios, cómplices de tantas noches de insomnio,  hurtaban  impunemente el poco oxígeno que llegaba a mi dantesca alcoba. Mi macrocéfalo, debajo de la almohada, como era habitual siempre que me cuasi-desnucaba practicando con escaso éxito una autofelación antes de dormirme. La frescura de las sábanas mitigaba el dolor espinal de tan estúpido ejercicio. Mis pies, colonizados por callos del tamaño de pelotas de golf, pendían fuera de la cama, ayudándome a refrescar mi mórbido cuerpo ante el suave calor de verano de ese viernes trece de Diciembre. La luna, allí fuera, se levantaba majestuosa en un cielo preñado de estrellas, como una ciclópea aureola luminosa refugiada vigorosamente detrás de una fina nube gris.
A las 3.82 de la madrugada, una afónica y siniestra voz, que parecía salir de las paredes, me llamó por mi nombre:
- ¡Anastasio!,  ¡Anastasio!- insistió varias veces.
Con los párpados pegados por unas costras de pus que me alertaban de las bondades de unas futuras cataratas, y esa sensación de no poder abrir los ojos, como cuando uno quiere despertarse antes de tiempo, intenté, estérilmente, averiguar quién cojones me llamaba y de dónde coño provenía aquella voz áfona y ronca, apenas conocida, escasamente perceptible.
Tanteé sexualmente sobre mi mesita de noche, queriendo encender la lámpara. Sólo conseguí arrojar al suelo mi móvil, el vaso de whisky y un ejemplar de gato saludador que hábilmente había hurtado en un bazar chino.
Viendo que no conseguía nada, cejé en mi intento. Intrigado, opté por responder a quien me hablaba.
- ¿Quién anda ahí?.  Sergio Dalma, ¿ eres tú?- murmuré titubeando.
Lo único que se escuchó fue el mudo silencio sólo roto por el tic-tac sedativo del reloj.
Sentí como el miedo se apoderaba de cada rincón de mi cuerpo, oprimiéndome el pecho, dilatando mi uretra. 
Chupé el pomo de la puerta tratando de tranquilizarme, y tuve un orgasmo, raudo, diligente, anónimo. 
-  Anastasio, cabrón, sé que está ahí!- exclamó la  enronquecida voz una vez más.
- ¿ Quién coño eres ?. Te advierto que voy armado!- respondí mientras agarraba el ambientador del armario.
- Anastasio, desgraciado! , ¡Soy un plátano! -.
Dudé un instante, como intentando procesar aquella información, frotando mis ojos, incrédulo y escéptico. Pero si los plátanos no insultan,,, ¿ Estaré soñando todavía? ¿ O es alguna clase de broma? pensé al tiempo que simulaba misteriosas poses bélicas.
- He venido a matarte, hijo de Satán !- añadió quién decía ser la fruta de forma fálica y color amarillo.
La adrenalina, que guillotinaba ahora el miedo, me obligó a complacer la curiosidad y acercarme al lugar de dónde provenían las macabras voces. Caminé sin pensarlo dirección a la cocina, mientras me cosquilleaban en el cuerpo las telarañas. 
Una risa exagerada, pero aún así sin volumen muy fuerte, me alertó que estaba cerca, muy cerca.
- Anastasio, vas a morir bastardo hijo de puta!- susurró de nuevo la áspera voz. 
Empecé a golpear monótonamente mi cabeza contra la puerta acolchada de la cocina, desesperado, encolerizado.
- ¿Qué cojones quieres?- grité horrorizado.
- Anastasio, gilipollas, estás muerto!-.
Aquellas voces resonaban en mi mente y estallaban como bombas vejatorias. Estaba atormentado, desquiciado. Una desconsoladora tristeza se apoderó de mi. Que ruin y sórdido momento. Los apodos, los insultos que desde niño me  habían acompañado irrumpieron en mi cabeza.  Inútilmente traté de eliminarlos. Sentía lástima de mi mismo, pero no podía permitir que una fruta me humillase.
Entré decidido en la cocina, y al abrir la nevera, lo encontré, altivo y rozagante, con una mirada fría, inquietante, y una sonrisa casi macabra.
Nos pusimos uno frente a otro, en silencio, frunciendo el ceño, sin cruzar palabra, insulto o reproche, y nos enzarzamos en una varonil pelea, cuerpo a cuerpo. 
Un movimiento felino del plátano, le permitió dar primero. Arremetió contra mi mejilla, derribándome al suelo. Empecé entonces a recibir una brutal secuencia de crueles puñetazos. Conseguí esquivar uno de ellos y lanzar un manotazo en su vientre sacándole todo el aire.
Mi albastrina y deforme mano consiguió, no sin esfuerzo, cerrarse entorno a su frágil garganta. El plátano asesino siseó y desplegó sus letales y despiadados colmillos. Sus liliputienses ojos relampaguearon como una estrella en verano, rapaces, caníbales. Con un astuto movimiento de avidez voluptuosa, el plátano se desprendió de mi mano y se abalanzó contra mi oreja, amputándomela de un mordisco.
Mi vista se nubló. Sentí un mareo, palidecí. Empecé a hiperventilar. Percibí en los labios del plátano una sonrisa burlesca al contemplar mi rostro mutilado.
Mancillado en el honor, saqué fuerzas de donde no las tenía, y preso de la ira, empecé a propinarle guantazos por todo el cuerpo.
Finalmente, la jodida banana, exhausta, sucumbió ante un certero puñetazo que aplastó su trémulo cerebro. En esta ocasión el rol de vengador me tocaba a mí. Herido en el orgullo, no lo dudé. Lo violé.




miércoles, 7 de noviembre de 2012

LA AUTOPSIA

Eran las tres de la mañana. No podía dormir. Había contado cerca de medio millón de ovejas con estéril resultado. Ignoro a quién cojones le funciona lo de computar ovinos para dormitar. 
Afuera, la luna se había escondido tras una nube dejando la noche en una oscuridad absoluta, tenebrosa, lóbrega. Empapado en hediondo sudor, mi corazón latía con fuerza y sentía que no podía respirar. Estaba más nervioso que un caníbal haciendo una felación. Oriné por enésima vez y me sequé el pene con un klinex mentolado Bosque Verde. El escozor fue tan escalofriante que pude, durante unas horas, postergar los pensamientos que me atormentaban. Por primera vez  iba a ver  un cadáver, con mi tío, el  Dr. Eresmildo Prepuzio . Pero no cualquier difunto, sino uno que debía ser autopsiado tras exhumar el cadáver por orden judicial, al no quedar claras las causas del deceso. 
Su ayudante médico se hallaba terriblemente indispuesto por una gonorrea súbita, así que me pidió, por mi dilatada experiencia en realizar autopsias a animales de compañía, que le ayudara en la necropsia.
Tembloroso y al objeto de tranquilizarme, decidí instalarme cómodamente en el sillón, sentado encima de mi mano izquierda, echando la cabeza atrás y cerrando los ojos. Una vez conseguida la debilidad, el hormigueo y entumecimiento de la palma y la muñeca, me masturbé, en una habilidosa simulación de que el vaciado de la tubería había sido ejecutado por otra persona. La autoestimulación resultó tener un efecto valerina, pues consiguió su propósito. Me quedé dormido un par de horas.
Me desperté con el rostro cual chino asesinado a pellizcos. El sueño había sido poco reparador, pues amedrantado me hallaba pensado qué fiambre me iba a tocar. Podía ser una sucia gorrina que se ahorcó por culpa de Justin Bieber, una decrépita y sudorosa señora fallecida aplastada en las rebajas, o una mujer que caminaba por la calle plácidamente cuando un camión pilotado por un polaco embriagado le pasó por encima.
La sala de autopsias era mucho más grande y sensiblemente más iluminada de lo que la gente cree. La culpa la tienen las jodidas películas poco documentadas y las series de televisión tipo CSI, que a sabiendas de que realmente están ofreciendo una visión sesgada al espectador, deciden mostrar estas salas con exigua iluminación, dándoles así un aire tétrico y misterioso.
Ante nosotros se encontraba una turbadora caja de madera color beige, en mal estado de conservación, con rupturas múltiples del féretro y un cadáver cubierto por sábanas. Restos de blusa color blanco, minifalda vaquera y espantosas medias de rejilla. Al destapar el cadáver, mi tío sonrió. Una obesa de 280 kilos descansaba sosegadamente en la mesa de operaciones.
- “Cadáver de sexo femenino, en de decúbito dorsal secundario, sobre la tierra aledaño a sunicho, con una estatura de 1,38 mts., con un peso de 270-290 kilos, en estado de licuefacción intensa y enfisematosa del proceso de putrefacción cadavérica.”- pronunció mi tío dirigiéndose a su grabadora con solemnidad ecuménica. 
- “Presenta intensa epidermolisis y abundante putrílago, zonas esqueletizadas en unas mantecosas y mórbidas manos, y pierna derecha. Data aproximada de la muerte: 62 días.".
 “-Examen Físico Externo Regional"- prosiguió excitándose con el sonido crujiente del hueso momificado al partirse. Cogió el dedo y lo chupó como huesos de pollo, ingiriendo toda su materia. Hijo de puta.
-” Cabeza: Cabeza del tamaño de un wáter, con cabellos negros, grasientos, ásperos como una lija, pésima distribución del folículopiloso. Macroscópicamente no se observan signos de lesiones de violencia. Durante el examen tanatosemiológico se desprenden con facilidad los cabellos del cuerpo cabelludo. Declaro que me apropio de un puñado de ellos para mi futuro injerto capilar”. - matizó el muy cabrón mientras hurtaba algunos efectos personales más de aquella desgraciada.
Los olores eran nauseabundos, mi piel se había contagiado del frío que desprendía la habitación, el cadáver, pero, paradójicamente, tuve un desbocado deseo de besar ese pálido rostro que carecía de expresión, esos ojos que algún día fueron azulados, hoy ya nublados por el paso de la muerte.
-"Cara: Facies con asombroso parecido a una morsa marina, en proceso de putrefacción avanzado con una epidermolisis intensa, los ojos, bizcos, ictericiosos y venosos, se encuentran hundidos y licuados, en proceso de licuefacción microscópicamente. Boca con dentadura en escasa cantidad, ausencia de la mayoría de los dientes de arcada superior, con caries del tamaño de garbanzos de Castilla en la parte inferior. Me adueño de una pieza dental de oro "- puntualizó honestamente.
"Cuello: Tiene menos cuello que una magdalena. No presenta signos de crepitación ni fractura en la columna vertebral cervical. Intenso proceso de obesisación de las macropartes blandas y abundante presencia de éstas pese al proceso de la putrefacción cadavérica. Edema en los hercúleos párpados, y cejas de tal frondosidad que son capaces de amortiguar el impacto de una bala. Al realizar una revisión exhaustiva se observa que la región auditiva, puntiaguda como la de una criatura fantástica, tal vela de un bergatín, desprende cera hasta la región mastoidea. El cadáver presenta coloración verdosa, y marmoteado venoso a nivel de tórax. Informo que procedo a la amputación de una oreja para completar mi colección privada  "- testificó con una sonrisa sagaz. El muy jodido parecía disfrutar de aquel fastuoso festín con hedor a muerte.
"Autopsia: Se realiza una incisión desde región externa superior a pubis, donde se observa tanto entejido celular subcutáneo proceso lisis o destrucción y putrefactivo avanzado, se quita peto esternón y se abre abdomen, salpicándome por trozos de pizza, filete de ballena y hamburguesas, donde a pesar de la putrefacción, se aprecia órganos torácicos congestivos en ambos campos pulmonares e hígado. Causa de la muerte: Ingesta masiva de comida.”- sentenció concluyendo su examen.
Traté de cerrar los ojos en un intento de detener mis pensamientos. Pero no pude,,,
En el momento que mi tío procedió a redactar el informe con su desmochada estilográfica, sin poder reprimirme, abusé de la difunta.




miércoles, 12 de septiembre de 2012

LA VISITA DEL CABRÓN DE E.T.

Estaba todo en silencio sólo roto por el tic-tac monótono y exacto del rústico reloj ubicado en medio de la sala de estar. Eran las 2.35 de la madrugada de una fría noche de otoño. Desperté en la butaca temblando y sudando como un jodido cortador de kebabs. Todo había sido una simple pesadilla. Pero a su vez, era tan real... Había tenido una zozobra aterradora, no recordaba haber soñado nada igual en mi vida. Recorrí el pequeño comedor con la mirada estrábica y temblorosa y me di cuenta que estaba en casa. No obstante tuve miedo. Busqué el vaso de orín  que por costumbre ponía todas las noches en la mesa escritorio a fin de ahuyentar a los malos espíritus. Me lo bebí de un sorbo.
Estaba en penumbras, pero podía divisar perfectamente las cortinas blancas que estaban encima de la gran ventana. Las paredes, dantescamente salpicadas de esperma, daban la sensación de que la sala de estar era  más amplia; pocos  muebles, una cama personal , un pequeño televisor, una nevera, una butaca grotescamente tapizada con simpáticas figuras de Bob Esponja, mi manceba colección de heces caninas, una pequeña y oxidada puerta que daba a la cocina y nada más. 
Decidí tomar un largo y reconfortante baño. Fue entonces cuando recordé el espeluznante sueño que me había despertado, y mi corazón comenzó a palpitar con rapidez. Tomé aire y me dije a  mí mismo: “Es sólo una pesadilla. Justin Bieber no es maricón. No ha podido violarme”
Intenté relajarme jugueteando con los patitos de goma en la bañera. Acaricié mi glande con el pico de uno de ellos, y me dejé llevar por mis orgiásticos pensamientos. Tras eyacular, me depilé y me quedé dormido de nuevo en la bañera.
Sentí el agua fría colmando mi boca y mi garganta, inundando mis pulmones carcomidos por el tabaco. Y después la sensación de sofoco, conteniendo la respiración para evitar inhalar el agua que me rodeaba; la asfixia estallando dentro de mi cuerpo como una llamarada, haciéndome patalear y agitarme en vano, luchando por escapar de esa jaula densa que me oprimía. Desperté repentinamente, los ojos saliéndose de las órbitas, la mandíbula desencajada y el trago desesperado buscando el aire. Gilipollas. Casi me ahogo en la jodida bañera.
Salí de la tina temiendo por mi vida al no disponer de alfombrilla antideslizante. Huérfano de prendas, me dirigí al salón. Encendí mi pc. La extremada educación de mi computadora, me advertía: "¿Desea iniciar Windows normalmente?". -"Sí, igual de mal que siempre, hija de puta"- pensé. Cientos de moscas revoloteaban sobre mi cabeza, atraídas por la caspa y mugre que poblaban mi cráneo. Me sentí estúpidamente un peligroso delincuente mientras fumaba y descargaba una película para adultos. Acompañaba la descarga con palmadas para que ésta fuera más rápida, cuando de repente sentí una breve brisa pasar detrás de mí, por mi espalda, rozando levemente mi oído. Una sombra pasar como una ráfaga centelleante, a intérvalos, fugándose a través de los huecos que dejaba la luz de la luna entre las nubes, allá fuera, proyectada por el vidrio del ventanal a mi lado.
Noté el frío, frío que me caló hasta los huesos. Había alguien en mi apartamento. 
Estaba más acojonado que una monja con retraso menstrual. Mis glándulas salivales empezaron  recargarse.
Agarré el cuchillo que utilizaba para afeitarme y me enfundé las gafas de visión nocturna. Recorrí sigilosamente el comedor, dando saltos y escondiéndome astutamente detrás de la butaca. No había rastro alguno de aquella presencia. Fue entonces cuando noté una respiración, una respiración lenta y pausada que provenía de la cocina. Percibí un aumento en mi frecuencia cardiaca y un atroz encogimiento escrotal.
“Ring, ring, ringggg”- . -“¡Me cago en la puta.!- susurré. Era la estúpida música del móvil. Me había dado un susto de muerte.
-“ Teléeeefono”- exclamó un aullido procedente de la cocina. Me detuve un instante, intentando procesar lo que había escuchado. Aquella voz metálica era familiar.
- " Teléeeeeeeeeeeeeeeeeefono"- insistió la voz.
Reuniendo todo mi valor, me acerqué a la cocina. Un escalofrío recorrió mi espalda al abrir la puerta y se intensificó al asomar la cabeza. Allí estaba. Mi amigo E.T. El Extraterrestre. El decrépito alienígena, que había venido a visitarme.




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