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miércoles, 15 de enero de 2014

PÚSTULA NASAL

El gentío del subterráneo me engulle desdeñoso y distraído, pululando con prisas en todas direcciones.
El violento temblor del andén y las chispas de los rieles anuncian la llegada del convoy metropolitano.
Atestiguo la ausencia del típico pérfido aficionado a lanzar al distraído viajero a las vías, y subo al metro trenzando bravía pelea por un lugar.
En él  hallo fuego, barahúnda putrefacta, calor.
Vesicantes bebés llorando a pleno pulmón. Mantecosos provincianos engullendo como si no hubiera mañana pálidos y tumefactos sándwiches de chorizo. Rostros de jornaleros agarrados a los asideros que escupen contra los vidrios del vagón. Posturas absurdas para intentar dormir. Grotescos ejemplares de la especie anciana con talones que simulan cojera al subir. Escuadrones de carteristas rumanos acechando a su próxima víctima. 
Un universitario, venidero desempleado de lardosas rastafarías, se apresura para subir al metro con esa gilipollez que caracteriza a quiénes corren con mochila.
Las mugrientas puertas de fierro del vagón se cierran y el metro inicia su marcha.
Escruto con esmero al gentío.
Escudriño la frente de la prieta muchedumbre. Observo embelesado las  gotas de sudor peregrinando por sus rostros, abrazando las imperfecciones de sus caras; marcas de acné, vellosidades, verrugas hepáticas, cutáneos forúnculos enquistados. Hombres de sotabarbas sin afeitar que, sin pudor, desvelan sus gustos culinarios por el aroma de su aliento, ajenos a la traición de su alquimia intestinal. Hirsutas hembras de sebáceos cabellos emanando hediondez a ácidos gástricos, menstruación evadiéndose por sus poros.
Frente a la ventana, un barbilampiño y atezado paquistaní ofrece al rollizo ejecutivo de azabachado traje un ramo de rosas.
-No gracias. Ya he follado- rechaza con altanería.
Tras ellos, un homínido politoxicómano blasfema contra el mobiliario del suburbano esbozando con spray un indescifrable graffiti.
Huelo el caos, la anarquía, la zafiedad.
El hedor agrio, macerado e hiriente de las axilas de esta caterva humana revela el sofoco que han pasado. Percibo como los sobacos, mostrados al levantar los brazos para asirse y no perder el equilibrio, están colmados de vello cuajado, atestados de sudación, ponzoñosas podagras de agua color ambarino que acumulan restos de su dermis, de la bazofia orgánica hacinada en su cuerpo a lo largo del día.
Bajo la cabeza y descubro las uñas de sus pies, grotescas estructuras turgentes, enlutadas, húmedas y malformadas que brotan desde unos dedos deformes, impuros, sucios, tóxicos.
Es la saturnal de la incorrección, la vorágine de la vulgaridad, la autocracia del desprecio a las normas escritas, escenario propicio para extirpar la costra intranasal que tanto me ha incomodado estos últimos días.
Sin reparos, penetro con el dedo índice la zurda hendidura nasal, hasta que consigo palpar el singular híbrido entre hidropesía y espinilla. La costra, caliente e hirsuta, palpita por la inflamación.
Intento, con la uña sin podar, desraizar la postilla, rasguñando el absceso hasta dejar el conducto en carne viva, exponiendo la epidermis nasal al ataque de agentes patógenos.
Sangra mi hocico. El dolor hace lagrimear mis ojos, contrayendo mi bolsa escrotal.
El nódulo gibaforme, vesícula de líquido al tacto, se está resistiendo.
Lo intento de nuevo aplicando vigorosa presión con los improvisados alicates formados por índice y pulgar. Consigo tocar la sesera de la corteza pustular, asida todavía en la pared medial de la nariz, pero fracaso en la tentativa.
Lívido de rabia y exangüe de agonía, calibro la posibilidad de abandonar tan desgarradora empresa.
Pero los rostros de los viajeros me observan en silencio, alentándome, exhortando a no desfallecer en  mi propósito.
Me aventuro ahora con el dedo corazón con astutos movimientos radiales. Percibo como el cartílago se deforma, adquiriendo cóncava estructura, permitiéndome maniobrar con mayor fluidez.
Es mi oportunidad. Tal vez la única.
Incrusto la uña en la cepa del forúnculo y con raudo movimiento vertical consigo arrancar la costra nasal.
Entre los pomposos vítores y ovaciones de los  pasajeros, procedo, cómo no, a su ingesta.





miércoles, 18 de septiembre de 2013

EL PUNTO G

Insomne y hastiado, acecho la llegada del alborecer, tendido sobre unas sábanas revueltas, huérfano de prendas, rodeado por una orgía de inmundicia y putrefactos residuos.
El dormitorio permanece a oscuras, excepto por algunos tiznes de luz velada y gualda que se filtran desde la calle formando dos ingentes figuras fálicas en el escarbado techo de la habitación.                                                  
Una colilla de tabaco negro flota, guillotinada, en el agua de un vaso sobre la vieja mesita tomada por trozos de papel higiénico salpicados de esperma
. 
Olfateo el aire tal canino labrador, y éste me acarrea un fresco aroma a tierra empapada.
Sello los ojos. Inspiro hondo y exhalo el aire, tardo, despacio, pausado. Percibo el suntuoso silencio del alba. Me excito. Tengo una erección.
Me incorporo sobre el jergón y apoyo los pies en el suelo de madera; el tacto es raído y fragoso.
Comienzo a admirar la desnuda imagen que devuelve el espejo empotrado en la agrietada pared.
Quedo vacilante, compungido, concentrado en la visualización de los detalles. Mi semblante se  ensombrece al escrutar aquellos decrépitos rasgos.
Un pútrido acné tapiza mi gibosa nariz y frente, dándole un nauseabundo brillo grasiento. Cortezas de caspa reposan sobre mis desnudos hombros y amargos gránulos de cera asoman por mis velludas orejas.
Escruto mis estrábicos ojos, rojos como el ocaso, y me detengo con tribulación sobre las bolsas que descienden bajo mis cárdenos párpados inferiores. 
Examino mis manos, angostas y frías, surcadas por venas prominentes, que arrogantes, exhiben las secuelas de una gonorrea contraída en algún antro de lujuria y anonimato.
Suspiro con profundidad dilatada en el tiempo y 
me abandono por completo a mi cuerpo desnudo, palpando los rincones más impenetrables.
Acaricio mi mórbido cuello, recorro mi transpirada nuca con los dedos y tras lengüetearlos, paso impúdicamente la lengua por mis agrietados labios.
Mi pulgar derecho comienza a juguetear osado con los pezones, sebosos, vastos como el timbre de un castillo, percibiendo una excitación dolorosa, mientras que con el izquierdo, cosquilleo el nacimiento de la espalda, provocando derrames de lava que recorren mis arterias. 
Muevo la pelvis torpe e instintivamente y me aferro a las sábanas. Las venas de mi falo tremolan con lujuria y mi cuerpo palpita, como gobernado por notas invisibles de una orquesta quimérica. 
Cierro los ojos e imagino que mis manos son las de una bella mujer, restregando las curvas de formas imprecisas y amorfas de mi torso.
Manoseo mi diminuto pene, tieso como una estaca, que despunta postinero entre una maleza de vellos. Leve y cuidadosamente al principio. Exigente y vehementemente, después.
Un leve jadeo escapa de mis labios. El placer se torna ahora más agudo y experimento orgásmicas olas de electricidad recorriendo mi espina.
Los primeros rayos de sol triscan con mis pestañas cuando atino a abrir levemente los ojos.
Estoy más excitado que un sodomita en un carro de pepinos.
Quiero más. Anhelo hallar el manantial de placer. Deseo encontrar el punto G, ese portentoso tejido cuya mera estimulación desencadena cataratas de flujo de hombre.
Procedo a abrir con las manos mis velludas nalgas dejando mi ano al descubierto, y agarrando mis gangrenados testículos, me aventuro a masajear el perineo. Con la yema del zurdo dedo primero, esbozando pequeños círculos, incrustando mis picudas uñas sobre la zona bajoescrotal, y con la palma de la mano después.
Me invade una sensación desagradable, irritante, dolorosa,  padeciendo un enojoso espasmo predefecal.   
Hidrato astutamente con saliva una ambarina banana. Decido introducir la entusiasta fruta por mi sombría cavidad rectal, guiándola a través de sus inhóspitas paredes y desgarrando cuantos obstáculos encuentra por el camino.
Me mantengo en silencio, vacío, sintiendo cada gesto, observando sin juzgar. No puedo evitar que mis ojos esputen lágrimas de dolor.
Ni un vestigio del jodido músculo. El punto G se me está resistiendo.
Decido lubricar un espigado bate de béisbol, y lo empotro contra mi esfínter, mancillándolo, introduciéndolo con movimientos circulares, horizontales, perpendiculares, verticales, elípticos, parabólicos, curvilíneos, cinemáticos. Con el trozo de madrea alcanzo el duodeno, la vesícula biliar, el páncreas, la laringe, el lóbulo parietal, pero ni rastro del punto G.
El dolor de mi culo ahora es insoportable, cruel, estomagante.
El silencio de mi habitación se ve interrumpido por una voz trastornada, llena de demencia y de sonoridad inhumana que vocifera burlona: -“ ¡ Depravado !. ¡ A ver si me encuentras ¡”-.
Mi cerebro, vejado e iracundo, planea un astuto plan para localizar al punto G.
-¡ Te voy a encontrar, cabrón !-.





miércoles, 11 de septiembre de 2013

LA MOZA DE LOS HELADOS

Eran las 15.00 horas de un domingo de Agosto. Ataviado con unos grotescos leotardos de lycra, decidí salir a correr sin rumbo fijo, como me agradaba hacer de vez en cuando. El mercurio mostraba unos risueños 39º C y la humedad lamía el 90 %, condiciones sumamente propicias para la práctica del running.
Deseaba despejarme, sentir cómo el tórrido bochorno canicular acariciaba mi rostro, cómo perlaba de sudor mi devastadora alopecia y empapaba mis frondosas axilas.
Las cigarras crujían en las moreras, los lagartos bostezaban perezosos y las moscas, aturdidas y desmañadas, colisionaban contra los cristales en busca de una sombra.
Tras recorrer un par de kilómetros a ritmo de mp3, llegué a una plazuela sin saber muy bien hacia dónde dirigirme. Advertí que todos los pórticos que cruzaba lucían crespones negros; el difunto debía ser alguien bienquisto en aquel suburbio.
A lo lejos divisé cipreses, señal inequívoca de que allí se ubicaba el camposanto. Con trote rápido me acerqué.
La imagen era estremecedora.
Fuera de los muros una multitud, bajo el sofocante y espeso calor, se había congregado en silencio y de riguroso luto.
Caballeros de húmedas pupilas con semblantes compungidos, desencajados, con una banda negra rodeando el brazo y la cabeza descubierta en señal de respeto. Señoras decaídas que, con gestos pausados y metódicos, se secaban el rimel corrido, en medio de escenas de consternación y una ceremonia de entierro protagonizada por un decrépito cura locuaz.
Reparé como el centenar de personas allí reunidas encubrían sus miradas tras un dosel de tristeza bañado en lágrimas, las lágrimas más acibaradas que nunca sus ojos habían esputado.
Penetré en el cementerio dispuesto a realizar ejercicios de recuperación cuando me topé con una mujer vestida de luto, llorando, casi aullando, frente a una tumba.
Me acerqué, preocupado por el estado lamentable y afligido de la mujer. La señora postrada en el suelo, gemía como una becerra, mustia, abatida, desconsolada. La toqué tres veces en el hombro y le di un sonoro bofetón antes de que ella volteara.
Una bonita hembra, joven, de pelo corto negro y ojos verdes, me miró aturdida por el guantazo.
Le pregunté por quién lloraba.
Me contó que sollozaba por su marido ahogado tras intentar rescatar a una gallina que se había precipitado en un pozo rural.
Le respondí cacareando astutamente el sonido de una gallina que lo sentía mucho, susurrándole al oído una canción de Álex Ubago, en un vano intento por confortarla. 
La abracé, en un estrechón espontáneo, noble, sincero, toqueteando sus nalgas, apretando su pubis contra mi entrepierna.
Volví a galopar ligero, a la vez que triste y cabizbajo, con intención de incorporarme a la fúnebre comitiva.  Los operarios estaban terminando de tapar el nicho con unas rasillas y cemento, al compás de la música de apagado de Windows.
Salí del cementerio sumido en mis absurdas reflexiones.  
Llegué a un parque desconocido para mí.
A pesar de la sofocante calima que hacía hiperventilar a los árboles y sumía al parque en la más absoluta soledad, una pareja de novios adolescentes se escondía detrás de unos arbustos para frotarse como alimañas salvajes, mientras un par de vejestorios pedaleaban en los bancos de aquel hermoso jardín.
Troté hasta a un solitario banco situado junto a un arroyo artificial con puente japonés, que atravesaba la arboleda, y allí me senté.
Habían ubicado un puesto ambulante de helados  en un pequeño cuadrilátero de hierba frondosamente poblado por gran diversidad de flores. Lo regentaba una bellísima moza. 
Era hermosa, pálida como la caseína y sucios cabellos sobre los hombros. Llevaba un vestido atezado que danzaba alegre con cada paso que daba. Unas sandalias casuales dejaban ver unos blancos y velludos pies. Era imposible que esa mujer no llamara la atención. La belleza de aquella fémina era tan extraordinaria que parecía irreal.
Los destellos de sol justiciero impactaron en su  rostro. 
Distinguí los ojos más grandes que nunca  había visto; era una estrella bajada del cielo, excelsa, un ángel, con una sonrisa llena de gratitud. Ese escenario era un espectáculo fascinante para mí.
Entró en el tenderete para un prender un helado. Lo despojó del precinto y se lo llevó a su ensangrentada boca. 
La bella muchacha  miraba el sorbete con los ojos entornados, altiva, como si tuviera en su mano el falo más deseado.
Yo la observaba desde lejos y le sonreía. Empecé a notar un sentimiento, ese sentimiento de tener una opresión en el pecho y ciertas mariposas en el vientre cada vez que visualizaba su cara en mi mente.
Me había enamorado de nuevo.


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miércoles, 4 de septiembre de 2013

CARTA A LA CORTESANA

" Condado de Barcelona, 4 de Septiembre de 2013.

Muy lozana y manceba doncella,
Tras estériles intentos por contactar con vuestra merced, os escribo este remilgado manuscrito con la esperanza de que ilustréis alguna razón a mi sombría existencia, pues hace hoy un año que arrendé vuestras viciosas artes copulativas con el propósito limar el acero de mi exigua y famélica espada, y desde entonces no he dejado de pensar en vos.
Una añada atrás, vuestra merced y quién rubrica este humilde ológrafo, nos entregamos a lúbrica fruición, vasallos de la impudicia y siervos de la liviandad cabalgamos tal becerros en el fango, con las pupilas cerradas, dipsómanos de una mística que convertía en vacuos los fonemas y alumbraba nuevas formas de fornicio.
Aquella vagina que me ofrecisteis, aquella velluda almeja abierta al crepúsculo, aquel aterciopelado cogollo de carbón destilador de pútrido aroma salmónido, hechizó mi ser, extasiándolo, y entre sudor, gemidos y pasión, la tomé, embistiéndola con mi diminuto florete, penetrándola con tan hercúlea fuerza que rompiose la profiláctica funda.
Sabed, aviesa ramera, que pasó ya doce meses sin poder lavar ni emplear mi noble apéndice, y es tal el hedor que exhala mi bajo vientre que las pulcras damiselas rehuyen mi presencia, los gorriones cesan sus gorjeos a mi paso y el picor de la entrepierna, la áspera y deforme textura de reptil saurio arrugado de mi bragadura, se convierte en tormento que me hostiga día y noche y me aboca al ruin vicio de rascarme sin decoro ni pudor.
Desde entonces, apuesta meretriz, impedido he estado para envainar mi sable, incapaz de hallar doncella que acceda a sobar mi tuerto, tropezándome únicamente con artesanos chocolateros que, incomprensiblemente, me acechan como sombras en las noches de luna, mientras me rasco sin sosiego mis partes pudendas.
Anhelo que al recibir la presente se encuentre vuestra merced en benigno estado de salud y que la lepra gonocócica no os haya sometido.
Como comprenderá vuestra merced, esta tesitura en la que me hallo no es plato de buen gusto, ni para pervertido templario ni para santo caballero, y me he visto obligado a abandonar el arte de brochetear la nutria,  pues como os he explicado, soy chacota de toda dama que no cesa de reír a mi costa.
Hoy he tenido la fortuna de cruzarme con un apuesto penitente, y él ha tenido por misericordia el mostrarme el sendero que conduce a los aposentos de un comerciante circense en cuyo espectáculo tengo la firme decisión de formar parte, y poder, por fin, sacar próspero provecho a la infecciosa ofrenda que vos me regalasteis . 
No me veo preparado para ejercer de progenitor del posible bastardo concebido en nuestro fugaz encuentro tal y como os prometí, y menos aún para entregarme en connubio a vuestra merced.
Perdonadme, marrana concubina, si os he faltado a mi promesa y dejad que limpie y restituya mi herida dignidad, pues imposible empresa es restablecer mi masculinidad.
Muy lozana y manceba doncella,
Vendería vuestra merced su alma al mismísimo diablo si os arremetiera esta hórrida picazón que me tiene en carne viva las varoniles partes del mucho rascar, vendería su alma como digo por una medicina que sanara las ulceraciones y pústulas que germinaron tras nuestro carnal encuentro. Yo venderé la mía por tan sólo volverla a ver por unos instantes y apalearla sin piedad.
Que nuestro Señor sacie a vuestra merced de venturas, dulce portadora de venéreas septicemias, que aventuras ya tuvimos bastantes, hija de puta.
Siempre vuestro más fiel caballerizo,

Anastasio de Prepuzio."







miércoles, 12 de junio de 2013

ARQUEANDO LA CEJA

La furia se había diluido ya, transformándose en hondo pesar, en  ignominiosa sensación expoliadora de las escasas migajas de mi dignidad.
El viejo espejo aovado, carente de compasión, cuyo destello atisbaba el pasmo de un rostro gilipollesco, proyectaba con crueldad una imagen grotesca, fachosa, esperpéntica, como concebida en los sueños más lúgubres del mismo Lucifer.
Atento a la forzada actitud plástica, con mis párpados temblando ligeramente en una vibración casi imperceptible, advertí como la caín superficie pulida me devolvía azorada una estampa cómica, una polichinela representación de mi decadente aspecto.
Enfundado con una afrancesada camiseta de rejilla Jean Paul Gautier, que me hacía parecer un pavo relleno, permanecía frente al espejo, ensayando a través del cristal de su esfera, híbridos e irrisorios ademanes, intentando estérilmente emular a los grandes de Holywood en aquel gesto seductor del arqueo de la ceja, aquella arrebatadora mueca encorvada del entrecejo, destiladora de arrogancia y desdén, en cuyo leve movimiento se veía cifrado el poder de atracción que  suscitaba entre las mujeres.
Abatido, sentí de nuevo un punzante dolor bajo mis párpados exhaustos, divisando repentinos destellos flotando burlones en la opacidad, y mis orejas, exangües por los ejercicios corvos, parecían haberse despedazado.
Aquel taladrante suplicio del nervio óptico tumefacto, me hacía sentir verdadera humillación, como cuando interpretaba de niño el papel de árbol en las representaciones teatrales del colegio.
Febrilmente, encendí un cigarrillo y empecé a fumarlo, saboreando el descanso y evitando que la mirada fuese atraída por el resplandor del rescoldo que se encendía a cada asmática succión.
Mis evoluciones para rivalizar con el gran Sean Connery en el arte del arqueo de la ceja, se habían limitado a la consecución de lacerantes espasmos faciales y atroces desgarros del cuero cabelludo.
Había probado cuantas técnicas ofrecía el ciberespacio: sujeción de la ceja derecha con esparadrapo para lograr la dilatación del músculo, epilépticos dibujos en mitad de la frente con lápiz de cejas, e incluso el afeite del sobrepárpado para  posteriormente incrustar con silicona una cejuela postiza con la hechura cónica deseada.
Ninguna de aquellas técnicas había conseguido un óptimo resultado.
Tras los cristales, el cielo pestañeó nervudo, asomando la fugaz y oblicua ojeada de un relámpago. Unas gruesas gotas tamborilearon en la ventana y precedieron al estruendoso sonido del trueno.
Observé curioso aquel singular fenómeno meteorológico. La forma del relámpago era ramificada, cónica, multiarqueada.
Acaricié mi mentón, escrutando aquella panorámica.
Una sonrisa, cómplice y refleja,  se trazó en mi impúdico rostro. Mi perturbado cerebro había empezado instintivamente a hilar un brillante plan para arquear de forma seductora y sugestiva la jodida ceja. En el aparato eléctrico radicaba la clave, la respuesta al enigma que me corroía.
A través del ventanal, me quedé durante unos instantes con la mirada fijada en la metálica caseta eléctrica de la calle. 
Bajé corriendo escaleras abajo, como si me fuera la vida en ello. La lluvia azotaba ya con violencia. 
Tras una hábil secuencia de cabezazos, conseguí derribar la puerta.
Empapado, desconecté la corriente, y sin pensármelo dos veces, separé los tres cables de la toma: 22.780 w. Suficiente fluido eléctrico para la fibrilación muscular.  Si aplicaba una descarga en el punto estratégico del temporal derecho, la succión eléctrica ocasionaría un espasmo muscular, haciendo arquear mi ceja.
Con raudo gesto, me quité los zapatos. A continuación, me despojé de los calcetines de algodón blancos, y con cinta adhesiva sujeté las puntas de cobre de los cables en la zona parietal diestra.
Mirando furtivamente de un lado a otro de la calle, como si de un miserable caco se tratara, procedí a apretar el interruptor.
- Click!

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jueves, 30 de mayo de 2013

¡ SOY PÁJARO !


Con los ojos inyectados en sangre, me hallo posado sobre la reluciente taza mayólica, sudando, apretando con rudeza el punto canicular de mi andorga.
Con una maniobra de naturaleza animal, y precedida de desgarradores gritos,  consigo expulsar un mojón de sansónicas dimensiones.
Me aseo pulcramente el tercer ojo con un pañuelo balsámico. Tengo una extraña sensación, percepción lóbrega, una intuición tal vez.
Me acerco al retrete para escrutar la aleación ambarina de mi orín, girando en ponzoñosos remolinos de espuma, sobre los que surcan pelos ondulados que serpentean antes de ser engullidos por el desagüe.
Observo el recorrido gelatinoso del fruto podrido de mis vísceras, resbalando con denuedo a través de la taza. El rastro tiene una inquietante tonalidad azulenca.
Algo no marcha bien.
Reúno testiculina, penetro mi brazo derecho por el excusado y recojo un generoso trozo de materia fecal, todavía caliente, para su estudio.
El sedimento excrementicio emana un aguzado hedor a ázoe. De él, se desprenden como las hojas secas arbolinas en otoño, pequeñas plumas grisáceas, plomizas, cenizosas.
No hay duda. Estoy sufriendo alguna especie de metamorfosis genética.
Un nudo recorre mi garganta, haciendo erizar mi vello púbico.
Me miro al espejo, y aprecio un amorfo cuerpo sustentado en un pierna, mientras la otra extremidad es retraída a la altura del vientre, en una acrobática postura grotesca.  
Observo, titubeante, como mi cuello se estira y  mi cabeza ladea, con raudos movimientos, tal gucamayo tropical. 
Los ojos, oscuros y sombríos, son mayúsculos en proporción al diminuto tamaño de la cabeza, y se encuentran sepultados en las cuencas. Irrumpe bajo una prominente y agrietada frente, una nariz aguileña, ganchuda, un poderoso apéndice cartilaginoso, corvo y arqueado.
Mi garganta, tierna como carne de seno materno y de forma lanceolada, es erizada, dándole un aspecto hirsuto.
Un felino y reflejo movimiento me lanza al suelo. De forma maquinal, picoteo las baldosas del baño. Es un cacahuete.
Mi miro de nuevo en el espejo quebrado y mugriento, petrificado, sin parpadear, saco un peine y trato de restituir la poca dignidad perdida tapando mi mugrienta alopecia con el atezado mechón de pelo lacio y grasiento.
No es algo metafórico ni poético, tengo cara de pájaro, rostro de ave, soy una jodida tórtola.
Subo al tejado de mi morada.
Escruto el horizonte de azoteas que asoman sobre la superficie de la urbe como picudas madréporas. El ronco grazno de un planeador córvido llama mi atención. Cola acuñada, cabeza saliente, esfínter dilatado. Su vuelo me sorprende por la agilidad y los repentinos cambios de dirección. Tras él, una jauría de fámulas palomas acicala sosegados bisbiseos de aire, expeliendo impunemente sus níveoaceitunadas heces.
Con fogosos anillos de nubes en el confín, diviso como un gorrión alterado genéticamente por la inclemente contaminación,  de pico ganchudo y ásperas garras, baila en círculos con sus alas nítidas y rudas. La elegancia innata en el movimiento de sus extremidades, me deja perplejo.
Padezco una insólita erupción de decoro, libertad y fascinación.
Pienso, contumaz, que quiero ser como ellos. Soy como ellos.
Un cloqueante y metálico bramido exhala de mi garganta.
 -¡Praaak, praaak!- gorjeo de forma refleja.
Es la señal.
Brioso y exultante de energías, subo al alféizar de escasos 30 centímetros de ancho. Extiendo los brazos y cierro los ojos. Respiro y percibo la plenitud del instante. Soy soberano de las alturas. El aire ahora acaricia mi avícola faz. Espero pacientemente la llegada del corriente de aire ascendente. Es la victoria del espíritu libre sobre la materialidad inerte.
Voy a volar.





jueves, 2 de mayo de 2013

ESTOY LOCO


2 de Mayo de 2013. 11:03 A.M.
Llorando.
Estoy llorando, frente al viejo y agrietado espejo, acoquinado por cuán sepultados tengo los ojos. Diviso cómo un amazacotado pelaje de asno resbala sobre mi testuz, cómo unas puntiagudas orejas de jumento germinan de forma inmisericorde desde mis siniestras cavidades auditivas.
Ataviado con un grotesco bañador floreado, camisa de palmeras y un cordel de sujeción para las gruesas y geriátricas lentes, siento como el corazón aporrea mi pecho, pidiendo a gritos salir. Apenas soy capaz de respirar. Oigo el aire cuchichear entre mis alvéolos dilatados, asmáticos, necrosados. 
La polución exhalada por la sangre, metálica, ubérrima, perfecto fluido carmesí, allí en el suelo,  me rasca la garganta tal tos ferina.
Lloro y las lágrimas de espanto caen como chorros por mis mejillas, espumando mareas de gilipollez, supurando  aluviones de delirios paranoicos.
Mi boca se deforma con mi llanto. La veo y me avergüenzo de ella, de mí mismo, de este sopor insomne que ha alienado mis neuronas.
Escoltado por un arpa, balbuceo letanías. Aúllo en sánscrito, alargando las sílabas al blasfemar.
La aversión, el odio, el pánico, la música de la piedad, gesticulan en torno a mi estupidez, desafiando el protocolo, saludándome con su mano izquierda.
Exangüe, sigo llorando y mirándome en el espejo, oteando el lento temblor de mis mandíbulas salientes. Me acerco para ver más de cerca cómo las lágrimas brotan de entre mis párpados semicerrados, cenagosos, plomizos, limítrofes a la capitulación.
Qué asco.
Siento animadversión por mi mismo. 
Me reboso en todo tipo de oprobios y bochornos, perito de que la alquimia vesánica es irreversible.
¿Por qué lloro?, se preguntará todos ustedes, mis avezados anfitriones. La respuesta es fácil a la par que macabra.
La sala de máquinas de mi cacumen no funciona bien. Es el ímpetu bubónico de la enajenación, arremolinándose, penetrando, inoculando con impulsos neuronales mi cerebro. Estoy loco. Enajenado, demente, perturbado, insurrecto de la cordura. 
Acabo de darme cuenta que he amputado mis testículos con  las espectrales y gélidas hojas de unas tijeras previamente afiladas.
Intolerable arrebato de enajenación. 
Y no sé porqué lo he hecho. ¡ No lo sé !.
Estoy loco.
Loco. 






miércoles, 6 de marzo de 2013

LA COBRA DE BANGLADESH

Dejé  los periódicos encima de  la cama. Me senté en la vieja silla y bebí  raudo mi café. Estaba demasiado caliente, cual lava volcánica, como a mí me gustaba. Busqué un cigarrillo de mi chaqueta, lo prendí y empecé a fumar. Sentí como el humo del pitillo tiznaba mis piezas dentales, como recorría mi garganta y enfermaba mis pulmones corroídos.
Hacía mucho calor. Gotas de sudor empapaban mis tupidas axilas, mi cuerpo, inundando mis ojos, cegándome de escozor. Miré los periódicos abiertos sobre  la cama y me  puse  extremadamente nervioso. 
Había  travestido a los políticos de los rotativos a base de bigotes y pestañas postizas, y aquello me horrorizaba. Parecían hablarme, humillarme, injuriarme. 
La música de bar de abajo se filtraba por la ventana. Acompañé estúpidamente el ritmo de la música con palmadas. 
Tenía hambre. Me rasqué ostentosamente mis velludas nalgas, hasta llegar astutamente al esfínter, para recolectar restos del chile picante de la cena de la noche anterior, y los usé como tentempié. No tenían mal sabor. 
Escaneé visualmente por la ventana, sin ver, el pequeño parque de la calle. Un hombre,  con triquinosis y corbata, esperaba debajo de  un árbol, rascándose sus genitales. Llegó una mujer de pelo lacado, hiperhormonada y mórbida. Hablaron  un poco, se escupieron,  y se marcharon cogidos de la mano. Escasos metros más allá, un decadente vagabundo iba regalando pelucas a los calvos.  En frente una pelea de aguantar la mirada entre dos decrépitas ancianas desconocidas. Frente a una entidad financiera, una decena de exaltados manifestantes se habían congregado en defensa de un equipo nacional de natación sincronizada masculina. Pobres imbéciles.
Era Domingo y la gente  salía a pasear o iba a la misa parroquial. Cerca del parque, coches y motos pasaban presurosos hacia el centro de la ciudad. Hacían mucho ruido, pero yo no oía nada. Sólo fumaba mi cigarrillo y hablaba para mí, recitando poesía de Espronceda.
Caminé hacia la nevera. La abrí  y tras echar un vistazo, me di cuenta que había poco que mirar. Cogí media cebolla y me  la comí de un bocado. La liliácea explotó entre mis sarrosos dientes y su jugo chorreó por mi barbilla. 
Volví  a mi habitación. Me senté encima de la cama y empecé a leer los periódicos otra vez. Sección de necrológicas. Venían tres pequeñas e interesantes biografías de tres personas de cada una de las cuales podría escribirse una novela bizarra: una vieja multimillonaria que tuvo que tomar una gran cantidad de agua, sin ir al baño, para ganar una consola Wii. Lamentablemente, lo único que obtuvo fue una muerte por hiperhidratación. 
La de un joven toledano que, cansado de tener sexo con miembros de su propia especie, decidió dejarse 'montar' analmente por un semental en una mesetaria granja de Guadalajara. El placer le duró muy poco, pues sufrió una perforación del colon que desembocó en una letal peritonitis. Y la de un octogenario electrocutado por un vibrador rectal.
Bajo la página de esquelas, un anuncio rezaba: “Prestigioso encantador de serpientes regala excelente cobra de Bangladesh, adiestrada, 5 meses de edad, desparasitada y muy cariñosa. Se entrega con terrario de 2 metros y suelo de viruta de madera, la cartilla sanitaria, todas las vacunas, con hoja de consejos básicos de alimentación e higiene. Tel. de contacto: IX LXXVII- CCLXXII- DLXXXI. Anuncio serio. ”. 
Siempre había considerado a la serpiente como un animal asociado a mitologías y leyendas. Por su capacidad de deambular sin patas, tragar presas enteras, mudar su piel o zigzaguear al compás de la melodía de un flautín. Aquel anuncio me brindaba una oportunidad de adoptar una mascota.
Tras descifrar el jodido número de teléfono que el hijo de puta del anunciante había incrustado en el periódico, lo llamé. Acordamos vernos en su domicilio, a escasas 5 manzanas de mi apartamento.
El domicilio del hacendado del anuncio era un chamizo sin forma definida, construida de cartón y hoja de lata. Su interior, lúgubre y dantesco, estaba tapizado de viejas esteras, con dos sillas de mimbre muy destartaladas y una cama de varas. Sobre ésta, a la cabecera, colgado al desnivel, se encontraba un brillante cuadro de El Dioni. Los ojos luminosos del intrépido ladrón de furgones blindados dominaban toda la extensión de la humilde choza.
-Adelante Sr. Prepuzio. Pase, pase, estoy en la habitación-  gritó el anfitrión.
La hediondez de la barraca, henchida de desperdicios, basuras y heces humanas, se hacía sentir por toda la chabola. Anduve unos metros, intentando esquivar las regurgitaciones que aderezaban el suelo.
En la habitación, un sonriente y atractivo treintañero, con la lozanía de un cutis amasado en canela, de facciones espartanas y cuyo cuerpo parecía haber sido tallado en mármol, aguardaba mi llegada sentado en un viejo sofá.
- Señor Machado- susurré con voz retraída. – Vengo a buscar la serpiente-.
La inmensidad de su presencia empequeñecía la habitación. Apenas pude reprimir una mueca de sorpresa ante aquel rostro asexuado, ante aquel cuerpo huérfano de prendas. No pude evitar fijarme en su pubis. Un enorme pene colgaba de su entrepierna, grueso tal tallo de olivo de Sojuela. La rugosa y depilada piel de su escroto dejaba al descubierto unos testículos faraónicos, como si de unas turmas de  gorila se tratara.
- Señor Prepuzio, ¿ Se encuentra bien ?- preguntó el mulato, mientras ordenaba las hojas de vacunas del reptil. Su boca rancia me obsequió con una sonrisa desdentada
Tragué saliva, angustiado, con mi corazón palpitando acelerado.
- Sí…Disculpe, es que tengo prisa…- murmuré más nervioso que Frodo en una joyería.– Si quiere entregarme la cobra…-.
- Por supuesto- añadió el mestizo. – Termino con la documentación, un autógrafo y la cobra es suya-.
Pude ver a la jodida serpiente en el suelo, enroscada, inmóvil, más tiesa que un gato de porcelana. Toda aquella situación no cuadraba en absoluto. Una mezcla incierta de desconfianza y rebeldía me apretaba el corazón, con una creciente sensación de que me había timado. 
- Oiga…Pero si la cobra,,,¿ Está muerta ?– pregunté perplejo mientras mi cabeza atravesaba las brumas de una premonición.
- No – añadió el mulato visiblemente irritado. - Está dormida. Si quiere despertarla para llevársela, tendrá que tocar la flauta-.






viernes, 4 de enero de 2013

LOS CABRONES DE LOS REYES MAGOS


Con la llegada de las Fiestas de Navidad, también llegó el acontecimiento que más ilusión me suscitaba: la visita de los Reyes Magos de Oriente. 
Esos míticos y grotescos personajes, coronados legendarios y desgreñados; aquellos tres mugrientos y barbados caballeros montados en sus camellos, que todavía hoy, colman puerilmente mi corazón de alegría, y me devuelven la ilusión perdida de la inocencia. 
Siempre había sospechado que tres hombres, maduros y varoniles, visitasen hogares año tras año, con la simple finalidad de hacer regalos. Era consciente que aquellos payasos transgredían la ley, entrando impunemente en casas ajenas. Pero a mis 40 años, continuaba ingenuamente enamorado de un sueño, hechizado por la aruspicina de esa noche mágica y profética, acongojado por no saber aún si mis deseos habrían sido o no concedidos, empecinado en verificar en primera persona la frase que tantas veces me habían repetido: ” Los Reyes Magos son como tus ojos. El tercero es negro”.
La oscuridad de la noche allá fuera, rota por los centelleos de neón y el resplandor de los escaparates adornados con motivos navideños, creaba un ambiente de algazara que lo inundaba todo. 
Salí al balcón provisto de unos binoculares que hábilmente había hurtado de un Leroy Merlín, dispuesto a contemplar la Estrella de Belén, brillando como una lentejuela sobre terciopelo nocturno. 
Tras un par de horas de tediosa espera, y con evidentes signos de hipotermia, cerré furioso la ventana y escupí la bilis con un gruñido. Ni rastro del jodido cometa. 
- ¡Maldita contaminación!- susurré contrariado mientras me frotaba con fervorosidad los genitales para entrar en calor. 
Los zapatos relucientes, 3 gramos de cocaína y una botella de cognac para los reyes, y el césped, arrebatado del jardín de mi vecino, hábilmente mezclado con cianuro para los camellos, aguardaban impacientes bajo el árbol de navidad.
Estúpidamente nervioso, decidí disponerme a depender de mi viejo televisor para sobrellevar las horas previas a la medianoche.  En el canal 5, un partido de exhibición de tenis femenino llamó mi atención. De forma astuta, subí el volumen para hacer creer a mis vecinos que estaba follando.
Me tumbé en la cama con sobredosis de café. No quería que me pasase lo mismo que años anteriores, cuando fui incapaz de levantarme al oír aquellos esperados ruidos en el salón. Los Reyes de Oriente iban a volver aquella noche, puntuales a su cita anual y no estaba dispuesto a perdérmelo. 
Lo tenía todo previsto. Un plan minucioso. Detrás de la puerta, entre el mugriento sofá y la grotesca lámpara de pie, estaba mi escondite secreto, aquel que había servido tantas veces a mi padre para ocultarse de mi madre cuando ésta iba borracha.
A las 24.00 horas, apagué la luz del dormitorio y salí sigilosamente de mi habitación, tumbado en el suelo en forma de cruz, y arrastrándome tal marine en misión secreta, me coloqué en aquel rincón que sería mi puesto de vigilancia durante todo el crepúsculo. 
El viejo reloj cucú marcó las tres de la madrugada. Ni rastro de aquellos cabrones. Yacía inmóvil, hastiado, tremendamente aburrido en aquella jodida guarida. Una cruel y bizarra idea se cruzó por mi cabeza. Cogí el calcetín que adornaba el árbol de navidad, me lo enfundé en el pene a modo de profiláctico, y me masturbé. Cuatro veces. Cuando empezaba la quinta autoestimulación, oí como si un gato estuviera arañando las maderas del balcón. Con el corazón casi saliéndome por la garganta, posé mi dedo índice sobre el interruptor, pero no me atreví a encender la luz.
- ¡ Ya están aquí los Reyes Magos !- exclamé entre sollozos y con voz entrecortada. 
Asomé la cabeza para observar como dos sombras deambulaban siniestramente por el salón a gran velocidad. Lo primero que me llamó la atención es que no vestían con sus largas y pomposas túnicas, sino que iban en chándal y calzaban  zapatillas. Atribuí el hecho a la crisis. Entre ruidos, oía voces, pero tan bajas que no entendía lo que decían. Decidí asomar de nuevo la cabeza. Ahí estaban Melchor y Baltasar, aspirando por su nariz el estupefaciente y sorbiendo el brandy que les había dejado preparado. Aquellos desgraciados se estaban dando un fastuoso festín. 
Pero ni rastro alguno de los regalos. Ni rastro de Gaspar. 
Mis manos no habían dejado de temblar, y la tristeza  se apoderó  mí. 
Noté como mi corazón se ahogaba en el fango, dagas de hielo clavadas en mi alma. El dolor me invadió suplicando a mis ojos que derramaran lágrimas. Los Reyes Magos se habían olvidado una vez más de mí.
-¡Anastasio, Anastasio!- susurró una voz afrancesada.
Acurrucado en la esquina, me froté los ojos.
-¿ Quién es? ¿Quién me habla?- exclamé perplejo.
-¿ Por qué lloras, hijoputa?- añadió aquella hercúlea figura con tono conciliador.
-¿ Quién eres?- murmuré acojonado.
- Soy Gaaaaspar, tu rey favorito. No me he olvidado de ti, cabrón. He venido desde tierras lejanas para hacerte un regalo muy especial- respondió aquella voz con evidentes signos de embriaguez. 
Una emoción indescriptible se apoderó de todo mi ser; sentí que la voz se me anudaba en la garganta, estallé en un sollozo inmenso.
Gaspar por fin no se había olvidado de mi.
Con el rostro bañado en lágrimas, encendí la luz del salón. Y allí estaba él, soberbio, divino, célico. 






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