miércoles, 2 de marzo de 2011

LOS CABRONES DE MIS SUEGROS


Era Domingo a mediodía. El sucio parabrisas de mi viejo coche amortiguaba ligeramente el sol. La calefacción resollaba asmática y solo proporcionaba cierto alivio contra el implacable frío. Me sudaban las manos, las nalgas y los pies. Escupí un par de veces mientras me limpiaba los labios con el torso de la mano tratando de apartar el horrible sabor a vómito de mi basta boca. Me encendí un cigarrillo con la facilidad  de  los fumadores principiantes, pero apenas pude sostenerlo entre mis agrietados labios. El pitillo me cayó dos veces y la llama del encendedor abrasó mi granulada nariz. Estaba tremendamente nervioso. Habíamos quedado para almorzar en casa de los padres de Jacinta. Los hombres sienten un gran temor por conocer a su ‘suegro’. Temía, como pasa en las películas cómicas, que su padre, extremadamente celoso, analizara todas mis miradas, especialmente aquellas que hablan de deseo carnal por su hija. Apareció Jacinta por el portal de su casa, hermosa, radiante, cautivadora. Vestía un sugerente top que a duras penas sostenía unos desproporcionados pechos que dejaban al descubierto un velludo ombligo perdido entre flácidos michelines. Ataviada con minifalda, lucía unas sensuales medias de rejilla. Parecía un redondo de ternera. Su burdo maquillaje dantescamente dibujado con macrobrocha para ojos, pretendía simular el trazado del ojo de los papiros egipcios. 
-“¿Voy bien?"- preguntó besándome la mejilla. -“Estás espléndida”- respondí mientras mi pequeño amigo intrainguinal empezaba a despertarse al admirar sus curvas. Subió al coche e iniciamos la marcha. Apenas 10 minutos nos separaban de aquella infernal cita. Llegamos puntuales.
Saturnino, el padre de Jacinta, abrió la puerta. Vestía un mugriento chándal de color vistoso, reflectante, como los chalecos de los basureros.
“¡¡Buenas tardes, cabrones!!” saludó enérgicamente mientras se acomodaba el paquete testicular. Besó a su hija y me miró fijamente, escrutándome. Se acercó y me abrazó. “ Bienvenido a nuestra humilde morada, Anastasio. Ya teníamos ganas de conocerte “. Pude oler el tufo de sudor fresco mezclado con el dulzor nauseabundo del anís.-“ Pasemos al salón”- sugirió con voz siniestra. 
Saturnino me pasó un brazo por los hombros y sonriendo satisfecho me susurró al oído-” Así que tu eres el maricón que se tira a mi hija…bien, bien...”. Apenas pude articular palabra. No por su jocoso comentario, sino por su molesto y hediondo aliento.
Sentada en el sofá yacía Anacleta, la madre de Jacinta. Estaba ejercitándose con uno libro para colorear. Absorta, se hurgaba la nariz con regocijo. Su rostro se deformaba aún más de placer cuando conseguía pescar alguna de las inmundicias que poblaban su mugrienta cavidad nasal.
-“ Mamá! Ya estamos aquí!! ”- gritó Jacinta tal mercader de zoco. Anacleta se levantó del sofá y abrazó a su hija. “Este es Anastasio, mamá”. -“Que feo es, hija…”- murmuró aquella grotesca mujer mientras me saludaba con su rezumada mano. Sin duda aquella desgraciada no se había mirado al espejo.
Nos sentamos a la mesa. Tras un repugnante aperitivo a base de patatas rancias, canapés con moho y aceitunas podridas, Anacleta sirvió la sopa de tropezones. La cara de Saturnino se iluminó tal semáforo en ámbar y se abalanzó sobre el plato como un indómito depredador. Aquella criatura tenía hambre de perro. Sorbió la sopa como un poseso, sin pronunciar palabra, golpeando el vaso con los cubiertos tal compositor en plena inspiración musical. Que estampa más miserable. No pude evitar el estúpido parpadeo frenético que acompañan los tópicos de la sorpresa. Probé la sopa. Sabía a bazofia, a puerto, a metales pesados. Aquel caldo estaba guarnido con trozos de chorizo, limones, pelos rizados, serrín, brocas de taladro,  y un sinfín de inimaginables complementos gastronómicos. Excusándome en una reciente gastroenteritis, opté, en una decisión atinada, por no acabármela. Aquel Domingo se estaba convirtiendo en una espeluznante pesadilla. 
Saturnino se levantó para servir el segundo plato. Anacleta aprovechó su breve ausencia para escupir dentro de la copa de su marido las infectas expectoraciones de su cruel resfriado.
Me estaba mareando. 
El padre de Jacinta apareció con el pollo adobado. Lo sirvió con sus zarrapastrosas manos en el mismo plato de la sopa. Anacleta se abalanzó sobre él tal cachalote atacando un banco de anchoas. Engullía sin desmenuzar, como una alimaña surgida de las tinieblas. Con las manos llenas de grasa, chupaba astutamente hasta el último hueso, para terminar limpiándose las manos en el mantel. El sudor bajaba a chorros de su papada hacia su profundo y arrugado escote. Nadie osaba hablar. Todos zampaban. Los latidos de mi corazón aumentaron dando retumbos como si quisiese salir de mi pecho con un solo latido. Ver el horrible efecto de sus masticaciones al unísono, me provocaba náuseas. De repente noté como un deforme y maloliente pie acariciaba mi zona escrotal. Entendí que Jacinta, avergonzada de lo que allí estaba sucediendo, quería confortarme. Le sonreí en un guiño forzado, agradeciéndole el gesto.
Jacinta se levantó para traer el pastel. Un estremecedor espasmo recorrió mi seboso cuerpo al tiempo que empezaba a sudar: el pie seguía allí, en mi pubis, juguetando con mis glándulas testiculares. La cabeza me daba vueltas, prolegómeno de la crisis de vértigo que tanto había padecido en situaciones de estrés. Agarré un tenedor, y tal torero estocando al astado, hinqué con todas mis fuerzas el cubierto contra el foráneo y amorfo pie. Un grito, un atronador rugido, como el bramido de una bestia a la que están degollando, rompió el silencio del salón. Era el cabrón de Anacleto que dolorido, se frotaba el pie mutilado. Llegó Jacinta con la tarta, sonriendo, dando groseros lengüetazos al pastel como un sucio perro famélico. La vista se me empezó a nublar. Mi cabeza daba vueltas y más vueltas. Se me escapó un sollozo de angustia y me desvanecí.
Desperté aturdido 3 horas después. Acostada en mi cama aguardaba Jacinta. Me besó la mejilla y susurró: -" Hola cariño. ¿Quieres un trozo de pastel?".








13 comentarios :

  1. jejejeje....me recuerda a mi éfimera pero consecuente con su cabello, suegra. Todo era grasa. Por fuera y por dentro. Pero sus potajes de ajo, cardo, caprino y pedazos de trozos de retales de cerdo...eran inigualables. Un saludo...y duchese...supura hedor sobaquero..de nada. A mandar.

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  2. Se me han quitado las ganas de ir a comer a casa de mis suegros este fin de semana!
    Divertidísima Sr. prepuzio!

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  3. Por Diossssssssss! menuda situación!!! Permítame una pregunta algo personal,,,Que encuentra en Jacinta, Sr. Prepuzio???

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  4. Impresionante la escena: "Anacleta aprovechó su breve ausencia para escupir dentro de la copa de su marido las infectas expectoraciones de su cruel resfriado."
    Me he partido ;)

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  5. Apreciado Miquel,
    Entiendo pues que su querida suegra era una auténtica guarra. Diestra sollastre pero una solemne roñosa.
    Apreciado Sito,
    Jacinta es la primavera que le da dulzura a mis estúpidos artículos, mi inspiración, el amor de mi vida. Es fea, acojonantemente fea, pero la amo.

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  6. Esperé a terminar de almorzar para terminar de leer el post. Desagragables los suegros x_x

    Saludos cordiales.

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  7. bua tio, eres grande!
    muy grande..!

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  8. sr.PREPUCIO,nunca se ha preguntado que es,lo que paso en esas tres horas,en las que estuvo,desmayado?.......

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  10. Tremendo, Dantesco, me recuerda mogollon un (ex)Bar de Cierto pueblo donde Trabaje, je je,
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