viernes, 29 de julio de 2011

LOS PADRES DE ANASTASIO PREPUZIO


Hoy mi quiero dedicar este artículo a mis padres por todo lo que han hecho por mí. Infatigables trabajadores para que no me faltara de nada, lo han hecho y lo hacen incansablemente todavía a día de hoy por verme feliz. Sí, he heredado su atroz y aterradora genética, pero siempre han estado pendientes, dándome todo el amor del mundo. Me han enseñado la importancia de ser buena persona en la vida, la humildad, la tolerancia con todo tipo de individuos, culturas y pueblos, me han adoctrinado a respetar todas las opiniones, a luchar por un mundo mejor, a combatir las injusticias allá donde se den y no rendirme nunca en la defensa de la democracia y los derechos humanos: Si soy como soy es gracias a ellos. Son las personas junto a Jacinta más importantes de mi vida:


ANGELINO PREPUZIO
Nacido el 31 de Febrero de 1942. Sí. El 31 de Febrero. Con dos cojones. Catedrático de acordeón y armónica en la Universidad Budista de Teherán  y Diplomado en Gimnasio Moderno por la Universidad de El Cairo, ejerce actualmente de salvavidas en playas nudistas. No  es demasiado inteligente. Nunca sabrá calcular un logaritmo ó una raíz cuadrada. Tampoco lo necesitará. Hombre con notables carencias en la riqueza de su vocabulario, ha compatibilizado su profesión con la publicación como poeta y ensayista de una treintena de libros. De su obra poética destaca " Que lindo es amar. Mucho mejor es follar"; y de la ensayística " Los tres agujeritos de Lulú".  Hombre de cejas como espantosas bufandas de lana, se mantiene en buena forma física y mental. La primera la logra gracias a la petanca; la segunda, con el coleccionismo de brocas para taladro.  Excéntrico y extravagente fue detenido en tres ocasiones por excavar el jardín de su vecino en busca de un tesoro perdido. Enderechador de plátanos y amante de los libros para colorear, me enseño a sopesar voluntades en base a las inapetencias y de él adquirí la pasión por la zoofilia.

FROILANA TOCINO.
Nacida el 14 de Noviembre de 1947. Curso avanzado de plastelina por el Institute of Economic Affeirs de Harare ( República de Zimbabue ), es recordada  en la Universidad por realizar los exámenes tocando el tambor. Vino al mundo con una enfermedad conocida como hipertricosis, que se caracteriza por un crecimiento excesivo de vello y una dentición anormal que en su caso es de dos filas de dientes. Orgullosa, tenaz, persistente y halitósica, es una mujer en apariencia impulsiva, contundente en sus argumentaciones y de palabra tan incisiva como veloz.  Hija de un humilde vendedor ambulante de globos y confetis, Froilana Tocino, le encanta conversar eructando, y lo mismo habla de cine que comenta su pasión por los deportes de equipo o su escasa afición por leer novela. Modelo frustrada, que devuelve los buenos días al presentador del telediario, imagen misma del tesón, el trabajo y el talante negociador, esta atractiva mujer de 64 años regentó una humilde botica de calcomanías durante 10 años. Mujer coqueta y vanidosa, su frágil apariencia se eclipsa ante la abrumadora seguridad que irradia. Amante de la humillación de góticos vertiéndoles pintura blanca por encima, es una adicta a gastarse el dinero de la compra en las máquinas tragaperras y disfruta quemando coches después de leer revistas del corazón. De ella aprendí a aparentar ser idiota delante de un idiota que aparenta ser inteligente. Me enseñó a resolver mis problemas mediante el método mayéutico.




PRIMERA PISCINA PARA LOS VEGETARIANOS







lunes, 25 de julio de 2011

LA VISITA AL PSIQUIATRA

Durante algunas temporadas sufro de un insomnio ansioso y pertinaz. Me masturbo escuchando como una cámara rebobina un carrete. Hablo con mis bambas porque pone Converse. Voy por la calle y me lanzo brutalmente de cabeza al suelo para sorprender a la multitud. Saco el pene en una discusión y lo golpeo en la mesa para imponer respeto. Humanizo mis aparatos electrónicos bautizándolos. Ando  por la calle como un borracho intentando esquivar a un francotirador. Me agrada hacer misas negras en los baños del Mercadona. Disfruto yendo a bazares chinos y seguir a los dependientes. Ansío viajar a la isla donde están reclutados los modelos de anuncios de colonias. Creo haber nacido en el Renacimiento para que mi fofez pase desapercibida. Y es que tengo el conocimiento justo para no mearme en los pantalones.
Son unos delirios francamante  molestos y cuando me empezaron a ocurrir, al consultar con mi médico de  cabecera, uno de aquellos doctores que nunca recomiendan lo que los otros 9 si hacen,  me aconsejó derivarme al psiquiatra para que el especialista supervisara la atroz patología de mi dolencia.
La sala de espera era lóbrega, abarrotada de gente, y yo inquieto no paraba de mirar el reloj cada cinco minutos, intentando, camuflarme, mirando a diestro y siniestro antes de entrar a la consulta, como si fuéramos espías de la CIA evitando encuentros indiscretos. Ya había ojeado todas las revistas de macramé que, de forma desordenada, se ubicaban encima de una pequeña mesa esquinera. Caras largas y silencio total en aquella consulta para dementes, roto por alguna que otra tos tuberculósica de alguno de los que allí esperaban. Estaba más tenso que un daltónico desactivando una bomba. Pensé marcharme y pedir de nuevo hora otro día, pero me volvería a pasar lo mismo.
Por fin salió la psiquiatra cabizbaja y me hizo pasar al despacho.La doctora era una mujer de labios atractivos y unos ojos adorables grandes y tiernos que me trastornaron.  Su figura esbelta, y ese peinado que decide la almohada me cautivaron. Una mujer hermosa, brillo de sutil elegancia, confundida entre bella flor y mariposa, envuelta en el glamour de sus secretos. Segura, alta y orejas de zorro. Le narré con todo lujo de detalles mi patología. Ella sentada como un emperador prusiano en su butaca, tomaba notas en su diminuta libreta. Me interrogaba, me consultaba, interpelaba preguntas freudianas. Noté cierta ironía en sus palabras por no decir hijoputismo. Pero esa mujer me estaba poniendo muy nervioso. Apenas escuchaba lo que me estaba explicando. Lo cierto es que tenía la boca perfecta, unos pechos turgentes, sus pezones estaban duros, no cabía la menor duda. Su perfume me atraía como un animal en celo, las sensaciones que me provocaba aquella mujer se dirigían todas a un único lugar: mi pene. Crucé mis piernas y las friccioné sintiendo mi sexo caliente. Ella hizo lo mismo. Lo entendí como un gesto de complicidad. Pero un escalofrío me recorrió entero dejándome helado, paralizado, sin poder pronunciar palabra alguna. Mi mirada se dirigió instintivamente hacia su entrepierna y entonces me quedé boquiabierto. De su bragadura sobresalía una gigantesca y descomunal verruga. La examiné con discreción. No. No era una verruga. Era una bolsa escrotal. Sin pronunciar palabra alguna, salí de la consulta asustado, recordando aquellos enormes testículos de la/el psiquiatra.


viernes, 22 de julio de 2011

UNA PROSTITUTA ME AGREDE BRUTALMENTE

Decidí  abrir mi ordenador para entrar en el ciberespacio y recorrer las mejores webs eróticas. Lo hacía cuando estaba muy nervioso y me  tranquilizaba navegar por las páginas de contenido fetichista. Probé con varias configuraciones que se me ocurrieron y, con sorpresa, accedí a una web. Hice clic en entrar, tras varios intentos fallidos por los notorios temblores en las manos que tanto había agradecido cuando iba a orinar. La pantalla del PC mostró la pagina principal en cuyo encabezado advertía: “señoritas de compañía”. Las chicas de alterne estaban clasificadas por raza y color de pelo. Preferí abrir el espacio correspondiente a las rubias. En una franja corrediza aparecieron ante mis depravados ojos, las imágenes en tamaño reducido de las prostitutas con su nombre debajo. Con una sensación de absoluta taquicardia, elegí a Jennifer. La foto revelaba una rubia muy sexy y extremadamente bronceada. Estaba arrodillada, desnuda, comiéndose  incomprensiblemente un plátano, y mostraba un cuerpo escultural con unas curvas sencillamente peligrosas. Un verdadero sueño de chica. Sus pechos colgaban pesadamente. Tenía el pelo alborotado que parecía apuntar en todas direcciones e inmensos y temibles ojos celestes enmarcados por unas largas y bellas pestañas. Denotaba elegancia, con un aspecto muy pulcro. En la descripción decía tener: "22 años. Medidas: 90-60-90, 1,72 de altura y 55 kilos". Debajo figuraba el número de su móvil y una frase reveladora indicaba "Atiendo clientes a domicilio. Espero verte pronto. 200 € la hora". Sus pezones y el fino vello de su pubis me atrajeron provocándome el hambre creciente del deseo. Comencé a sentir un calor familiar en la entrepierna. Realicé  una llamada al móvil. Acordamos que la cortesana me visitaría en un par de horas. Ella se despidió cariñosamente con una risa muy ensayada. Estaba nervioso por la cita. Mis rodillas temblaban, el corazón cabalgaba atropellado y mi estómago se revolvía incómodo en su minúsculo habitáculo. Me vestí con americana y corbata. El traje me caía como una especie de trapo que alguien había olvidado en un mostrador y el nudo de mi corbata era un espanto de epilepsia. Expectoré y nada más hacerlo, noté una generosa cantidad de flema que ascendía desde mis pulmones. Tenía que ir al baño. Mi cuerpo quedó de pie en el espejo que poseía el aseo. Las pupilas se me dilataron al extremo de la locura. Una mueca macabra se proyectó en el espejo al ver mi rostro desfigurado. Languidecía por momentos. Mi pierna derecha sufrió un tembleque, constante e imparable. El miedo me petrificó al momento. Cada músculo, articulación, agarrotados por completo. Estaba viendo una figura humana mezcla de híbrido y hombre leproso repulsivo y atávico. Estaba contemplando un molusco de náusea, fermento y horror. Un ser asqueroso, repugnante y surrealista. Un hombre inmarcesiblemente estiercolizante y monstruoso. 
Sonó el timbre. Era la hora. Con los nervios a flor de piel, miré por la mirilla de la puerta y la vi. Era Jenny, lozana, exuberante, hermosa. Abrí la puerta. La prostituta se estremeció de asco al ver mi rostro nauseabundo, seboso y repulsivo, cubierto de llagas y úlceras. Deposité dos besos en sus mejillas. Jenny los sintió como dos pinchazos de repugnancia y grima. La invité a pasar. Llevaba unos pantalones entallados y una blusa de algodón que dejaba ver unos pechos opulentos. Me sentía nervioso  y emocionado. Apenas cerré la puerta, la muchacha comenzó a despojarse maquinalmente de sus prendas. -“¿Tienes prisa desgraciada?”- le pregunté educadamente. La fulana se detuvo, abriendo desmesuradamente los ojos al volver a contemplar tanta fealdad.- “No. Es la costumbre”-. contestó. Me acerqué y empezé a acariciarle el pelo. La besé. Ella en un acto reflejo cerró los ojos. No de pasión. De asco. De horror. Le cogí de su mano y la acompañé hasta mi habitación. Me senté en la cama desajustándome la corbata y señalando con la cabeza el espacio a la derecha del colchón para que mi acompañante se sentase a mi lado. -“Primero págame”- advirtió. Saqué del cajón de la mesita de noche 200 € y se los entregué.- “Son 600 € “ recriminó la muchacha. -“Como que 600€?, si me dijiste que eran 200 la hora!!!”- le respondí contrariado.-” La tarifas por los servicios de zoofilia son 600.”- concluyó la prostituta. Me había cobrado el triple. Por feo. Enojado accedí a su petición y le aboné la cantidad. Nos empezamos a desnudar. Mis calzoncillos parecían de escayola. Estaban tiesos como si los hubieran confeccionado con la vendas de una momia. La parte baja era como un nido de golondrinas, duro,como las piedras, lleno de pelusa por dentro y haciendo en el medio una cazoleta muy apropiada para guardar mis testículos. Ella desnuda, medio arropada por una sábana blanca, fingía una media sonrisa. Me abandoné por completo a su cuerpo desnudo, palpando sus rincones más secretos. Lamía con vicio sus pechos perfectos, besando sus nalgas duras y tersas. Sus labios tiernos, sabían a fresa. Mi lengua recorría la piel de aquella diosa, bañada en la luz de la luna y neón. Mis dedos exploraban la turgencia de sus genitales. Jenny cerraba los ojos ante tan horripilante imagen, obstaculizando su visión con las manos para no ver a ese excremento humano. Cuando más excitado me encontraba, ella se apartó súbitamente, se asomó a la orilla de la cama y vomitó copiosamente. Una desconsoladora tristeza se apoderó de mi. Que ruin y sórdido momento. Los apodos, los insultos que desde niño me  habían acompañado irrumpieron en mi cabeza: “Sapo, marrano, sucio, puerco, obeso, gordo, hipopótamo, seboso, hediondo, batracio, …” Inútilmente traté de eliminarlos. Sentía lástima de mi mismo. Que estúpido modo de engañarse con amores que desnudaban y vaciaban el alma. Sentía como las si imágenes de una pesadilla se materializaran con una ferocidad inaudita. Sí, era un “hombre” feo, repugnante, seboso, un aquelarre de ser humano, repulsivo y nauseabundo que había conquistado el cielo de los marranos, pero para un cliente con dinero, cualquier cosa es posible en el mundo de la prostitución. No hay tabúes ni fetiches demasiado raros que el dinero no pueda hacer posible.-” Ahora tómame”- ordené a la muchacha. Jenny me miró con cara de pena y ojitos de carnero degollado. Sus ojos seguían arrojando odio y repulsión. Se acercó a mis labios y pudo percibir mi fétida exhalación. Reteniendo el aliento, sin siquiera poder pestañear, con la fuerza justa para no caer desmayada y apartando a manotazos la nube de mosquitos que rodeaban mi boca, Jenny se dispuso a besarme. El ofrecimiento monetario era demasiado goloso para que las excusas saltaran. Una sensación de náuseas y arcadas se apoderaron de nuevo de la prostituta. Vomitó. Esta vez sobre mi cuerpo deforme y mórbido. Jenny, antes de que me diera cuenta de lo sucedido, y en un acto reflejo, agarró la lámpara de cerámica de la mesita de noche y me atizó con ella en la cabeza. Lanzó un certero golpe contra mi cráneo, de media vuelta, incrustándome el candelero en mi mugrienta cabeza, seguido de un quejido, como el crujir de los huesos. Otro y otro más, en una brutal seguidilla de golpes, con los dientes apretados, muy apretados y una inusitada fuerza. Con una energía descomunal causada por la propia exaltación y repulsa hacia esa bazofia humana, siguió dándome golpes, con el puño y luego con un taburete que por allí encontró. Yo sangraba por la nariz, por la boca, por los ojos y por todas aquellas heridas ocasionadas por la maldita paliza que me estaba propinando merecidamente aquella prostituta. Cuando mi cuerpo yació inmóvil, ensangrentado e inerte, Jenny dejó de apalearme, y presa del pánico, abandonó apresurada aquel apartamento apestoso, no sin antes patear, escupir y maldecir de nuevo mi cuerpo lardoso y seboso. Jacinta me encontró dos horas después. Con extremada cautela, curó mis heridas. No me preguntó lo ocurrido. Ella es fea, repugnante, pero me ama.






martes, 19 de julio de 2011

ODIO A LOS BRONCEADOS

Existe una minoría de personas que odia ir a la playa. Yo pertenezco a ella. Aquellas piedrecillas grises, de esas que parecen masajear el pie, pero que en realidad lo joden de mala manera, mutilándote uñas y plantas de los pies. Arena colonizada por colillas, trozos de carbón, condones, vidrios, botellines de plástico, papeles y pequeños roedores. Además la jodida playa tiende a absorber calor como un panel de energía solar, así que toca caminar dando saltitos afrancesados a partir de las doce de la mañana. La playa no es un lugar desierto y alejado de la civilización. Suele estar rodeada de infames restaurantes que anhelan convencer a los foráneos. Muchos llevan los calcetines subidos: el porqué lleven así las medias es uno de los mayores misterios de la humanidad turística. Otros prefieren sombreros de dudoso gusto, y camisas del siglo diecinueve. El método infalible para identificar al guiri: es aquel que mira perplejo, durante veinte minutos, los carteles con las fotos falsas de la paella y el arroz negro. Debe pensar que se trata de una exposición de arte moderno. Odio esos restaurantes de comida basura, caros y lentos. Odio  nadar y observar la riqueza de fauna y flora de su fondo. Es como nadar en un gran plato de mierda, viendo un simpático fondo marrón verdoso. Si hay suerte, podréis veros los pies. Si no la hay, y eso es casi siempre, tendréis la impresión de estar navegando en una sopa de algas y basura. Ocasionalmente una medusa rozará vuestro pie, incrementando la experiencia masoquista playera: el garito de la Cruz Roja está a cien metros, y para llegar ahí toca arrastraros con los codos. No gritéis, no sirve: todos gritan en la playa. Cuando finalmente llegáis, descubrís que los voluntarios se han ido a pasarlo bien con el fueraborda. Después del baño, toca ducharse para despojar la sal incrustada en nuestro cuerpo, es decir, caminar debajo del sol, como un estúpido nómada, hacia lo que parece un tubo del que sale agua de forma irregular. A veces no funcionan. A menudo, ni siquiera existen. Algunos ayuntamientos, sabedores de que hay gente que viene a ducharse incluso con champú, han cambiado las duchas por lavaderos de pies.
Pero especialmente odio a los bronceados.
Parece que acaban de llegar de la playa. Ese litoral en que las señoras de la orilla apoyan los brazos en la cadera y en el que los niños se convierten en obreros en potencia. Siempre. Sea la estación que sea. Están abonados al solarium de debajo de su casa y en verano, especialmente, intentan no perderse ni uno de los rayos de sol que proporciona el astro Rey. Igual que los anoréxicos se ven gordos, ellos se ven blancos. Aunque parezcan auténticos conguitos, para ellos nunca es suficiente. Los científicos que han estudiado estos comportamientos, han bautizado esta patología como tanorexia. No obstante todavía no se han definido si la exploración de los agujeros negros podría considerarse sodomía. Son los obstinados por lo bronceado, por tener una piel color café. Y es que en la actualidad ser blanco es síntoma de enfermedad, de decadencia, de atroz dolencia. Estos gilipollas se echan en la arena cual sardina en barbacoa, tumbados, al punto como entrecots humeantes y enrojecidos para conseguir pieles bronceadas que al final se convierten en color naranja, tal enfermo de hepatitis. Son individuos a quienes les encanta sudar como gorrinos cual pollo al horno, para coger ese agradable tono rojo tomate, y que les duela cada centímetro de su cuerpo cuando una tela les roce. Odio a todas esas personas que huyen de los atascos de las grandes urbes para meterse en los atascos de las grandes playas. Su patético deseo: SUFRIR. Se desnudan y se acomodan bajo el justiciero sol, como miles de focas lo hacen para aparearse, buscando abrasar su piel para enriquecer al dermatólogo. No encuentro divertido estar cuatro horas bajo el sol para volver a casa como una gamba. Para nada. Imbéciles.





viernes, 15 de julio de 2011

LA MORCILLA DE BURGOS

Me desperté sobresaltado, sudando y con el pulso latiéndome desorbitadamente. Maldije pasándome la mano por la frente y miré la hora en el reloj de números rojos que bailaban en el techo de la habitación. Eran las 2.50 AM. Llevaba un rato haciendo esfuerzos sobrehumanos por despertarme y huir de lo que estaba soñando. Una horrenda pesadilla basada en hechos reales que habían golpeado mis sienes como martillazos. Recordaba perfectamente la secuencia narrativa de los hechos y las imágenes que me habían atormentado en la pesadilla: mi terrible infancia. Recordaba como fui criado por una anciana ciega porque fue la única con tripas para desnudarme y cambiarme. No tuve amigos de juego ni gente que me sonriera en mi niñez. En la adolescencia flirteé con la idea de volverme homosexual porque comprendí que solo podían amarme de espaldas.
Mis orejas descomunales, mi marcado tartamudeo , los ojos saltones carentes de iris y pupila, y mi severo acné me habían conferido un aspecto aterrador, horripilante, espeluznante. Recordaba con aflicción como la gente de pueblos lejanos se acercaban a mi casa para tener oportunidad de escupirme y arrojarme alimentos en descomposición. En esos sueños que irrumpieron ruinmente en mi cabeza, rememoraba con desconsuelo como el cura del pueblo impulsaba con vehemencia que me arrojaran a la justicia de la hoguera ya que me veían como al mismísimo hijo del diablo.
Había llegado el gran día. La noche en la que Jacinta vendría a cenar, y con las lentejas y las morcillas de burgos que le prepararía, conseguiría lo que tanto anhelaba: copular con ella. Ya le propuse en una ocasión ir a fornicar. Ella pensó que era una empresa de alquiler de vehículos. Pobre desgraciada. Fregué mi apartamento en la dirección equivocada y me quedé atrapado en un rincón de la casa.
Me vestí con rapidez unos vaqueros desgastados, una camisa imperio, pecho palomo con mi mechón sobresaliendo por la camisola,  y unas sandalias blancas. El aire olía a lluvia, el cielo estaba gris y unas gotas dispersas golpeaban ya las baldosas de la calle. Emprendí  la cuesta que conducía al supermercado, con paso firme, creyéndome descaradamente atractivo, con mirada de galán, ademanes de señor y la sugerida picardía de un rebelde sin causa. Observé los perritos tristes atados fuera del supermercado. Cogí un carrito con una hoja de lechuga y entré en el hiper. Mientras me dirigía a mi destino, una chica enfundada en un chaleco fosforescente con un cartel que rezaba “NUEVA CREMA ABERDEEN, REJUVENECE TU ROSTRO EN 7 DÍAS. PARA HOMBRES Y MUJERES. TE SENTIRÁS MÁS ATRACTIVO/A”, repartía propaganda a todo aquel que pasaba y la quería recibir. Cuando estaba a un metro suyo, la chica bajó las manos, agachó la cabeza y dejó que pasara de largo sin siquiera hacer el gesto de darme la publicidad. Visiblemente irritado, paré mi marcha y le pregunté por qué me negaba la propaganda. La chica me respondió que no había crema en el mundo que pudiera rejuvenecer mi asquerosa cara de sapo. Hija de puta. Cabizbajo, pronuncié  un tímido hasta luego y emprendí el camino de la charcutería.  Estaba sudando, jadeando, con los riñones al jerez de tanto luchar con el puto carro. Habían marujas con su chándal y sus tacones  con un culo tan gordo que obturaban el tráfico. La Jessica, que estudiaba cada artículo detenidamente, lo comparaba con la competencia, lo sopesaba, analizaba ingredientes, fechas de envasado, caducidad, precios, etc. ¿Pero qué cojones mirará la muy desgraciada? Su Marido, cara de culo estreñido, a punto de soltarle la tercera hostia al niño de 5 años que lleva tres horas llorando por un chocolate que regala cromos de Pokemon. La hija mayor, de 18 años, llevando unos pantalones negros talla 46 a punto de estallar. La vieja que circula por el pasillo como Ben-Hur. Aquello era la jungla. Cargo el whisky, la coca-cola, los frutos secos y las lentejas. Quería comprar también un boomerang nuevo pero desistí al ignorar como deshacerme del viejo. Llegué a la charcutería y una decrépita anciana con moño se cruzaba la bata pidiendo ¼ de chóped. Salta el número 69 en el tablero rojo de la carnicería. Mi número. ¿Un presagio?. Tal vez. Una asquerosa charcutera, que se creía que trabajaba para Gucci me pregunta: -“ Que te pongo cariño?”-. Pero que se ha creído la muy zorra, si no me conoce de nada. –“ Póngame un paquete de morcillas de Burgos”- le respondí.”-¿Algo más cielo?-“No, eso es todo puta!”-le repliqué contrariado. No hay cosa que más me cabree que me traten como si me conocieran de toda la vida. Al cargar las morcillas en el carro, un escalofrío recorrió mi cuerpo. Aquellas butifarras tenían un aspecto familiar, tremendamente conocido.Saltaron las alarmas dentro de mí, empecé a sudar, me faltaba el aire y la ansiedad cubrió la poca elocuencia que aún tenía. Noté que iba para atrás, vacilé un poco perdiendo el equilibrio y caí de espaldas. No!, No!, Otra vez no!.Dentro del paquete de morcillas, había un pene. Uno de aquellos falos que tanta angustia me producían:



martes, 12 de julio de 2011

EL BISONTE ESPAÑOL

El bisonte español (Bison hispanicus) es una grotesca especie de mamífero artiodáctilo de la familia Bovidae. Es el aberrante mamífero de mayor tamaño de Europa y uno de los más amenazados, por lo que es objeto de varios programas de reproducción en cautividad llevados a cabo en parques zoológicos. Es de aspecto similar al bisonte americano, pero de constitución más ligera, repulsiva y grimosa, cuya armadura está constituida por un mosaico de espesas placas afelpadas. Su silueta es maciza, abracadabrante, con los cuartos delanteros muy desarrollados, patente y poblado bigote, la cabeza ancha y grande y la cruz marcada, exceso de vello púbico, axilas floradas, tupidos rulos en las piernas e hipertrofia gingival. Sus cejas se asemejan a espantosas bufandas de lana. El color del pelaje es pardo oscuro, largo, y particularmente desarrollado en la cabeza, hombros y pubis, y su dermis está salpicado irregularmente por montículos y pedregosas llanuras de granos jóvenes y puntos negros. De nariz afilada,  capaz de ensartar un cochinillo con la eficacia de un pez espada, también están provistos de una pequeña barba en la garganta, y la cola está recubierta por pelo parasitado. Los becerros suelen tener el pelaje más claro que el de los ejemplares adultos. Ambos sexos poseen cuernos, los cuales son cortos, gruesos, y orientados hacia arriba, y cuya longitud máxima registrada es de 3 cm. El bisonte español mide de 150 a 175 cm,  y  su fórmula dental es la siguiente: y= f(x) β≤logy*69{x>b}=  320 piezas dientes. Acojonante.
El pelo en estos cuasi-humanos, ejemplares híbridos y distintos, incapaces de calcular un logaritmo, tiene una fuerte carga simbólica, que a menudo confina con la estridencia. En las hembras, sobre las que pesa en mayor medida el canon de la belleza lampiña, el cabello, las barbas y la pilosidad en general son causa de repeluzno en la que bien podríamos llamar la Civilización de la Gillette. Sobre la forma en que se ha obligado a las bisontes a vivir en un extraño margen de anomalía y ambigüedad —mitad bestia y mitad humano, mitad mujer y mitad hombre—, casi siempre condenadas a un trato de “curiosidades” en espacios acotados como la corte, el circo o tracción de feria, fueron objeto de morbo científico, presentadas como la prueba viviente del eslabón perdido perteneciente al terreno del mito o la ficción, En contraposición a los bisontes americanos, los Bison Hispanicus nunca han gozado de la vida en las praderas y espacios abiertos, sino que establecieron su hogar en los bosques, tanto de hoja caduca como de coníferas y en pequeños pueblos de áreas rurales. Antiguamente, los bisontes españoles caían ocasionalmente víctimas de lobos, osos, mapaches y liebres, pero hoy en día estos animales prácticamente han desaparecido de la península por la caza furtiva a manos de despiadados cazadores que los abaten con balas de plata.
Que hayan cerrado las visitas a las Cuevas de Altamira ya no es un problema. Podremos ver bisontes tal y como los vieron nuestros antepasados. Solo habrá que esperar un par de meses para que el primer Centro de Conservación del Bisonte Español abra sus puertas en tierras palentinas para la reintroducción de esta especie en peligro de extinción.





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