miércoles, 8 de enero de 2014

LA GITANA PITONISA

Suena el apodíctico anuncio de Microlax. El taxímetro impetra con su bermejo contador doce euros y medio. El taxista, sentado sobre una zafia poltrona de bolitas de madera, sube el volumen de la radio cuando percibe que me agrada la cuña publicitaria.
Acojonado, detiene su vehículo en la entrada del poblado, un nidal sórdido e  insalubre de un centenar de barracas por las que se escurre un arroyo encenagado.
Abono la carrera y me dirijo con paso firme hacia el domicilio de la reputada quiromante, perita lectora de manos, afanoso por despejar las incógnitas que deparan mi futuro.
Tomo un callejón de taciturnos chamizos que exhiben sin pudor por las aberturas agujereadas su corroído costillaje de madera y cartón.
Héticos colchones, lavabos descascarillados y muebles mohosos languidecen contra las sucias paredes de adobe.
De las techumbres de paja parten bandadas de gorriones cual caterva de tunantes perseguidos bajo la presta mirada de los híbridos caninos.
Las chabolas rezuman el hálito enquistado de la crápula barata: hedor a orines, cerveza rancia, carne putrefacta, fracaso y sífilis. De sus asolados portillos parece evadirse la vacilante respiración del sueño constrictor tras una noche de caricias felinas y antojos amorosos de borracho.
Limpiacristales,  cíngaras en bata y pijama, travestis, traficantes y despojos humanos de una enjutez estupefaciente desfilan como comparsa carnavalesca.
Observo, con fálica tiesura, el fulgor  movedizo de unas blancas  nalgas desgarrando la penumbra de los rincones. Un huesudo y longevo rocín es brutalmente violado por un toxicómano mientras un grupo de ambulantes fuman y palmean con destreza una rumba. Vendiendo aceite, romero y ropaje, una grotesca gitana  despedaza nueces con el culo beneficiándose de su reseca expectoración.
Una prostituta, loba avispada minada por la anemia, de decadentes senos cual lonchas de lomo, increpa al heroinómano que rechaza su ofrecimiento.
El poblado es la saturnal del vicio, el aquelarre de la libídine. Lo único virgen que existe es el aceite de oliva.
Llego a la consulta de la vidente, un barracón de dos plantas de fachada amarillenta.
Sorprendo a un esmirriado roedor libando de la aguja de una jeringuilla abandonada, sorbiendo con vehemencia la pequeña gota de sangre. Asciendo por una escalera colonizada por hercúleos escarabajos de metálicos caparazones, esquivando un mendigo que, con resaca etílica, implora a gritos la extrema unción.
La puerta, entreabierta, carcomida y roída por las ratas, es cortada de un extremo a otro por la grietas.
Dos ventanillas fustigadas por la tramontana penden de una bisagra, dispuestas a precipitarse apenas soplase brusco vendaval, decoran unas quebradizas paredes arañadas por el moho.
Sentada tras una silla sorprendo a una mujer de incipiente bozo envuelta en un chal rojo escarlata hecho jirón y unos zarcillos de latón en unas hercúleas orejas.
Con frenesí, se masturba con violácea berenjena.
Carraspeo para hacer notar mi presencia y la gitana, circunspecta, me dedica una sonrisa falsa, invitándome a tomar asiento.
Dejo, refunfuñando, 50 € encima la vieja mesita mesita de madera.
Con los ojos sellados, pitillo en la boca, toma mi diestra mano, y tras segundos de cavilación, procede espasmódicamente a tocarse la frente, el pecho y los hombros, santiguándose cual novel exorcista.
- No diviso futuro. No lo veo. Su pasado es muy confuso, ambiguo…. Veo…Veo a una chimpancé amamantándole…¿ Es usted tal vez hijo de un simio ?.- pregunta abriendo los ojos con fingido asombro.
Hija de puta.
-Prosiga- susurro apartando de mi cara el humo procedente de la bocanada de resina de hachís que la gitana acaba de lanzarme.
-Ohhh- susurra siguiendo las líneas de mi palma con su uña teñida de mugre. - Usted sí va a tener suerte, ya lo creo. Pasión, idilio desenfrenado, lujuria licenciosa. Conocerá un hombre ninfómano, orondo y velludo y dormirá con él entre sábanas de seda-.
La fulmino con mi mirada, teñida de cólera, reprimiendo un instintivo deseo por fracturarle el cráneo.
La gitana continúa hurgando mi palma derecha, sondeando las vultuosas callosidades onanistas.
-Interesante- murmura escrutando la línea de la salud. 
–Percibo desgarros anales y fisuras rectales. Mucha carne penetrando por su culo…¿ Es usted maricón ?.
Niego con la cabeza en silencio. La decrépita cíngara empieza a exasperarme. Intuyo escarnio en sus supuestas predicciones.
-¡Bendito sea Dios!-  vocifera con esotérica dicción al examinar la línea de la vida. 
- Sí. Sí. ¡Por mis antepasados faraones!- grita ungiéndome la alopecia con aceite. -¡Usted es el elegido¡.¡ El hijo omnímodo de Jehová!. ¡ Hágame digna de su edén!. ¡Tómeme!. ¡ Mancílleme!.
Cabreado ante tanta infamia, tomo un bolígrafo y esbozo un dibujo en la palma de mi mano izquierda.
-¡A ver qué adivinas en mi mano izquierda, hija de puta!-.

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miércoles, 11 de diciembre de 2013

A MI PERRO TOBY

In memoriam Toby

Toby,  me abandonaste como lo hace un suspiro,
mi hipertrófico corazón exhalando mohíno gemido.
Tu mórbido y orondo cuerpo mecido en mi regazo,
al despeñarse tu hirsuta cabeza entre mis brazos.

Fidedigno aliado, noble camarada y amigo fiel,
renunciaste a esta mierda de mundo pancista y cruel.
Hocico gacho, ébanos ojos, pardo y sarnoso pelaje,
emprendiste, ahíto y rendido,  fúnebre viaje.
    
Han sido quince años de aplacible y carnal compañía,
por doquier irradiabas hediondez, libídine y alegría.
Decían que tu pedigrí ahuyentaba quienes quieren hurtar,
¡ Cuántos rateros expoliaron nuestro humilde hogar !.

Fui incapaz de amansarte desde tu anhelada adopción,
defecabas, indómito, en el moqueta turca del salón.
Nunca, nunca logré en el pescuezo ponerte la argolla,
¡ Cabrón !, siempre hacías lo que te salía de la polla.

Dedos y manos mutiladas, me seccionaste la yugular,
con tus mordiscos y dentelladas me quisiste capar.
Tus rastreros ladridos me despertaban en la alborada,
¡ Cuántas veces intenté silenciarte con una pedrada !.

Mirada sardónica, jocosa y mordaz, burlándote de mí,
enarbolando tu cola pajiza cual talluda mezquita yemení,
cuando lanzaba la pelotita entre los olivos en forestación.
¡ Hijo de la gran puta! , ¡ Busca!, ¡Busca el jodido balón!.

Pusilánime sabueso, canino cobarde y medroso,
con convulsos temblores cual epiléptico baboso,
al escuchar un trueno o percibir un argavieso fuerte,
timorato corrías en estampida a esconderte.

Con podencos, gatos, roedores y ovinos quisiste copular,
¡ Promiscuo cabrón !, no existía fármaco que te pudiera sanar.
Fiebre, disentería, pústulas, abscesos y úlceras genitales.
¡ Insensato!, contrajiste la gonorrea en alguna de tus bacanales.

Tu infecto corazón dejó de latir y sollozo, lloro tu partida,
Toby, no expirará en mi recuerdo tu mirada ardida.
En tu sepultura, allí en el vertedero, mis lágrimas remojo,
y ahora… ¿ Quién cojones cuidará de mi tercer ojo ?.

Fidedigno aliado, noble camarada y amigo fiel,
renunciaste a esta mierda de mundo pancista y cruel.
Hocico gacho, ébanos ojos, pardo y sarnoso pelaje,
emprendiste, ahíto y rendido,  fúnebre viaje.


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miércoles, 4 de diciembre de 2013

EL TÚNEL DEL TERROR


El irritante aleteo de unos hercúleos murciélagos me despierta en medio de la lobreguez.
El sudor gotea por mi exiguo entramado de cabellos que conforma ese creativo peinado que utilizamos quiénes adolecemos de cuero cabelludo.
Me incorporo sobre los codos, febril, azorado, escrutando mi alrededor sin llegar a reconocer el inhóspito lugar dónde acabo de recuperar el dominio de mi burda conciencia.
La oscuridad reinante, saturada de niebla, resulta casi palpable, como si tuviera un fino vendaje atezado sobre mis ojos.
Hiperventilo emitiendo psicofonías en suajili.
Disnea, náuseas, incontinencia fecal.
La humedad es sofocante. Un calor calígine desciende por la espalda, rocía mis muslos, empapando mis glándulas testiculares, el velludo surco de mis nalgas.
Ya erguido, oigo caer una gota en un efervescente charco invisible.
Mis sentidos se agudizan cual hurón acechado por su depredador.
Con presteza, me lanzo al suelo y serpenteo mi orondo cuerpo hacia la pared, hurtándolo a las miradas que puedan provenir de lo más recóndito de la oscuridad.
El paredón es áspero, mucilaginoso, cuajado de frondosas protuberancias abruptas.
¿ Dónde coño estoy ?- susurro acojonado.
El eco de mis palabras, distante y amortiguado, resuena en la oquedad insondable de lo que parece ser una inextricable espelunca en forma de lúgubre cueva.
La madriguera cavernosa destila una horrísona podredumbre de metales pesados, dársena y tuberculosis. El pútrido hedor penetra hasta el último rincón de mi cerebro.
Me acuerdo del mechero custodiado por el bolsillo de mis pantalones.
Atizo al encendedor y lo mantengo en alto arrojando una luz nerviosa que ilumina la vasta caverna.
De las paredes, revestidas por una bermeja túnica mucosa, afloran innumerables abscesos viscosos que parecen palpitar con vida propia. Expelen flujos epidémicos.
El suelo es como una mullida alfombra ambarina que exhala infectos vapores.
Permanezco impertérrito ante las inmundicias que se alzan ante mí.
El mortuorio mutismo de la de la cueva es solo roto por la sonora percusión de los aullidos de los murciélagos. Observo perplejo cómo los quirópteros, fruto de la evolución,  lucen pequeñas máscaras en sus hocicos para protegerse de los corrosivos gases.
Con andar errático, camino despacio, paso a paso, cabeza hacia atrás y los brazos gilipollescamente extendidos. Pasos giróvagos por espumosas marismas y arenales gelatinosos.
Mi instinto de supervivencia mitiga el dolor abrasador del dedo pulgar que mantiene encendido el mechero.
Dirija dónde dirija mi briosa vista, no logro encontrar ningún objeto que me sirva de referencia para alcanzar el camino de salida.
Emulando la perspicaz estrategia de aquella legendaria fábula, eyaculo cada veinte metros como sagaz huella para hallar el camino de vuelta.
Avanzo unos metros más.
Mi encendedor comienza a expirar.  Pronto estaré perdido, a merced de la negrura total de las entrañas de la tierra.
Bajo la luz evanescente, lanzo un exasperado grito de socorro.
Segundos después, el silencio ultraterrenal de la gruta es interrumpido por insidiosos y siniestros sonidos que erizan mi vello púbico.
Una musculosa y espigada alimaña de un único ojo, como surgida de otra dimensión, penetra la cueva abarcando la mayor parte del espacio. Acompañada por un fétido hedor salífero, acomete contra todo lo que encuentra a su paso, esputando un pestífero líquido glutinoso.
Se desvanecen en la oscuridad las últimas chispas espasmódicas de mi mechero.
El gigantesco helminto extiende y contrae su níscalo macrocéfalo derribándome contra la pared.
Aturdido, me aferro a la vida con determinación ciega, implorando al ser supremo.
La forma lustrosa acomete de nuevo. Esta vez, con un golpe seco, atiza mis piernas, dejándome moribundo.
Tumbado en el suelo, cuasi mortecino, diviso en el fondo de la sima un débil resplandor.
Debe ser la carrera más rápida de mi vida. Alcanzar la abertura. Huir de este infierno.
Sabiéndome atrapado, consigo ponerme en pie, y evitando el tercer impacto, arranco vertiginosamente a correr.
Corro, corro y corro.
Veo como en el horizonte se va dibujando la escabrosa orografía de un monte circundado por onduladas laderas de densa y sucia vegetación. 
Estoy cerca. Lo voy a conseguir…



miércoles, 27 de noviembre de 2013

PUBLICIDAD SUBLIMINAL

La publicidad, junto a Dios Todopoderoso y Hacendado, es omnipresente.
La eximia frase de Robert Guerin: “El aire que respiramos es un compuesto de oxígeno, nitrógeno y publicidad”, ilustra que el reclamo aparece, de forma recurrente e ineludible, como elemento consuetudinario en todos los ámbitos nuestra vida. 
Como contaminación ocular, polución ideológica, informativa o inoculación visual, la publicidad, carburante ideológico del librecambismo, mancilla nuestro amansado cerebro.
Dicha ubicuidad hace que no reparemos en su pernicioso efecto puesto que generalmente no prestamos a la propaganda mucha atención. 
Pero seamos conscientes o no de su presencia, ésta se propala hasta lo más recóndito de la psique del individuo y ejecuta coerción psicológica sobre su voluntad mediante la canalización interesada de las emociones, de los sentimientos, de los deseos, de los temores. 
El individuo cree que actúa libremente, que gobierna sus dictámenes e ideas, pero obra incitado por estímulos o impulsos inconscientes.
El perverso papel de la publicidad es el del adiestramiento de las masas, el vasallaje del hombre a los imperativos del consumo, y la manipulación y sometimiento del ser humano a las grandes corporaciones.
El culto al consumo irracional no puede dar como resultado sino un sujeto manipulado, subyugado y cercenado por un mismo patrón de antemano planificado, un individuo esclavizado sumisamente a los mercantilistas intereses de los que poseen los resortes del poder de la publicidad. 
Y es en la contienda por definir nuestra elección de compra donde el mensaje publicitario se vuelve agresivo.
La incesante búsqueda de potenciales consumidores hace que la publicidad precise constantemente de nuevas y pedigüeñas fórmulas para llamar su atención y destacar sobre los productos de la competencia.
Una de ellas es la  publicidad subliminal.
La publicidad subliminal es un trapacero e insidioso método, transgresor de toda norma ética, que utiliza arteras técnicas de producción de estímulos limítrofes con los umbrales de los sentidos o mediante la taimada utilización de mensajes que actúan en el subconsciente de forma imperceptible a todos los sentidos, pretendiendo influir en la conducta del público objetivo, con la finalidad de lograr la venta del producto.
El mensaje está hábilmente encriptado de forma que el individuo no es consciente de que está recibiendo publicidad de un producto.
Un fotograma, totalmente imperceptible a nuestra percepción sensorial visual, o un sonido que se oculta en un estímulo auditivo son los claros ejemplos de tan adulterina práctica de neuromárketing.
Veamos un indecoroso y reciente ejemplo.
Como todos ustedes conocerán, en el conmovedor y emotivo anuncio de este año de la Lotería de Navidad, cinco conspicuas eminencias musicales del país, aúnan sus voces para interpretar la vibrante 'Canción de la Navidad', consiguiendo con éxito regresar al espíritu primigenio de tan entrañables fechas.
Visualicen el siguiente vídeo. 
(Absténganse enfermos cardiovasculares o quienes sufran ataques epilépticos fotosensibles).


En apariencia, este candoroso anuncio destila emotividad, ternura, apacibilidad. 
Admítanlo, alguno de ustedes habrá tarareado con mayor o menor destreza la balada e incluso otros, habrán derramado párvulas lágrimas. 
Presten atención al siguiente fragmento del mismo anuncio. Si detectan o escuchan algo inusitado, escríbanlo en una hoja de papel.



¿ Y bien ?.
Tonos cálidos, entrañable alumbrado por la luz de cientos de velas, emotivo soniquete de los Niños de San Ildefonso e incluso cegador centelleo irradiado por la nívea dentición de Miguel Rafael Martos Sánchez, Rapahel, pero ni rastro alguno de publicidad subliminal.
Procedamos a desenmascarar este reclamo publicitario.
Cualquier anuncio es proyectado a razón de 25 imágenes o frames por segundo, exactamente el mismo número de fotogramas por segundo que un ojo humano sano es capaz de retener. ( 18 imágenes para estrábicos  y miopes ).  
Conocedores de dicha limitación visual, las codiciosas corporaciones utilizan innovadoras técnicas que les permiten exhibir sus campañas de publicidad a razón de 100 frames por segundo, utilizando hábilmente las 75 imágenes no retenidas por el ojo humano para incrustar el producto que quieren vender.
Ayudados por una de los numerosas y gratuitas herramientas que el ciberespacio nos brinda, desmenuzamos por imágenes este fragmento, obteniendo el siguiente resultado.
Juzguen ustedes mismos.
Cabrones manipuladores...





miércoles, 20 de noviembre de 2013

SKATING CHAMPIONSHIP

El zumbido del disparo de salida que precede al griterío de aliento de los espectadores, hace encamarar, con el grotesco zurriar de sus alas, a una bandada de mórbidas y medrosas palomas.
Sobre el rumor de cientos de banderas que ondean al viento, el sol brilla en su cenit, destellando su hercúleo poder sobre la brea indefinible de la avenida, convertida en vasto e improvisado velódromo.
Los aficionados que anegan la acera rugen asidos por el delirio de este absurdo deporte, y en sus semblantes se puede avizorar la aseveración de la teoría de Charles Darwin sobre la teoría de las especies.
Uno de ellos, en un estrato anterior de evolución, de rostro cuasi-macaco, aplaude demente el comienzo de la final, esputando burdas dicciones que pretenden ser alentadoras. Como si los cornetines hubiese tocado a degüello, la muchedumbre le sigue de inmediato.
Los reclamos por megafonía, las azafatas, los periodistas y los comisarios pulcramente uniformados en la mesa del jurado, otorgan al certamen la solemnidad de una gran competición.
Miller Brown, el otro finalista, neoyorquino criado en el Bronx de 32 años, inicia su exhibición.
Tez morena, porte orgulloso, agilidad africana. Blusón ancho, hiperlaxos bombachos, macromedallón de oro; uniforme impecable incluso en los detalles más nimios y rígida disciplina.
Verlo de espaldas, semeja a refinado flamenco en posición de remontar el vuelo, petimetre, elegante, primoroso.
Toma el monopatín, trepa sobre él con agilidad felina e inicia rauda cabalgada a través de la calle, hechizando a los concurrentes con el surco desprendido por las cuatro ruedas de su skateboard.
Con exquisita posición e inclinación del cuerpo, desplaza su peso atrás para levantar la parte delantera del monopatín, girándolo 180 grados bajo sus pies, ejecutando con precisión milimétrica un klicflip sublime.
El público ovaciona el excelso ejercicio con una retumbante ovación.
En posición defecatoria, con el pie delantero en la mitad de la tabla y el pie trasero sobre el borde del tail, toma velocidad y se dirige al obstáculo. Rota las manos y sus hombros hacia el frente con lozanía, pisa la tabla para deslizarse en posición de railslide y efectúa un hellflip vertiginoso, arrancando de los espectadores vibrantes jadeos de admiración.
Prosigue tomando carrerilla, colocando los dos pies en el nose y levantando las dos ruedas de atrás mientras se mantiene patinando con las dos de adelante, consiguiendo un Hang Ten Wheelies deífico.
Hijo de puta.
Aquel ñapango es un hércules del surf callejero.
Con actitud desafiante y pendenciera baja de su tabla y saluda con rebeldía al público.
El jurado es unánime. Muestran sus cartulinas con la máxima puntuación.
Con paso farruco se dirige hacia mí, entre los vítores de una idólatra multitud.
Cruzamos nuestros recios cuellos como feudales floretes, debajo el del neoyorquino, encima el mío. Busto contra busto, pujamos durante unos instantes que parecen eternos.
Farfulla una frase en inglés. No la entiendo pero, por la entonación, intuyo que se trata de algún pedestre improperio.
Ha llegado mi hora.
Enciendo un cigarrillo en un estéril intento por tranquilizarme. Los nervios hacen transpirar mi adiposa piel cual trinchador de kebabs.
Percibo el enardecimiento de miles de ojos aguardando con zozobra mi actuación, los visillos tensos tras las ventanas. Voces guturales, frases de denuedo, rauco murmullo inflamado.
Oigo estimulantes gritos escupidos por cientos, quizá miles de bocas tiznadas de cerveza. Corean mi nombre, aplaudiendo como si no hubiera mañana.
Entre la multitud, un orondo chiquillo con parche en el ojo y facciones sureñas, que custodia con brío un ambarino globo, me pide un autógrafo.
Los devotos exigen a sus ídolos una imagen dechada dónde depositar sus ilusiones y su fe. No puedo defraudarle.
Me acerco al impúber rollizo, tomo su libreta y rubrico en ella mi nombre en cirílico. Percibo en su diestro ojo la felicidad, el inocente júbilo, su candorosa gratitud.
Aprovechando la ajumada distracción de su madre, agarro mi cigarrillo y reviento con alevosía el globo. No puedo evitar una pérfida carcajada.
Una mano palmea mi espalda. Después otra, otra y otra más.  Los servicios de seguridad apenas logran gobernar la multitud entregada.
Un flash cegador, que parte de la primera fila de espectadores, precede a una saturnal de destellos. Cogotazos de ardimiento, alaridos de empuje, bufidos de acometividad.
Devuelvo tanta muestra de cariño enseñándoles mi pene.
Una voz metálica por megafonía balbucea mi nombre. La afición replica con un rugido fragoroso, estentóreo, ensordecedor.
Me dirijo al centro de la calle. Procedo a unos segundos de meditación, hilando mentalmente la técnica a emplear para superar la majestuosa exhibición de Miller Brown. Mi actuación debe ser soberbia si quiero vencer. 
Puedo ganar. Debo vencer.



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miércoles, 13 de noviembre de 2013

SEXO ANAL

El sexo anal es una práctica sexual que consiste en la introducción, percusión o inyección del pene en la séptica hendidura rectal de la pareja, sea ésta hembra, varón o animal.
Los prejuicios imperan alrededor del coito rectal. En general, las féminas suponen que es una macabra práctica, incómoda, dolorosa e incluso torturadora, los varones lo relacionan injustamente con la falta de reciedumbre o con una sáfica praxis patrimonio de los gays, no pudiendo documentar hasta la fecha el veredicto de los animales sobre dicha disciplina sodomita.
Los rancios y retrógrados cancerberos de la moralidad se han encargado de convertirlo en tabú, en luciferino e impúdico pecado, de obligado reconocimiento en confesión, estigmatizando a quienes los practican, como ya hicieron antaño con el onanismo, el sexo bucal o la homosexualidad.
Quizá la propia historia ha contribuido a dicho hostigamiento.
Ya en el Mesozoico, los primates estimulaban el colon de sus parejas con sus dedos, dildos o con dilatadores. Sus sucesores, los macacos babuinos, de bermejas nalgas por razones obvias, experimentaron por primera vez con el coito anal, hábito que despertó la vesania de los dinosaurios,  que iniciaron encarnizada cruzada contra tan dadivosos cuadrúmanos.  
En la antigua Grecia, la supremacía masculina se dilataba también a la sexual, tomando el hombre a la mujer por detrás, en señal de jerarquía y sometimiento, y poder así tocar la corneta, emulando a Virgilio, teniendo que adoptar ella posición sumisa, algo rechazado por muchas. De ahí el término ‘griego’ para adjetivar esta práctica.
Narran también en las sagradas escrituras que en los tiempos del santo patriarca Abrahán, el cabrón de Yahvé pulverizó la ciudad de Sodoma mediante un tifón de fuego para castigar a sus proscritos coterráneos, fervorosos catecúmenos de la penetración  rectal.
Por todos es sabido que el ano es la parte del cuerpo menos seductora. El recto es un rico ecosistema de insalubres bacilos, gérmenes excrementicios y viperinas bacterias.
Por dicha gruta son desterradas las morrallas fecales, pétreas o acuosas, hediondos detritos intestinales, y por consiguiente, no es un orificio que a primera vista parezca excitante.
No obstante, rigurosos estudios científicos evidencian que el agujero oscuro, con sus politerminaciones nerviosas, es una de las zonas erógenas más placenteras de nuestro cuerpo.
Es evidente, por lo tanto, que el sexo anal no sólo no encubre coacciones de una orientación sexual encubierta, ni deseos subrepticios, sino que, como cualquier otra expresión de la sexualidad,  desata lujuriosas fantasías y sensaciones maravillosas de entrega, sumisión o dominación, por no mencionar la nervuda incertidumbre por conocer al souvenir fecal con la que siempre nos obsequia esta disciplina copulativa.
Y este aspecto, el higiénico, es el que reprime todavía a la mayoría de varones en ensayar con la penetración rectal.
Al objeto de espolear a todo hombre anhelante del coito intestinal, pero recatado por cuestiones higiénicas, les propongo una ingeniosa alternativa, sana, asequible, profiláctica y tremendamente gratificante: el sexo anal con un colchón.

1.- Adquiera un colchón, jergón o colchoneta en un establecimiento de mobiliario doméstico. Para dotar a la experiencia de mayor realismo, esboce en su anverso un rostro: entrecejos, pupilas, hocico, labios, pústulas, cicatrices o piercings. El abanico de posibilidades en este punto es innumerable.
Auxiliado por una navaja, proceda a realizar una abertura en el reverso. Este orificio debe tener la misma profundidad y diámetro que la longitud y el grosor de su pene. Un pie de rey no digital le puede ser de gran ayuda.

2.- Introduzca una bolsa de plástico en el orificio. Si es posible de coloración negruzca. Evite los zurrones de rejilla de patatas o cítricos, pueden ser irritantes en la penetración.  Si es perito en la pintura, puede dibujar vello o hemorroides alrededor de la abertura, para otorgar autenticidad al fraudulento ano.

3.- Lubrique con generosidad la bolsita con aceites industriales, vaselina o electrolíticos. Evite pomadas ricas en mentol. Puede llenar la bolsa con semillas de melón o pepitas de mazorca de maíz.

4.- Penetre al colchón como si de un ano se tratara. Puede hacerlo con un cigarrillo detrás de la oreja. Experimente. Sodomice a la acolchada de látex. Déjese llevar por sus instintos más primitivos. Cabalgue. Ensaye. Goce. 









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