miércoles, 11 de septiembre de 2013

LA MOZA DE LOS HELADOS

Eran las 15.00 horas de un domingo de Agosto. Ataviado con unos grotescos leotardos de lycra, decidí salir a correr sin rumbo fijo, como me agradaba hacer de vez en cuando. El mercurio mostraba unos risueños 39º C y la humedad lamía el 90 %, condiciones sumamente propicias para la práctica del running.
Deseaba despejarme, sentir cómo el tórrido bochorno canicular acariciaba mi rostro, cómo perlaba de sudor mi devastadora alopecia y empapaba mis frondosas axilas.
Las cigarras crujían en las moreras, los lagartos bostezaban perezosos y las moscas, aturdidas y desmañadas, colisionaban contra los cristales en busca de una sombra.
Tras recorrer un par de kilómetros a ritmo de mp3, llegué a una plazuela sin saber muy bien hacia dónde dirigirme. Advertí que todos los pórticos que cruzaba lucían crespones negros; el difunto debía ser alguien bienquisto en aquel suburbio.
A lo lejos divisé cipreses, señal inequívoca de que allí se ubicaba el camposanto. Con trote rápido me acerqué.
La imagen era estremecedora.
Fuera de los muros una multitud, bajo el sofocante y espeso calor, se había congregado en silencio y de riguroso luto.
Caballeros de húmedas pupilas con semblantes compungidos, desencajados, con una banda negra rodeando el brazo y la cabeza descubierta en señal de respeto. Señoras decaídas que, con gestos pausados y metódicos, se secaban el rimel corrido, en medio de escenas de consternación y una ceremonia de entierro protagonizada por un decrépito cura locuaz.
Reparé como el centenar de personas allí reunidas encubrían sus miradas tras un dosel de tristeza bañado en lágrimas, las lágrimas más acibaradas que nunca sus ojos habían esputado.
Penetré en el cementerio dispuesto a realizar ejercicios de recuperación cuando me topé con una mujer vestida de luto, llorando, casi aullando, frente a una tumba.
Me acerqué, preocupado por el estado lamentable y afligido de la mujer. La señora postrada en el suelo, gemía como una becerra, mustia, abatida, desconsolada. La toqué tres veces en el hombro y le di un sonoro bofetón antes de que ella volteara.
Una bonita hembra, joven, de pelo corto negro y ojos verdes, me miró aturdida por el guantazo.
Le pregunté por quién lloraba.
Me contó que sollozaba por su marido ahogado tras intentar rescatar a una gallina que se había precipitado en un pozo rural.
Le respondí cacareando astutamente el sonido de una gallina que lo sentía mucho, susurrándole al oído una canción de Álex Ubago, en un vano intento por confortarla. 
La abracé, en un estrechón espontáneo, noble, sincero, toqueteando sus nalgas, apretando su pubis contra mi entrepierna.
Volví a galopar ligero, a la vez que triste y cabizbajo, con intención de incorporarme a la fúnebre comitiva.  Los operarios estaban terminando de tapar el nicho con unas rasillas y cemento, al compás de la música de apagado de Windows.
Salí del cementerio sumido en mis absurdas reflexiones.  
Llegué a un parque desconocido para mí.
A pesar de la sofocante calima que hacía hiperventilar a los árboles y sumía al parque en la más absoluta soledad, una pareja de novios adolescentes se escondía detrás de unos arbustos para frotarse como alimañas salvajes, mientras un par de vejestorios pedaleaban en los bancos de aquel hermoso jardín.
Troté hasta a un solitario banco situado junto a un arroyo artificial con puente japonés, que atravesaba la arboleda, y allí me senté.
Habían ubicado un puesto ambulante de helados  en un pequeño cuadrilátero de hierba frondosamente poblado por gran diversidad de flores. Lo regentaba una bellísima moza. 
Era hermosa, pálida como la caseína y sucios cabellos sobre los hombros. Llevaba un vestido atezado que danzaba alegre con cada paso que daba. Unas sandalias casuales dejaban ver unos blancos y velludos pies. Era imposible que esa mujer no llamara la atención. La belleza de aquella fémina era tan extraordinaria que parecía irreal.
Los destellos de sol justiciero impactaron en su  rostro. 
Distinguí los ojos más grandes que nunca  había visto; era una estrella bajada del cielo, excelsa, un ángel, con una sonrisa llena de gratitud. Ese escenario era un espectáculo fascinante para mí.
Entró en el tenderete para un prender un helado. Lo despojó del precinto y se lo llevó a su ensangrentada boca. 
La bella muchacha  miraba el sorbete con los ojos entornados, altiva, como si tuviera en su mano el falo más deseado.
Yo la observaba desde lejos y le sonreía. Empecé a notar un sentimiento, ese sentimiento de tener una opresión en el pecho y ciertas mariposas en el vientre cada vez que visualizaba su cara en mi mente.
Me había enamorado de nuevo.


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miércoles, 4 de septiembre de 2013

CARTA A LA CORTESANA

" Condado de Barcelona, 4 de Septiembre de 2013.

Muy lozana y manceba doncella,
Tras estériles intentos por contactar con vuestra merced, os escribo este remilgado manuscrito con la esperanza de que ilustréis alguna razón a mi sombría existencia, pues hace hoy un año que arrendé vuestras viciosas artes copulativas con el propósito limar el acero de mi exigua y famélica espada, y desde entonces no he dejado de pensar en vos.
Una añada atrás, vuestra merced y quién rubrica este humilde ológrafo, nos entregamos a lúbrica fruición, vasallos de la impudicia y siervos de la liviandad cabalgamos tal becerros en el fango, con las pupilas cerradas, dipsómanos de una mística que convertía en vacuos los fonemas y alumbraba nuevas formas de fornicio.
Aquella vagina que me ofrecisteis, aquella velluda almeja abierta al crepúsculo, aquel aterciopelado cogollo de carbón destilador de pútrido aroma salmónido, hechizó mi ser, extasiándolo, y entre sudor, gemidos y pasión, la tomé, embistiéndola con mi diminuto florete, penetrándola con tan hercúlea fuerza que rompiose la profiláctica funda.
Sabed, aviesa ramera, que pasó ya doce meses sin poder lavar ni emplear mi noble apéndice, y es tal el hedor que exhala mi bajo vientre que las pulcras damiselas rehuyen mi presencia, los gorriones cesan sus gorjeos a mi paso y el picor de la entrepierna, la áspera y deforme textura de reptil saurio arrugado de mi bragadura, se convierte en tormento que me hostiga día y noche y me aboca al ruin vicio de rascarme sin decoro ni pudor.
Desde entonces, apuesta meretriz, impedido he estado para envainar mi sable, incapaz de hallar doncella que acceda a sobar mi tuerto, tropezándome únicamente con artesanos chocolateros que, incomprensiblemente, me acechan como sombras en las noches de luna, mientras me rasco sin sosiego mis partes pudendas.
Anhelo que al recibir la presente se encuentre vuestra merced en benigno estado de salud y que la lepra gonocócica no os haya sometido.
Como comprenderá vuestra merced, esta tesitura en la que me hallo no es plato de buen gusto, ni para pervertido templario ni para santo caballero, y me he visto obligado a abandonar el arte de brochetear la nutria,  pues como os he explicado, soy chacota de toda dama que no cesa de reír a mi costa.
Hoy he tenido la fortuna de cruzarme con un apuesto penitente, y él ha tenido por misericordia el mostrarme el sendero que conduce a los aposentos de un comerciante circense en cuyo espectáculo tengo la firme decisión de formar parte, y poder, por fin, sacar próspero provecho a la infecciosa ofrenda que vos me regalasteis . 
No me veo preparado para ejercer de progenitor del posible bastardo concebido en nuestro fugaz encuentro tal y como os prometí, y menos aún para entregarme en connubio a vuestra merced.
Perdonadme, marrana concubina, si os he faltado a mi promesa y dejad que limpie y restituya mi herida dignidad, pues imposible empresa es restablecer mi masculinidad.
Muy lozana y manceba doncella,
Vendería vuestra merced su alma al mismísimo diablo si os arremetiera esta hórrida picazón que me tiene en carne viva las varoniles partes del mucho rascar, vendería su alma como digo por una medicina que sanara las ulceraciones y pústulas que germinaron tras nuestro carnal encuentro. Yo venderé la mía por tan sólo volverla a ver por unos instantes y apalearla sin piedad.
Que nuestro Señor sacie a vuestra merced de venturas, dulce portadora de venéreas septicemias, que aventuras ya tuvimos bastantes, hija de puta.
Siempre vuestro más fiel caballerizo,

Anastasio de Prepuzio."







jueves, 25 de julio de 2013

FORNICIO EN EL CENTRO COMERCIAL


Aquel faraónico centro había sido concebido por crédulos atletas para dar respuesta a las necesidades de  los deportistas, a la gula de grotescos idólatras del cansancio, a la gazuza de decrépitos prosélitos de actividades excretoras de sudación.
Grandes estantes colmados de prendas de lycra, pelotas de pilates, stepeers y bancos de musculación. Ingentes alacenas henchidas de balones de fútbol sala,  bidones de bebidas isotónicas y sondas de pesca.
Museo del fitness, running y natación; templo consagrado a la grandeza disciplinar del submarinismo, tiro con arco o ping-pong. Santuario de los incondicionales de la catequesis física,  dónde uno podía hallar auténticas obras de arte ante las cuales rendir pleitesía a tan estúpida afición.
Los pasillos del vasto bazar deportivo, cuya mera pronunciación suscita obturación coronaria, estaban atestados de cicateros personajes poseídos por el furor adquisitivo.
Hordas de individuos ataviados en chándal, buscando apaciguar el gen coleccionista de zapatillas deportivas, subían y bajaban embutidos con bolsas por las escaleras automáticas.
Ilusos. Imbéciles.
La aglomeración, con estúpida expresión de adoración teatral, emanaba un aroma intenso, entre orines y secreciones antiguas.  
Había decidido acudir al centro comercial para adquirir un set de juego de petanca, y deparé unos instantes en analizar aquella compulsión consumista de cientos de personas que pugnaban puerilmente por el saldo, los leggings o las gafas de buzo.
Una sensual y sincopada voz interrumpió el bullicio de la gente para lanzar una oferta en la sección de equitación. Los clientes, en el saturado pasillo principal, se enzarzaron en intrépida refriega para llegar primero a la sección de hípica.
Mientras observaba jocoso la dantesca escena, la descubrí.
Su belleza candorosa pero procaz, su piel canela y sus atezados ojos me cautivaron inmediatamente. 
Desprendía lujuria y concupiscencia,  y no existía nada artificial, premeditado en ella. Su pelo negro azabache ondeaba ligeramente invitándome a abordarla.
Comencé a tejer mentalmente lo que debía decirle para presentarme, cuando giró la cabeza y nuestros ojos colisionaron en una mirada fugaz, sucia, inesperada, libertina, lasciva.
Aquellas retinas exhalaban libídine y erotismo feroz, y parecían destilar música en cada pestañeo.
Percibí como mi achacoso corazón agitaba la sangre con ímpetu, rociando mi alienado cerebro con un adictivo cóctel de hormonas, dilatando mi apéndice fálico. 
Empecé a hiperventilar. El sudor empapó mis axilas y percibí como el flujo varonil anegaba mis conductos seminales. Instintivamente, imaginé cómo mis glándulas testiculares golpeaban su perineo.
Ella me estaba sonriendo, entre tímida y socarrona, invitándome a poseerla, como anticipando lo que estaba a punto de acontecer.
Sin mediar palabra, la cogí con mi mano y entramos en uno de los probadores para satisfacer nuestros instintos más primarios.
La penetré...Una y otra vez...


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Volvemos en Septiembre...

miércoles, 10 de julio de 2013

INMOLACIÓN FALLIDA

Apuro un café en estado de ebullición. Estoy nervioso, turbado, bullicioso. Las cáscaras de gamba colonizan el sucio empedrado de aquel tugurio de precios prohibitivos.  Me fumo el cigarrillo electrónico en silencio, rápidamente, con avidez, dando pedestres e intensas caladas mientras repaso mentalmente, por enésima vez, los detalles del atentado.
Transpiran mis manos, los pies, el ojo bruno. Mi agrietada frente empieza también a ser pasto de la sudación.
Un individuo mórbido y de aspecto siniestro, engulle hamburguesas como si no hubiera mañana. Tras él, dos decrépitas octogenarias, acicaladas con maquillaje propio de una academia de payasos,  juegan vehementemente al parchís. Una taheña azafata de vuelo, de escasos cuarenta años amarrados en una grotesca coleta, hurta los azucarillos del café mientras un degenerado de ojos estrábicos cierra una revista de zoofilia, doblando con su diestra mano la punta de la página 15 para posteriormente acomodarse el fardo testicular con la zurda.
Aquellos decadentes e inocentes seres, en cuestión de minutos se convertirán en víctimas de mi cruzada, damnificados colaterales.
Recuerdo ahora las lecturas clandestinas, aquellos textos que estimulaban mi adrenalina pubescente, palabras que inyectaban la dosis de tósigo para ser un insurrecto de esta sociedad, un sedicioso en rebeldía contra quienes usurpan nuestras libertades.  
Rememoro cómo escribía literatura contestataria,  cómo secundaba huelgas y motines callejeros, cómo redactaba fanzines de compromiso social.
Contumacia y obcecación, intolerancia y agresividad, son las actitudes exacerbadas que he adoptado, ávido de rebeldía, para arremeter pasionalmente contra la opresión, contra este pérfido e injusto genocidio premeditadamente ignoto por nuestra sociedad.
La cafeína realiza su efecto y aclara mis ideas.
Me estoy cagando.
Rotunda convicción. Ferviente y chauvinista paladín de los derechos de los más desamparados. Lo tengo decidido. No hay marcha atrás. Me convertiré en mártir de noble causa. Me voy a inmolar.
750 gramos de explosivo plástico CN-42-3√12 adherido a mi cuerpo, suficiente munición para reventar en mil pedazos el avión.
Una voz nasal, particularmente desagradable, alerta por megafonía que ha llegado  la hora de embarcar.
Vuelo 812 con destino a Islas Feroe. Puerta 62.
Abandono a toda prisa la cantina aeroportuaria mientras el noticiero ofrece su ración diaria de adulterio entre celebridades: hablan de un descasamiento, letanía populachera.
No la escucho.
Me dirijo apresurado por los pasillos del aeropuerto a la boca de embarque. Silbo una balada de Manolo Escobar en una habilidosa maniobra de distracción hacia los agentes de aduanas.
Simulando tartamudez con relativa facilidad, paso el arco detector sin problemas pero inspeccionan minuciosamente mi maleta de mano.
Hijos de puta.
Me confiscan la petaca de orujo y mi colección de calcomanías.
Subo al aeroplano, busco mi asiento y levanto mi pequeño maletín hasta el compartimiento que tengo sobre la cabeza. Me  siento en la butaca del pasillo esperando nerviosamente a que el Boeing 757 despegue.
Un afrancesado azafato, de hediondas axilas, recorre los asientos del avión mientras hace recuento de los pasajeros.
La áspera voz del piloto retumba en los altavoces para comunicar a la torre de control que se dispone a despegar.
Un océano de castañuelas metálicas emerge durante unos instantes por encima del fragor de los motores.
El avión abandona tierra firme, elevándose por los aires tal pajarraco de metal, dejando atrás, allí abajo, los pinos y las palmeras, el paisaje tono ocre marchitado por el justiciero sol de Julio.
-Dong-. Se encienden las luces de los cinturones. - Recuerden que no está permitido fumar- susurra una libidinosa voz por megafonía.
Levanto la cabeza y escruto por última vez el avión. 
El sudor empapa ahora mi cuerpo. Lo nervios me hacen hiperventilar.
Pienso en todos aquellos pasajeros, en sus allegados,  en los posibles sobrevivientes y en sus historias, en las entrevistas que concederán a la prensa, en alguna escuela que bautizarán con mi nombre.
Medito en mi adorada Villanueva del Trabuco, en Eurodisney, en las escasas personas relevantes en mi vida, en lo que bisbisearán en mi velatorio, y en quién cojones heredará mis deudas, mis consoladores rectales y mi colección de Falete.
No puedo evitar que una lágrima se derrame de mi legañoso ojo.
Ha llegado la hora.
Repito mentalmente aquella frase reivindicativa que tanto había vociferado en las manifestaciones. 
Me levanto de mi asiento...
-¡ No a la extinción de los gitanos pelirrojos!-:





miércoles, 3 de julio de 2013

MODELOS CABRONES

Desfilan y avizoran como gánsters narcisitas dispuestos a pasar un rato solaz en la piscina de Al Capone después de rematar algún sangriento encargo en el Chicago de la ley seca.
Son guapos, acaudalados, membrudos, galanos, musculosos, de abdominales de cemento armado. 
Cabrones.
Si se quitasen el sombrero y las prendas, y seguidamente les brotasen de la espalda plumosas y níveas alas, nos hallaríamos ante un grupo de atléticos querubines preparados para posar en el taller de un Michelangelo ávido de crear esculturas de rasgos efébicos.
Es muy tenue la frontera entre el candor y la picardía. Basta una sonrisa maliciosa de morueco aldeano para que este celeste serafín adquiera las trazas de un leviatán irresistible.
Estos prodigiosos muchachos, dignos de reinar cualquier selva, se encargan de presentar en las pasarelas de Milán, París o Nueva York la colección de moda masculina de una prestigiosa marca.
Sí. Son los modelos publicitarios. 
Aquellos individuos, cabrones, que jamás encontramos en el supermercado, en la ferretería o en el IKEA. Esos personajes con los que nunca nos cruzamos por la calle, ni coincidimos en la panadería o en la charcutería.
Y te observas ingenuamente frente al espejo, enfundado puerilmente con sus prendas y te cercioras, cabreado y contrayendo una actitud derrotista, que no eres tan atractivo como ellos, que la ordinariez reina tu vida.
En una cultura tan sexista, ancorada en lo visual, la apariencia física juega un rol muy importante. Lo percibimos especialmente en medios de comunicación. Dichos medios promueven estereotipos falaces, despertando un pueril interés en las personas. Todo esto lleva a que la sociedad discrimine a aquellos que no cumplan estos arquetipos. Es una cultura condicionada estéticamente, dónde ser atractivo es el engranaje para alcanzar la propia seguridad, convirtiéndose en un indicador social de estatus, éxito y felicidad.
Así, en los últimos años, la delgadez y el atractivo físico se han vuelto un ideal a seguir, y la obesidad y el desaliño facial conforman un estigma.
La realidad, no obstante, revela que los individuos normales hemos sido afligidos atrozmente por la herencia genética o simplemente hemos sufrido una errónea mutación darwiniana en nuestro decrépito cuerpo.
La gente corriente es fea por naturaleza. El varón es antiestético, desagradable, repugnante, indecoroso, excluido de la reserva genética de la humanidad. 
Es así. No hay que derramar lágrimas ni rasgarse las vestiduras.
Para nuestro consuelo la gente del montón es intrínsecamente fea.
Somos seres cuyos rostros amplían el significado de la palabra crueldad; personajes de horribles y espantosas facciones, excomulgados, rechazados, implacablemente repudiados;  individuos cuyos rasgos injurian a la propia creación, con facciones abstractas concebidas en los más lúgubres sueños de Lucifer. 
Poseemos cara de roedor con disentería,  ojos asimétricos y dientes de castor. Rostros nauseabundos, vejadores de la sensibilidad, exentos de encanto y prodigalidad, infames, estiercolizantes, que incitan a la regurgitación, estimulantes de la náusea, inmarcesiblemente vergonzosos, con el toque pernicioso de la bestialidad, paridos en la mente de un psicópata. 
Con medidas y hechuras políticamente incorrectas, e índices de masa corporal incompatibles con el Discóbolo de Mirón, estoy esperando en la parada del autobús.  
Observo a los transeúntes. Allí están. Bajitos, alopécicos, mórbidos, sudorosos, conscientes de su desventaja física. Estresados, repugnantes, hediondos e inmundos, damnificados por su baja autoestima.
Lanudas orejas como velas de un bergatín. Piel con porosos despeñaderos de estrías. Narices tendenciosas, ladeadas, caprichosas, rociadas, a veces casi inexistentes como una calavera. Ojos atemorizantes, estrábicos, carentes de pestañas. Bocas rodeadas de vello, comisuras colonizadas por larvas salivales,  con ambarinos dientes quebrados.
Cada uno abstraído en su vida, obligación y devenir, pero feos retraídos, todos feos, aquejados por el complejo de inferioridad.
Levanto la vista y advierto una marquesina con un sonriente modelo de ropa interior  cuyo geométrico cuerpo parece haber sido tallado en mármol. Me mira burlón, por encima de mi hombro, con arrogantes ojos déspotas y régulos. Ese desgraciado ha gastado en un mes en peluquería y gimnasio lo que yo gano en media vida.
No quiero sentirme minimizado por aquel vástago de deidad helénica.
Consciente de mi desventaja corporal y adquisitiva, devuelvo la mirada a esos ojos colmados de grandeza, que intentan demostrar su supremacía sobre los demás.
-  Yo no soy tan guapo, pero,,, ¡ tu no sabes hacer esto, cabrón!:



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miércoles, 26 de junio de 2013

POLISEMIA GILIPOLLESCA VIII

EDUARDO NORIEGA
Transcripción fonológica: / e'duaRdo no'riega /


PARADA DE BUS
Transcripción fonológica:/ pa'rada de bus /


WILLIEM DAFOE
Transcripción fonológica: / gui'lieM da'foa /



COYOTE DAX
Transcripción fonológica: / ko'yote daks /



BENITO PÉREZ GALDÓS
Transcripción fonológica: / be'nito pe'reθ 'gaLdos /





miércoles, 19 de junio de 2013

JODIDA MIGRAÑA

Son las 3.32 de la tórrida madrugada del 19 de Junio. San Romualdo y San Protasio de Milán, ilustres beatos del décimo noveno día del sexto mes del Año Internacional de la Estadística.  11 Tammuz de 5773, según el calendario hebreo.
Tras la claraboya, hace horas que cayó la noche cubriendo con su atezado manto la ciudad. Krypton pestañea en un cielo preñado de estrellas, pero ni rastro alguno del cabrón de Superman. Argentada como una navaja desgarrando la negrura, resplandece la luna, hercúlea, refulgente, alargando la oscura y grotesca sombra de mi cabeza postrada en el cabezal.
Intento abrazarme a mi almohada salpicada de heces y estearinas seminales, escuchando los lánguidos gemidos regurgitados por las vísceras de mi alma. La fiebre me hace delirar. La razón se ha extraviado en los laberintos de mi consciencia.
Boca pastosa. Destilación nasal. Opresión parietal. Letanía recalcitrante. Martillos en la cabeza crepitando poesía norcoreana.
Jodida cefalea.
Mi macrocéfalo está a punto de detonar; las sienes se tambalean como bolas de fierro abrasadoras contra las paredes de mi cráneo; un espeluznante dolor de cabeza sacude mis entrañas.
Percibo los aguijonazos en las sienes, recurrentes pinchazos en la frente, advierto una brusca tensión del nervio glosofaríngeo. El dolor, pulsátil y punzante, irradia ya la mandíbula.
La inclemente voz, el lacerante tic tac del reloj se incrusta en mi cerebro, burlándose de mí.
Extático, absorto, yerto, conecto el reproductor de música de la vieja mesita de noche.
Escucho una gallarda ranchera de  Bertín Osborne, intentando como los epicúreos de antaño, amortiguar los puyazos de la sesera.
Tiene una voz dulce, refulgente, con el ‘vibrato’ magistralmente gobernado. Su primorosa dicción calma el dolor unos instantes. Sólo unos instantes.
Cambio mi postrada postura ‘estrella de mar’ a posición ‘fetal’: columna en ligera flexión, cabeza flexionada sobre el tronco, extremidades superiores flexionadas sobre los brazos y sobre el tórax y piernas flexionadas sobre los muslos. Intento, errabundamente, practicar una autofelación.
Veo moléculas.  
La pesadez de la cabeza es insoportable. Un sudor frío recorre mi cuerpo, embriagando cada uno de mis sentidos, paralizando el más leve intento de mueca facial.
Empiezo a sentir temblores y náuseas, consecuencia lógica de dos semanas sin dormir.
Percibo una familiar ardentía en mi entrepierna. Soy incapaz de controlar mi esfínter uretral. Me orino en la cama.
Ahora es el crujir de la cañería que aporrea mi mollera.
Dejo que el agua fría de la toalla se deslice por mi macilenta frente como si fuera una milagrosa y reconstituyente linfa bajo cuyo remojo desapareciera la migraña.
Mi cabeza parece sangrar. Mi respiración es ahora jadeante. No puedo más.
Mi cuerpo se agarrota y mis ojos se cierran.
- ¡Ein gelocatil!-.
Este último alarido, en perfecto alemán,  me sirve para expulsar los últimos cartuchos de rabia que me quedan.
Me levanto, giróvago, de la cama. La cabeza me da vueltas, apenas puedo sostenerme en pie. Con paso dispar, como quién esquiva a un curtido francotirador, me dirijo al aseo, dirección a la ingesta masiva de somníferos.
Tambaleante,  me apoyo con tiento en la pared. Llego exhausto al baño. Quiero acabar con la migraña. Anhelo finiquitar mi sufrimiento. 
Me miro por última vez en el espejo,,,






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