La furia se había diluido ya, transformándose en
hondo pesar, en ignominiosa sensación expoliadora de las escasas migajas de mi dignidad.
El viejo espejo aovado, carente de compasión, cuyo destello
atisbaba el pasmo de un rostro gilipollesco, proyectaba con crueldad una imagen
grotesca, fachosa, esperpéntica, como concebida en los sueños más lúgubres del mismo Lucifer.
Atento a la forzada actitud plástica, con mis párpados
temblando ligeramente en una vibración casi imperceptible, advertí como la caín
superficie pulida me devolvía azorada una estampa cómica, una polichinela
representación de mi decadente aspecto.
Enfundado con una afrancesada camiseta de rejilla Jean Paul Gautier, que me hacía parecer un pavo relleno, permanecía
frente al espejo, ensayando a través del cristal de su esfera, híbridos e
irrisorios ademanes, intentando estérilmente emular a los grandes de Holywood en aquel gesto seductor del arqueo de la ceja, aquella arrebatadora
mueca encorvada del entrecejo, destiladora de arrogancia y desdén, en
cuyo leve movimiento se veía cifrado el poder de atracción que
suscitaba entre las mujeres.
Abatido, sentí de nuevo un punzante dolor bajo mis párpados
exhaustos, divisando repentinos destellos flotando burlones en la opacidad,
y mis orejas, exangües por los ejercicios corvos, parecían haberse
despedazado.
Aquel taladrante suplicio del nervio óptico tumefacto, me hacía
sentir verdadera humillación, como cuando interpretaba de niño el papel de
árbol en las representaciones teatrales del colegio.
Febrilmente, encendí un cigarrillo y empecé a fumarlo,
saboreando el descanso y evitando que la mirada fuese atraída por el resplandor
del rescoldo que se encendía a cada asmática succión.
Mis evoluciones para rivalizar con el gran Sean
Connery en el arte del arqueo de la ceja, se habían limitado a la
consecución de lacerantes espasmos faciales y atroces desgarros del cuero cabelludo.
Había probado cuantas técnicas ofrecía el ciberespacio:
sujeción de la ceja derecha con esparadrapo para lograr la dilatación del músculo,
epilépticos dibujos en mitad de la frente con lápiz de cejas, e incluso el
afeite del sobrepárpado para posteriormente
incrustar con silicona una cejuela postiza con la hechura cónica deseada.
Ninguna de aquellas técnicas había conseguido un óptimo
resultado.
Tras los cristales, el cielo pestañeó nervudo, asomando la
fugaz y oblicua ojeada de un relámpago. Unas gruesas gotas tamborilearon en la ventana y precedieron al estruendoso sonido del trueno.
Observé curioso aquel singular fenómeno meteorológico. La forma del relámpago era ramificada, cónica, multiarqueada.
Acaricié mi mentón, escrutando aquella panorámica.
Una sonrisa, cómplice y refleja, se trazó en mi impúdico rostro. Mi perturbado cerebro había empezado instintivamente a hilar un brillante plan para arquear de forma seductora y sugestiva la jodida ceja. En el aparato eléctrico radicaba la clave, la respuesta al enigma que me corroía.
A través del ventanal, me quedé durante unos instantes con la mirada fijada en la
metálica caseta eléctrica de la calle.
Bajé corriendo escaleras abajo, como si me fuera la vida en ello. La lluvia azotaba ya con violencia.
Tras una hábil secuencia de cabezazos, conseguí derribar la puerta.
Empapado, desconecté la corriente, y sin pensármelo dos veces, separé los tres cables de la toma: 22.780 w. Suficiente fluido eléctrico para la fibrilación muscular. Si aplicaba una descarga en el punto estratégico del temporal derecho, la succión eléctrica ocasionaría un espasmo muscular, haciendo arquear mi ceja.
Bajé corriendo escaleras abajo, como si me fuera la vida en ello. La lluvia azotaba ya con violencia.
Tras una hábil secuencia de cabezazos, conseguí derribar la puerta.
Empapado, desconecté la corriente, y sin pensármelo dos veces, separé los tres cables de la toma: 22.780 w. Suficiente fluido eléctrico para la fibrilación muscular. Si aplicaba una descarga en el punto estratégico del temporal derecho, la succión eléctrica ocasionaría un espasmo muscular, haciendo arquear mi ceja.
Con raudo gesto, me quité los zapatos. A
continuación, me despojé de los calcetines de algodón blancos, y con
cinta adhesiva sujeté las puntas de cobre de los cables en la zona parietal
diestra.
Mirando furtivamente de un lado a otro de la calle, como si de un miserable caco se tratara, procedí a apretar el interruptor.











