Durante algunas temporadas sufro de un insomnio ansioso y pertinaz. Me masturbo escuchando como una cámara rebobina un carrete. Hablo con mis bambas porque pone Converse. Voy por la calle y me lanzo brutalmente de cabeza al suelo para sorprender a la multitud. Saco el pene en una discusión y lo golpeo en la mesa para imponer respeto. Humanizo mis aparatos electrónicos bautizándolos. Ando por la calle como un borracho intentando esquivar a un francotirador. Me agrada hacer misas negras en los baños del Mercadona. Disfruto yendo a bazares chinos y seguir a los dependientes. Ansío viajar a la isla donde están reclutados los modelos de anuncios de colonias. Creo haber nacido en el Renacimiento para que mi fofez pase desapercibida. Y es que tengo el conocimiento justo para no mearme en los pantalones.
Son unos delirios francamante molestos y cuando me empezaron a ocurrir, al consultar con mi médico de cabecera, uno de aquellos doctores que nunca recomiendan lo que los otros 9 si hacen, me aconsejó derivarme al psiquiatra para que el especialista supervisara la atroz patología de mi dolencia.
La sala de espera era lóbrega, abarrotada de gente, y yo inquieto no paraba de mirar el reloj cada cinco minutos, intentando, camuflarme, mirando a diestro y siniestro antes de entrar a la consulta, como si fuéramos espías de la CIA evitando encuentros indiscretos. Ya había ojeado todas las revistas de macramé que, de forma desordenada, se ubicaban encima de una pequeña mesa esquinera. Caras largas y silencio total en aquella consulta para dementes, roto por alguna que otra tos tuberculósica de alguno de los que allí esperaban. Estaba más tenso que un daltónico desactivando una bomba. Pensé marcharme y pedir de nuevo hora otro día, pero me volvería a pasar lo mismo.
Por fin salió la psiquiatra cabizbaja y me hizo pasar al despacho.La doctora era una mujer de labios atractivos y unos ojos adorables grandes y tiernos que me trastornaron. Su figura esbelta, y ese peinado que decide la almohada me cautivaron. Una mujer hermosa, brillo de sutil elegancia, confundida entre bella flor y mariposa, envuelta en el glamour de sus secretos. Segura, alta y orejas de zorro. Le narré con todo lujo de detalles mi patología. Ella sentada como un emperador prusiano en su butaca, tomaba notas en su diminuta libreta. Me interrogaba, me consultaba, interpelaba preguntas freudianas. Noté cierta ironía en sus palabras por no decir hijoputismo. Pero esa mujer me estaba poniendo muy nervioso. Apenas escuchaba lo que me estaba explicando. Lo cierto es que tenía la boca perfecta, unos pechos turgentes, sus pezones estaban duros, no cabía la menor duda. Su perfume me atraía como un animal en celo, las sensaciones que me provocaba aquella mujer se dirigían todas a un único lugar: mi pene. Crucé mis piernas y las friccioné sintiendo mi sexo caliente. Ella hizo lo mismo. Lo entendí como un gesto de complicidad. Pero un escalofrío me recorrió entero dejándome helado, paralizado, sin poder pronunciar palabra alguna. Mi mirada se dirigió instintivamente hacia su entrepierna y entonces me quedé boquiabierto. De su bragadura sobresalía una gigantesca y descomunal verruga. La examiné con discreción. No. No era una verruga. Era una bolsa escrotal. Sin pronunciar palabra alguna, salí de la consulta asustado, recordando aquellos enormes testículos de la/el psiquiatra.

