viernes, 1 de julio de 2011

LA GORDA DEL AUTOBÚS

El autobús estaba vacío, así que decidí abordarlo. El conductor me saludó con el inquietante y aterrador gesto que caracteriza a los autobuseros. Para ser tan feo, no era simpático. Mientras me acomodaba en uno de los incómodos asientos individuales, una muchachita que había asesinado un mapache para calzárselo como botas, una viciosilla que con sus desmesurados pendientes podría hacer el hula-hop, y que se encontraba delante de mí,  desocupaba  su butaca. Al levantarse pude observar con envilecimiento que llevaba un coqueto y diminuto tanga celeste cuyos bordes ondulantes semejaban oleajes con invitación a zambullirte en ellos. También percibí esos simpáticos hoyuelos con los que la caprichosa naturaleza adorna a los traseros más hermosos. Empecé a babear como un perro rabioso. Las miradas cómplices de los usuarios se sucedieron. El colectivo se detuvo e hizo subir a una señora de cabello platino con dificultades de peso. Portaba unos zapatos de largos talones que la obligaban a andar como una cigüeña epiléptica. La señora de pelo canoso se acomodó en un asiento doble que estaba muy cerca de la puerta de bajada y que era reservado para discapacitados, ancianos y embarazadas.  Después de la señal de aviso, el bus comenzó a moverse, perezoso, dejando atrás la estación y adentrándose en el atardecer. La rubeniana de cabello platino intentó sentarse no sin esfuerzo, pero su sobrepeso se lo impidió. Entonces intentó aposentarse en otro asiento y dio una rápida mirada a los desocupados. Me di cuenta que el asiento que se encontraba delante de mí, y que antes ocupó la muchacha del minitanga, le gustaba. Se me paró el tiempo, y empecé a verlo todo de color sepia. La ansiedad y la zozobra empezó a apoderarse de mi. Me mareé y la cabeza empezó a darme vueltas. Estaba más acojonado que el urólogo de King Kong. Me oriné encima por el ataque de pánico que sufrí. Una amiga de la infancia de adiposas y gigantescas dimensiones, y con una velocidad tremenda para repartir hostias, marcó mi niñez. Me pegaba, me humillaba, me escupía y me apaleaba como a un perro vagabundo. Desde entonces tengo fobia a las tripudas, pánico a las orondas, terror a las mantecosas, pavor a las adiposas, extrema grima a las atocinadas. La rolliza se levantó torpemente e intentó llegar, jadeando por el esfuerzo y sosteniéndose de las butacas, hasta el sillón de la muchacha del hermoso culo. El bus frenó y la señora de cabello níveo se inclinó hacia atrás y luego, sin frenos, se balanceó hacia delante. Con ojos desorbitados la vi venirse encima de mí. Aquella alimaña medía no más de 145 cm y pesaría unos 150 kg. Era una mujer grasienta, deforme y vomitiva. Estaba convencido que llevaba la ropa interior al revés para que durara otro mes. Hirsuta de pies a cabeza, parecía un perfecto híbrido entre humano y orangután. Se me agolparon una sarta de ideas asociadas a las mujeres que eran exhibidas como ”monstruos” en los espectáculos circenses. Un ejemplar de hembra sucia, con las cejas pintadas en mitad de la frente, con dantesco bigote y velludas patillas, con esa edad indefinida que singulariza a las pueblerinas. Llevaba más carmín en los dientes que en los labios. Su sebáceo cabello estaba aplastado por detrás por la siesta que se había pegado. Su rostro estaba estucado por un mar de pliegues, protuberancias dérmicas y lunares. Era un cuerpo siniestro, demacrado, horrible, lleno de granos y verrugas, tullido de desprecios e insultos prepúberes. Empecé a sudar como un gorrino preso del pánico y la angustia, recordando los despiadados sopapos que aquella amiga de la infancia me propinaba en el recreo del colegio.
En ráfagas de segundos ingenié en un plan para librarme de la brutal aplastada que sufriría por aquel cachalote. Pude oler el sudor de sus axilas, la grasa de sus cabellos, el hedor a pescado de su sexo. Me levanté, y como quien detiene a un adversario en el fútbol americano puse todo mi peso y fuerza en mis hombros. La señora de cabello platino y sus más de cien kilos, cayeron amortiguados por el choque justo en el asiento que la muchacha de hermoso culo abandonó unas paradas atrás.; -“¡Uf! Gracias joven si no fuera por usted me caía quién sabe dónde” - me dijo sobándose los mórbidos pechos adolorida por el impacto. Me abofeteó brutalmente la mejilla para agradecerme el gesto. Me hizo saltar una palomita que hábilmente me había colocado a modo de empaste casero por la pieza que perdiera por la tuberculosis. Y lloré como un niño. Cruelmente ultrajado, regresé humillado de nuevo a mi lugar pensando en que estas cosas no sucederían si el hijo de puta del mecánico no se hubiera demorado tanto en cambiar el aceite de mi coche.




33 comentarios :

  1. Jojojojo pero qué bruto eres, se me saltan las lágrimas, te has quedado sin adjetivos. Brillante.

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  2. Pobre mujer...ha sido vejada, insultada, injuriada sin compasión....

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  3. Pues esta bella mujer tiene un parecido asombroso a mi querida suegra, os lo juro.

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  4. el macánico ha hecho de ud. un hombre conmocionado ¡¡¡¡

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  5. ¿ En qué te basas para decir que está gorda ?. La culpa es de la foto, que es muy pequeña.

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  6. Me he partido el culo jajajajaa.

    Es usted el capullo con más recursos metaforicos que he leido. Muy bueno.

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  7. Joder hasta me ha dado grima a mí!

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  8. Será cabrón el mecánico¡¡¡¡!!!!

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  9. Pobre mujer,,,,, qué culpa tendrá ella de su manía con las rellenitas,,,,

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  10. jajajajajajaa mola como describes los detalles!

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  11. Que aprecio tiene usted a las gordas.

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  12. sencillamente,una mierda.
    que asco das...

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  13. Jua,jua, jua, lo de la cigüeña epiléptica no me lo puedo ni imaginar. Y ante tan dulce encanto ¿no sentiste ganas de rendirte? Por cierto, seguro que algunas dirán que eres un misógino, tranquilo, yo tampoco voy a misa.
    Saludos, y un abrazo.

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  14. Genial de nuevo!!!!
    Javiwilli, si no te gusta, no lo leas, aquí nadie ha faltado al respeto a nadie.

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  15. Apreciado Javiwilli,
    Efectivamente este post es una ‘mierda’. Bazofia literaria, una crónica estiercolera, un ensayo vulgar, grosero e inmundo. Un opúsculo yermo, ramplón y baldío.
    Y le doy la razón, soy un individuo asqueroso, grimoso y deshonesto. Pero su cultivado comentario no va a cambiarme. Y lógicamente, no tengo intención de hacerlo.
    Un abrazo querido lector.

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  16. Apreciado Carlos,
    Quise rendirme, devengarme, claudicar. Pero la fobia patológica que sufro al ver féminas atocinadas, me impidió reaccionar y salir huyendo del autobús. Y yo tampoco voy a misa. Tengo extraños recuerdos cuando de pequeño era monaguillo…

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  17. Pues la mujer parece simpática.

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  18. Partida de culo! Por cierto, nos prometió un microrelato y todavía no tenemos noticias sobre su publicación. ¿ Puede adelantarnos algo?

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  19. Lo de la cigüeña epiléptica, una genialidad. Me imagino la escena y me parto¡¡¡

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  20. puramente una mierda,pero nos gusta leer mierda.

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  21. Mola este blog. Me parto. Uno más en cronicas de un capullo.

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  22. perdonarme,pero yo no he dicho que no me guste. jodida, si que los leo.por que si no los leo no se mi gustan. y si que a faltado al respeto,me lo a faltado a mi,pues yo soy tusero y como en todo,abra algunos que son unos malafollas,tambien hay gente guay joee.
    que nadie se mosquee,pero este blog es pura mierda,y es mas "me gusta,y por eso boi a serguir opinando de lo que nos escriba el capullin de prepuzio,como minimo asta que el me lo impida.
    osea,que venga a segir escribiendo y la prosima di, el saludo que caracteriza a todos los autobuseros,menos al javi... el mas guay de la tusa,jejeje...
    venga.y perdona por lo de das asco,pues no me referia a tu persona.
    asta la prosima.

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  23. Muy bueno, me encanta la manera que tienes de describir las personas y las situaciones de tu relato, eres muy bueno su señor.

    Un saludo, y por dios, en otra ocasión centrate más en ese culito de la chica y no en la mujer poco agradable de ver :P

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