miércoles, 11 de septiembre de 2013

LA MOZA DE LOS HELADOS

Eran las 15.00 horas de un domingo de Agosto. Ataviado con unos grotescos leotardos de lycra, decidí salir a correr sin rumbo fijo, como me agradaba hacer de vez en cuando. El mercurio mostraba unos risueños 39º C y la humedad lamía el 90 %, condiciones sumamente propicias para la práctica del running.
Deseaba despejarme, sentir cómo el tórrido bochorno canicular acariciaba mi rostro, cómo perlaba de sudor mi devastadora alopecia y empapaba mis frondosas axilas.
Las cigarras crujían en las moreras, los lagartos bostezaban perezosos y las moscas, aturdidas y desmañadas, colisionaban contra los cristales en busca de una sombra.
Tras recorrer un par de kilómetros a ritmo de mp3, llegué a una plazuela sin saber muy bien hacia dónde dirigirme. Advertí que todos los pórticos que cruzaba lucían crespones negros; el difunto debía ser alguien bienquisto en aquel suburbio.
A lo lejos divisé cipreses, señal inequívoca de que allí se ubicaba el camposanto. Con trote rápido me acerqué.
La imagen era estremecedora.
Fuera de los muros una multitud, bajo el sofocante y espeso calor, se había congregado en silencio y de riguroso luto.
Caballeros de húmedas pupilas con semblantes compungidos, desencajados, con una banda negra rodeando el brazo y la cabeza descubierta en señal de respeto. Señoras decaídas que, con gestos pausados y metódicos, se secaban el rimel corrido, en medio de escenas de consternación y una ceremonia de entierro protagonizada por un decrépito cura locuaz.
Reparé como el centenar de personas allí reunidas encubrían sus miradas tras un dosel de tristeza bañado en lágrimas, las lágrimas más acibaradas que nunca sus ojos habían esputado.
Penetré en el cementerio dispuesto a realizar ejercicios de recuperación cuando me topé con una mujer vestida de luto, llorando, casi aullando, frente a una tumba.
Me acerqué, preocupado por el estado lamentable y afligido de la mujer. La señora postrada en el suelo, gemía como una becerra, mustia, abatida, desconsolada. La toqué tres veces en el hombro y le di un sonoro bofetón antes de que ella volteara.
Una bonita hembra, joven, de pelo corto negro y ojos verdes, me miró aturdida por el guantazo.
Le pregunté por quién lloraba.
Me contó que sollozaba por su marido ahogado tras intentar rescatar a una gallina que se había precipitado en un pozo rural.
Le respondí cacareando astutamente el sonido de una gallina que lo sentía mucho, susurrándole al oído una canción de Álex Ubago, en un vano intento por confortarla. 
La abracé, en un estrechón espontáneo, noble, sincero, toqueteando sus nalgas, apretando su pubis contra mi entrepierna.
Volví a galopar ligero, a la vez que triste y cabizbajo, con intención de incorporarme a la fúnebre comitiva.  Los operarios estaban terminando de tapar el nicho con unas rasillas y cemento, al compás de la música de apagado de Windows.
Salí del cementerio sumido en mis absurdas reflexiones.  
Llegué a un parque desconocido para mí.
A pesar de la sofocante calima que hacía hiperventilar a los árboles y sumía al parque en la más absoluta soledad, una pareja de novios adolescentes se escondía detrás de unos arbustos para frotarse como alimañas salvajes, mientras un par de vejestorios pedaleaban en los bancos de aquel hermoso jardín.
Troté hasta a un solitario banco situado junto a un arroyo artificial con puente japonés, que atravesaba la arboleda, y allí me senté.
Habían ubicado un puesto ambulante de helados  en un pequeño cuadrilátero de hierba frondosamente poblado por gran diversidad de flores. Lo regentaba una bellísima moza. 
Era hermosa, pálida como la caseína y sucios cabellos sobre los hombros. Llevaba un vestido atezado que danzaba alegre con cada paso que daba. Unas sandalias casuales dejaban ver unos blancos y velludos pies. Era imposible que esa mujer no llamara la atención. La belleza de aquella fémina era tan extraordinaria que parecía irreal.
Los destellos de sol justiciero impactaron en su  rostro. 
Distinguí los ojos más grandes que nunca  había visto; era una estrella bajada del cielo, excelsa, un ángel, con una sonrisa llena de gratitud. Ese escenario era un espectáculo fascinante para mí.
Entró en el tenderete para un prender un helado. Lo despojó del precinto y se lo llevó a su ensangrentada boca. 
La bella muchacha  miraba el sorbete con los ojos entornados, altiva, como si tuviera en su mano el falo más deseado.
Yo la observaba desde lejos y le sonreía. Empecé a notar un sentimiento, ese sentimiento de tener una opresión en el pecho y ciertas mariposas en el vientre cada vez que visualizaba su cara en mi mente.
Me había enamorado de nuevo.


Image and video hosting by TinyPic



68 comentarios :

  1. Qué preciosidad de hembra!!
    Jaajajaa

    ResponderEliminar
  2. Sigue usted tan loco como siempre.
    Le dejo un besito.

    ResponderEliminar
  3. ¡Quiero felicitar al autor del Bló! ¡Ya tiene un Troll residente!

    ResponderEliminar
  4. Respuestas
    1. ¿ No se reirá usted de la bella moza de los helados, eh, Don Miquel ?

      Eliminar
  5. Ja Ja Ja
    Yo ni a las 6.00 de la madrugada con 2 copas de más!

    ResponderEliminar
  6. Respuestas
    1. No.
      Es de chorizo,,,
      ¿ No se ha fijado en su color ?

      Eliminar
  7. Con la cantidad de seguidoras bonitas, siempre se acaba enamorando de la más, digamos 'diferente'.
    Le dejo un beso.

    ResponderEliminar
  8. Si es que en verano es más fácil ligar, ya lo creo! No hay más que ponerse a comer un helado delante de un tipo como usted, y listo! Claro que yo para ligar hubiese elegido un polo más bien tipo Calipo, por aquello de la forma fálica jajaja.
    Lo de los árboles hiperventilando me ha matao jajajaja. Eres un genio!

    ResponderEliminar
    Respuestas
    1. ¿ Le apetecería comer un calipo conmigo, belkis ?

      Eliminar
    2. Se acabó el verano, Anastasio, ya no hay calipos

      Eliminar
    3. Pero,,,¿ Podríamos tocar la trompeta, no ?

      Eliminar
  9. Joder Maestro, no sé como c*** lo hace, la historia es malísima y me he reído como un demente.

    ResponderEliminar
    Respuestas
    1. Lo sé,,,
      Y, relájese,,,aquí es usted libre de escribir cuantas palabras malsonantes se le ocurran,,,

      Eliminar
  10. Es una magnífica gilipollez. Se le echaba de menos. Le echaba de menos.

    ResponderEliminar
    Respuestas
    1. Me echaba de menos, en un sentido metafórico, entiendo yo,,,¿ No ?

      Eliminar
  11. La merca FRIGO está buscando a esta señorita para su próxima campaña de publicidad.

    ResponderEliminar
  12. No me extraña que se haya enamorado con la mirada de la chiquilla.

    ResponderEliminar
    Respuestas
    1. Su mirada es tan dulce que le chuparíamos un ojo,,,

      Eliminar
  13. Escribir este tipo de relatos tiene que estar haciendo añicos su salud mental. Pero nosotros se lo agradecemos.

    ResponderEliminar
  14. Ya te echaba de menos. Como siempre, grande.

    ResponderEliminar
  15. Sumamente interesante tu blog.
    En serio.
    Te sigo.

    ResponderEliminar
    Respuestas
    1. Bienvenido es al fascinante mundo del capullismo, Sr. Smith.

      Eliminar
  16. Le entiendo perfectamente, maestro.
    A mi me pone la chica.

    ResponderEliminar
  17. me gusta mucho tu blog , y me kedado piyá con tus historietas jajajajajaja , madre mía¡¡¡,, te sigo sin mas remedio.

    ResponderEliminar
  18. Tiene cierto parecido a la Duquesa de Alba con 60 años menos.

    ResponderEliminar
  19. Los ojos, la boca, embrujan.
    JJAJAAA que bestia.

    ResponderEliminar
  20. Jijijiji
    Las vacaciones le han probado bien¡¡¡¡

    ResponderEliminar
  21. Es usted un auténtico gilipollas.
    Que es de su amada Jacinta? Hace tiempo que no sabemos de ella.

    ResponderEliminar

Amable visitante:
Es usted libre de inmortalizar su interesante opinión y/o vilipendiar al autor de este absurdo blog si lo considera oportuno.

Related Posts Plugin for WordPress, Blogger...