martes, 20 de septiembre de 2011

EL CABRÓN DEL BARBERO


Aún permanecía en el baño. Sostenía la tijera, no me animaba a soltarla. La cara me miraba aterrada desde el espejo y sus ojos, fijos en mí, mostraban la clase de sorpresa que siente la razón ante lo insólito e indecoroso. Me corté yo solito el pelo. No sé por qué, pero con el barbero, la gente tiene un vínculo especial, casi mágico. Los clientes llegan, saludan y cuando su peluquero arquea las cejas, le contestan con un innecesario "como siempre". El problema radica en que pidas lo que pidas, el barbero siempre hace lo que le sale de los cojones. Y aún así nunca llegamos a casa descontentos por el resultado, porque siempre es el mismo. Somos así de imbéciles y las cosas las hacemos así de fáciles.
Mi problema es que detesto las peluquerías. Desde niño sospecho mi fobia. La última vez que entré a uno de esos antros ( cuando todavía peinaba una larga y cuidada melena), se quebró definitivamente mi mesura impertérrita ante las influencias macabras. Fui pletórico a la barbería y salí casi llorando.
Era un local mugriento y lleno de anónimos y afrancesados  aspirantes a un nombre como el de la puerta. De esos individuos de muñeca floja, que se depilan con cera perfumada, usan pantalones muy ajustados y te tocan sin querer. Es extremadamente llamativo los veloces movimientos hiperflexos de sus brazos y la forma sarasona y amariconada de saludarte de estos personajes. Su mirada es inquietante, turbadora, escalofriante. Asusta. Joder si acojona.
Por no desentonar con las costumbres lugareñas, me hallaba  agazapado detrás de un periódico, cuando me asaltó un personajillo con aspecto de peluquero joven. Este hombre delgadísimo , bronceado y rostro de castor,  llevaba un corte de cabello abstracto con mechones rojos, que mostraban su determinación profesional para convertirse en extraterrestre. Al hablar, pegando perdigonazos, salían palabras fruncidas de sus labios turgentes. Era extraño ver una boca así practicando tan arduamente el decoro. Llega el momento más delicado de todo el ritual. Te colocan un batín de color celeste, que te aprieta un poco los brazos y apenas te llega a cubrir las rodillas. Fuera de ese lugar, no sería capaz de ponérmelo ni en carnavales. El batín tiene un cinto del mismo color, que nunca sé si se anuda delante o por detrás. Me siento abogado con esa toga. Posteriormente arriba  el instante más maravilloso, incluso cuasi-orgásmico, del lavado de cabello y posterior masaje capilar. Sobándome la nuca  comenzó a peinarme con un fervor vil. Tiraba de los mechones como si fueran nabos a arrancar de la tierra. Su conversación cayó como cuervo sobre el estado de mi cabello. Intentó azuzarme con lo mal cuidado que se encontraba.  Hablaba de futilidades en tono pretencioso y con vano alarde de erudición La madre que lo parió. Arremetió contra la terrible y espantosa conjura de hermafroditas que había realizado mi último corte capilar. No creo que este joven conociera el significado de la palabra eufemismo. Me dio a entender sin ambigüedades que mi cabello era un estropajo. Yo le contestaba sin contemplar la posibilidad de intención comunicativa alguna.
Pero la esperanza se encendió automáticamente como las luces fotosensibles. Existían ciertas “cremas restauradoras” que prometían alcanzar la inmortalidad. En todos y cada uno de los envases plateados que me iba recomendando, yo tendría la salvación a mi alcance. Utilicé mi más sobria amabilidad, y en un marroquí inventado,  rehusé esos productos y mágicamente cesó su charla.
La hoguera de hielo que brillaba en su mirada un segundo antes, se extinguió. Continuó sin embargo tironeándome del pelo con desprecio, con ira, pero sin pronunciar  palabra, el muy maricón. Al terminar el secado dio vuelta mi silla de un giro brusco y pude verme. Por Dios!!!! Ese día debería correr a casa como un monstruo perseguido por pueblerinos con antorchas de fuego. Lo que se produjo después cayó en mi bolsa de desconciertos. El barbero cogió las tijeras y empezó a cortarme de un lado a otro de la cabeza, empezando por la parte la coronilla, y no empezando desde la frente y por el medio, como hubiera preferido, dándole a mi pelo esa ridícula forma de tazón. Cogió unas pequeñas tijeras. Pensé que era para igualar alguna parte que había quedado desproporcionada. Cuál fue mi sorpresa cuando descubrí que no era para eso. El afeminado me metió las tijeras en la nariz y empezó a cortarme los pelillos. En ese mismo momento me empecé a reír, esa risa nerviosa que te sale cuando no sabes realmente cómo reaccionar. Ya que todo había pasado creía que habíamos acabado, pero tampoco fue así. Me cubrió media cara con una mano y con la otra, mechero en mano, me abrasó la pelusilla de las orejas, era como recordar esas matanzas invernales en las que se prendía fuego al cerdo cubierto de helechos.Para terminar, se puso un tipo de guante, me bajo los pantalones y me rapó el vello púbico. Desde entonces, me corto el pelo yo solito.





28 comentarios :

  1. Jajaja, era un buen maniático del pelo este peluquero, sibarita total,pero oye, si por el precio de un corte de puntas te depila entero...

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  2. Está loco de remate...Ahira se lleva lo del depilado integral.

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  3. Es verdad! Lo último que quieres escuchar cuando vas a pelarte son las soporíferas historias del afeminado que te corta el pelo. jajajajaj
    Magnífico blog.
    Borja

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  4. Pero si usted está como una bola de billar!

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  5. Mi peluquero es sarasón, pero que muy sarasón pero jamás llego a afeitarme el pubis,,,,Lo que no le pase a usted....

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  6. Me encantan tus hiperbólicos y metafóricos textos. Escatológico pero divertido blog.
    Os seguiré!

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  7. Lo de los movimientos hiperflexos de ciertos peluqueros es cierto, jajajajajaja a mi también me ponen muy nervioso.

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  8. Ahora por suerte no tiene es problema con su barbero, no es así?

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  9. Pero que capullo¡¡¡¡

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  10. Esto del barbero es curioso pero real, siempre te corta el pelo como le sale de los güevos.

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  11. Estaría bien que esto lo hicieran las peluqueras en prácticas,,,,

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  12. Joder y los rollos que te meten mientras te cortan el pelo, es horroroso'

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  13. No es un cabrón, es un cabronazo!!!!

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  14. Todos los barberos son iguales. Fijaros que siempre hay una fuente delante de la barbería.

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  15. jajajaja con lo buena gente que son l,os barberos

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  16. jejejeje surrealista de nuevo su relato

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  17. Yo también los odio, son tan inútiles como los servicios de urgencias.

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  18. Me has robado el corazon con tus Ilustres capullos, te seguiré leyendo jajaja

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  19. Lo del afeitado del vello púbico no me lo creo!!!! jajajajajajajajaja

    Besos mágicos

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  20. No me extraña que temas a los peluqueros... Dios xD, se tomó bien a pecho eso de "córtame el pelo" Te dejó rasuradito todo el cuerpo jajajajja
    Las peluqueras no llegan ahí abajo, pero siempre hacen lo que les da la puta gana también!!!

    Muy buen texto :)
    Un saludo!!

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  21. No meter a todos los profesionales en el mismo saco,yo trabajo en una peluqueria de caballeros y no a todos se le hace el mismo servicio,y menos a la juventud que cada vez que se les hace un servicio piden algo distinto.
    El trabajo del peluquero ya en si es un oficio y bastante complicado,porque conocer los gustos de toda una clientela ya es dificil,no como el que pide un paquete de tabaco paga y se va.
    Y a parte si no te gusta el servicio con no ir mas tienes que te sobra.
    Respecto a los comentarios de Sarazas, y demas yo se de muchos albañiles,toreros,agricultores,dependientes,periodistas,medicos y escritores etc,etc mas maricones que un palomo cojo,respetemos la condicion sexual de cada uno,y preocupemosno de tener un poco de respeto a las personas.

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